Cuando el dinero es un secreto de pareja, los niños también pagan el precio
Ocultar deudas, cuentas, ingresos o gastos en una relación puede alterar la confianza y la economía familiar, pero también las rutinas y la seguridad de los niños
BarcelonaEl dinero tiene una particularidad: es imprescindible para sostener una familia, pero sigue siendo uno de los temas de los que cuesta más hablar. ¿Cuánto gana cada uno? ¿Qué es de los dos? ¿Qué se puede gastar sin consultar al otro? ¿Qué deudas hay? ¿Qué ahorros? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando uno de los miembros de la pareja decide que una parte de esta información es solo suya?
Una cuenta bancaria que el otro no conoce, una parte del salario que se esconde, una inversión que no se explica, unas compras que se niegan o una deuda acumulada a escondidas. Son comportamientos que se han empezado a agrupar bajo el concepto de infidelidad financiera, un concepto que resuena con más fuerza que nunca en las consultas de psicología, en las sesiones de terapia de pareja y en los despachos de asesoría financiera. Pero, cuando hay hijos, las consecuencias pueden ir mucho más allá de la relación entre los dos adultos.
Para entender por qué el dinero puede llegar a tener tanto poder dentro de una pareja, la psicóloga experta en relaciones y sistemas humanos Dimitra Doumpioti propone mirarlo precisamente como una cuestión de poder. “El dinero es poder”, explica. Y dentro de una pareja, dice, existen dinámicas de poder que no son necesariamente negativas: forman parte de la relación y del intercambio de valor entre dos personas.
La particularidad de la pareja es que implica una fusión que no se produce con la misma intensidad con otras relaciones. Compartir dinero, vivienda, proyectos o hijos implica también compartir una parte de la propia vulnerabilidad. “Compartir nos hace más vulnerables”, señala Doumpioti. Y cuando los miembros de una pareja no saben cómo gestionar estas diferencias de poder –quién tiene más dinero, quién gana más, quién decide qué se hace con él– pueden aparecer dinámicas de control.
Esto ayuda a entender por qué una infidelidad financiera no es simplemente una discusión sobre un gasto. Lo que hay detrás es la ruptura de un pacto sobre cómo se comparten los recursos y cómo se toman decisiones dentro de la familia.
El secreto que se come el proyecto familiar
Octavi Garcia, asesor financiero y autor de diversos libros, define la infidelidad económica como "la ocultación de la situación económica a la pareja". Las formas pueden ser diversas: "Despidos que no se explican, inversiones que no se han consultado, criptomonedas, gastos escondidos, cuentas secretas, deudas, préstamos, apuestas o compras compulsivas".
También puede pasar a la inversa: que alguien esconda ingresos o patrimonio. En todos estos casos hay un elemento común: una parte de la realidad económica de la familia queda fuera del conocimiento del otro miembro.
Y el problema no es necesariamente que una pareja tenga las cuentas separadas. Garcia considera que la autonomía económica es saludable. El conflicto aparece cuando la autonomía deja de ser un acuerdo compartido y se convierte en ocultación. Por eso defiende una transparencia total y que los dos miembros hagan conjuntamente un análisis de los ingresos y los gastos familiares. "Todavía hay un gran tabú al hablar de dinero", apunta.
Para Doumpioti, esta dificultad para hablar de ello tiene una explicación más profunda. El dinero es una de las dimensiones en las que se manifiesta el poder dentro de la relación, y esto puede hacer que determinadas conversaciones sean especialmente incómodas. Hablar de dinero implica mostrar qué tenemos, qué necesitamos y hasta qué punto dependemos del otro.
La psicóloga recuerda, además, que dinero y sexo son dos de los elementos que contribuyen a diferenciar la relación de pareja de otros sistemas humanos. Compartirlos implica exponerse. Y cuando no se sabe gestionar esta vulnerabilidad, el poder puede acabar convirtiéndose en control.
Por eso, dice Doumpioti, cuando uno de los miembros oculta dinero, la cuestión no es solo qué ha hecho con los recursos. También hay que preguntarse qué significa aquel secreto dentro de la relación y qué consecuencias tiene para el otro.
Y los hijos, ¿dónde quedan?
Aquí es donde una cuestión que inicialmente parecía de dos se convierte en un problema familiar. Maria Rosa Mirada, psicóloga y directora de Parèntesi Espais Psicoterapèutics, es contundente: "La infidelidad financiera sí o sí tiene consecuencias sobre los niños".
La razón es que los hijos forman parte del proyecto familiar que queda afectado. Cuando uno de los progenitores decide destinar dinero a una cuestión que queda al margen de este proyecto, explica Mirada, puede generar una situación de soledad y estrés para el otro progenitor. Y este desgaste acaba repercutiendo en la crianza.
