Cuando los conflictos con otros padres llegan al aula
Los expertos alertan de que el bienestar de los niños se ve gravemente afectado cuando las familias enfrentadas no gestionan adecuadamente su conflicto
Girona“Los niños no solo sienten el conflicto sino que lo respiran”. El psicólogo especializado en mediación y conciliación Javier Wilhelm destaca que cuando dos familias pasan por una situación de conflicto y sus hijos comparten clase, esto tiene una implicación directa en el bienestar de los menores. La escuela puede jugar un papel importante como enlace entre las partes, pero el factor clave que determinará el alcance de las consecuencias son las familias implicadas. La manera como gestionen su desacuerdo –con las emociones que conlleva– puede derivar en un grave distanciamiento entre los niños y, entre los adultos, abrir un abismo comunicativo.
“Los niños no necesitan presenciar una pelea explícita. Aunque delante de ellos no digamos nada, perciben la tensión que hay en la escuela, en casa, en la calle o, incluso, en una tienda. Detectan si los adultos se saludan o no, si hay antipatía o incomodidad entre ellos, o si, en un espacio de fiesta, los progenitores se evitan”, corrobora Wilhelm.
Pere –nombre ficticio de un padre que prefiere mantener el anonimato– vive una situación de distanciamiento con otro padre después de un conflicto surgido hace un año entre ellos fuera del ámbito escolar que, incluso, casi los llevó a los juzgados, y resuelto finalmente con un acuerdo a última hora, justo un día antes del juicio. “Yo le he explicado a mi hijo mi versión, obviamente adaptada a su manera de entenderlo. También le he dicho que las realidades pueden ser muy diversas y que esta es como yo la percibo, pero que cada uno siente lo que siente”.
En los primeros encuentros después de la desavenencia, la incomodidad entre ellos era un hecho evidente. Pere confiesa que, incluso, se le “aceleraba el corazón” cuando coincidían en las fiestas de cumpleaños o en las entradas y salidas del centro escolar, ya que sus hijos van a la misma clase.
Según Wilhelm, “los niños leen el lenguaje no verbal mucho mejor que nosotros y entienden el mensaje cuando hay vínculos que molestan o amistades complicadas”. “Los menores pueden verse inmersos –si los adultos no ponen freno– en conflictos de lealtad: nadie les dirá claramente «no seas amigo suyo» o «no vayas con él», pero, a veces, no hace falta decirlo. El hecho de jugar juntos puede ser vivido como una especie de deslealtad, cuando el infante no debería escoger entre el afecto a sus amigos y la fidelidad a los progenitores”.
Según los expertos, lo mejor es que no haya conflictos entre familias, pero, si los hay, lo más recomendable es “naturalizar” y “reparar” lo que ha pasado. “Pedir disculpas a tu hijo, si ha supuesto un agravio, aunque él diga que no, y dejarle la puerta abierta para que se exprese sobre cómo lo ha vivido”, sentencia el psicólogo y mediador Javier Wilhelm. Lo peor de todo es el silencio y pensar que no se ha dado cuenta. Ponerle palabras es importante. “No hacen falta versiones adultas, sino dar sentido a aquello que ha pasado”. Tampoco hace falta hacerle ver que lo tiene que arreglar. “No podemos pedir que un niño entienda lo que no entendemos como adultos”, afirma este psicólogo.
Esta fricción de adultos, aunque de forma inicial pertenece exclusivamente al ámbito de los progenitores, acaba –en cierta manera– salpicando el día a día de los hijos. “Mi hijo antes me pedía ir a jugar a casa de su amigo, y ahora ya no”, lamenta Pere. ¿Y qué dice el psicólogo? “El conflicto de los adultos pone hielo a la relación y los espacios de compartir se van reduciendo. Puede parecer una tontería, pero, para los niños, son importantes la amistad, la confianza y el sentido de pertenencia”.
Una adaptación forzada
Ante esta circunstancia, el niño no tendrá más opción que adaptarse a una situación que no ha elegido. Más bien dicho, tendrá que sobreadaptarse; es decir, aceptarla con dolor y con un coste emocional. “La sobreadaptación es cuando un niño se acostumbra a dejar de lado lo que siente o necesita para contentar a los padres o evitarles problemas. Esto puede hacer que con el tiempo le cueste expresar lo que le pasa, poner límites, saber qué quiere y sentirse valioso sin gustar siempre a los demás”, recalca Wilhelm.
En el caso de los adolescentes, a partir de los diez años pueden también sentir vergüenza de sus progenitores cuando protagonizan este tipo de escenas. “Es aquella mirada externa, el qué pensarán los demás... Se ponen en alerta antes, incluso, de que pase, cosa que les genera mucho desgaste emocional. Un niño o un adolescente ha de estar tranquilo y no atareado por un conflicto que no controla y que es de los adultos”, advierte este experto. Además, los niños y adolescentes pueden llegar a creerse que son los culpables de la situación porque, según Wilhelm, “los niños se ponen en el centro de las cosas que pasan en su entorno: «en mi cumpleaños discutieron o por mi culpa hay este problema...»”.
En algunos casos, niños y adolescentes acaban asumiendo el papel de mediadores entre los adultos, cosa que, según los especialistas, es un “error bestial”. “El menor estará afrontando una situación que no le corresponde dentro del espacio familiar y tampoco ha de estar en medio del conflicto. Estás invadiendo el mundo de tu hijo con tus problemas que no sabes solucionar como adulto”, comenta Wilhelm.
Los conflictos entre progenitores de familias diversas pueden tener causas externas, pero, por desgracia, según Montserrat Pòrtulas, miembro de la AFA de la escuela Castellum, de Sant Julià de Ramis, “muchos –aunque la dirección de la escuela los haya acabado resolviendo– comienzan con episodios de violencia física o verbal entre niños”. En este centro escolar gerundense no se ha detectado ningún caso, pero Pòrtulas recalca que las agresiones entre menores son una realidad en nuestra sociedad y también en las escuelas. “No nos engañemos”.En extraescolares, como el fútbol, se evidencia cómo, a pesar de ser del mismo equipo, hay progenitores que se sitúan en lugares bien alejados de la grada para no coincidir. “Los niños lo perciben, esto... Y estos son los equipos que no funcionan”, admite Marçal Noguer, coordinador de Ligas de Fútbol del Consell Esportiu de l’Alt Empordà. “Los padres ponen la competición muy por delante de la formación, cuando deberían acompañar a su hijo al fútbol y, como mucho, animar y volver a casa, contentos de que haya jugado”, resalta Noguer, que también es coordinador del Fútbol Club Bàscara. El espíritu competitivo, tanto de progenitores como de niños, se va haciendo más evidente a medida que los niños se hacen más mayores. Las familias contribuyen, en parte, a esta competición. “Hay padres que quieren hacer de entrenador y exigen al menor, y le dan indicaciones que lo que hacen es confundir a su hijo porque no sabe a quién debe escuchar: si al entrenador o al padre”, concluye.
Por su parte, Nuria Puigmal, coach de familia y terapeuta psicocorporal, recuerda que, “aunque dos personas adultas no se puedan ver o sientan mucha rabia, una motivación para entenderse puede ser hacerlo por los hijos”. Antes de llegar a este punto, sin embargo, “hay que primero querer la conexión y no quedarse atascado en la emoción”. Además, destaca que la comunicación no violenta puede ser de gran ayuda: “Evitar hablar solo desde el yo, hacer la propuesta de encontrarse y asumir que la otra persona puede decir que sí o que no” son algunos de sus consejos.
En este contexto, los adultos, inevitablemente, se convierten en “moduladores” de los niños. Así lo asegura Montserrat Castelló, directora de la Escola Vedruna Gràcia en Barcelona. “Si los progenitores viven mal la situación, al niño le costará más encontrar una solución, pero si los adultos explican entre ellos cómo se sienten, han podido escuchar la otra versión y, si es necesario, tienen una conversación restaurativa con la ayuda de la dirección de la escuela, todo es más fácil”. Con toda seguridad, las asperezas se acabarán limando.
El centro escolar, por norma general, ha de ser un espacio seguro, donde el niño no tenga que gestionar una geografía emocional compleja ni sentir que decisiones cotidianas –como con quién jugar– pueden acarrear consecuencias. Para garantizarlo, la Escola Vedruna Gràcia de Barcelona, en caso de detectar un conflicto entre familias, aplicaría el mismo protocolo que en situaciones de separación entre progenitores. “En primer lugar, la dinámica de la escuela no debe verse alterada por nada, ni tampoco la de cualquier trabajador, y menos la de los niños”, concreta la directora, Montserrat Castelló. Tampoco permitirían que los niños cambiaran de grupo de clase a petición de las familias. “Las mezclas de grupos se hacen siguiendo criterios pedagógicos, es decir, teniendo en cuenta su bienestar, el aprendizaje y la convivencia entre compañeros. Son los equipos docentes los que lo deciden, no las familias”, recalca Castelló. Una actitud de colaboración y de confianza con la escuela es clave para garantizar el bienestar de los niños y preservar un entorno educativo seguro y estable.
Ahora que ha pasado un tiempo, en Pere admite que no le importaría que el amigo de su hijo vaya a su casa a jugar. “Yo intento minimizar al máximo posible la situación para que nuestros hijos sean amigos, pero, inevitablemente, hay algo que, para mí, es infranqueable –confiesa–. Con la presencia del padre en casa, hoy por hoy me sentiría incómodo”. Pero siempre hay alternativas: “Si hace falta, me ofrezco a llevar a casa a su hijo cuando terminen de jugar; que los dos niños no puedan jugar fuera del colegio me da pena”, admite.