Los efectos pueden ser mucho más materiales de lo que parece. Si la economía familiar se resiente, se pueden reducir las actividades que hasta entonces formaban parte de la vida cotidiana de los niños: fútbol, pintura, música u otras extraescolares. También pueden cambiar las rutinas o, en situaciones más graves, la vivienda.
"Los niños no son tontos", señala Mirada. Si la familia tiene que cambiar de casa o deja de poder hacer cosas que antes hacía, la criatura sabe que algo ha cambiado, aunque nadie le explique exactamente qué ha pasado.
El problema es que los adultos a menudo intentan protegerlos precisamente ocultándoles la situación. Mirada explica que puede pasar que un progenitor asuma la presión de no explicar nada a los hijos mientras intenta sostener a la familia. Pero el secreto no elimina necesariamente lo que los niños perciben.
A medida que se hacen mayores, pueden ver que la madre o el padre trabaja más, está más estresado o tiene menos tiempo. Pueden observar discusiones, cambios de rutina o renuncias que no entienden. "Los hijos acaban viviendo en un espejismo", resume la psicóloga.
Cuando el niño intenta poner orden
La situación se puede complicar todavía más cuando la criatura acaba asumiendo una responsabilidad que no le corresponde. Según Mirada, ante un contexto familiar desbordado, algunos niños desarrollan "una urgencia de hacerse adultos" y de intentar "poner cordura en la casa".
Es una inversión de papeles: los adultos, que deberían proporcionar seguridad, están inmersos en el conflicto y la criatura intenta compensar esta inestabilidad. "Los padres son tan criaturas que ellos no pueden ser criaturas", dice Mirada.
Esta idea es especialmente relevante porque el problema no es solo si el hijo conoce o no la cantidad exacta de dinero que hay en casa. Lo que puede acabar absorbiendo es la tensión que rodea al dinero.
Y aquí la cuestión económica vuelve a conectar con la idea de poder de Doumpioti. Si el dinero determina quién puede decidir, quién depende de quién o quién tiene capacidad para marcharse de una relación, los niños crecen dentro de este sistema aunque no participen directamente en él.
Doumpioti establece una diferencia fundamental entre la pareja y los hijos: "La pareja puede coger el dinero y marcharse, los hijos no dejan de ser hijos nunca". La criatura, por lo tanto, no tiene la misma capacidad de escapar de una dinámica familiar que los adultos. Por eso, según Mirada, la criatura es "quien tiene y sufre la mayor indefensión".
Un aprendizaje para el futuro
El conflicto puede dejar también una huella que va más allá del momento concreto. Mirada considera que una situación de este tipo puede generar un "trauma económico" y, sobre todo, mucha desconfianza. Si la persona con quien se tenía que construir un proyecto familiar ha utilizado el dinero al margen de este proyecto, la experiencia puede influir en la manera en que el niño entienda las relaciones cuando sea adulto. Puede aparecer, explica, una tendencia a controlar el dinero dentro de futuras relaciones de pareja o una dificultad para confiar en el otro cuando toca compartir recursos.
Es una consecuencia especialmente significativa porque los niños no solo aprenden lo que les explican los adultos, sino también lo que observan. Si en casa el dinero es un secreto, una fuente de control o un motivo constante de conflicto, esta es la relación con el dinero que ven.
Doumpioti lo sitúa en un marco más amplio: las relaciones de pareja son también relaciones en las que se intercambia valor, autonomía y poder. "No nos han capacitado para tener conversaciones difíciles", afirma. Y hablar de dinero puede ser una de estas conversaciones especialmente difíciles. No hablar de ello, sin embargo, no hace desaparecer el problema. Solo hace que sea más difícil saber qué está pasando.
Explicar sin cargarles el problema
Por eso, una de las cuestiones más delicadas es qué se debe explicar a los hijos cuando la situación económica familiar se complica. Mirada defiende que hay que hacer piña y transmitir que existe un problema, pero también que los adultos trabajarán para solucionarlo.
Esto no significa convertir a los hijos en confidentes ni darles una responsabilidad que no les corresponde. Si la familia no se puede permitir una determinada actividad, se puede decir que no y explicar que ahora no es posible. Pero Mirada alerta contra repetir constantemente “no tenemos dinero”, porque este mensaje puede acabar activando en los niños la necesidad de hacerse adultos. La clave es que la criatura entienda que el problema es de los adultos y que los adultos se harán cargo.
También hay que observar cómo responde el niño. El malestar, explica Mirada, puede aparecer en la conducta, en la relación con otros niños o en los hábitos cotidianos. Un niño puede estar más irritable, contestar más o ver alteradas sus rutinas porque pasa más tiempo con otros familiares mientras el progenitor trabaja.
No todos los niños reaccionarán igual ni una dificultad económica implica necesariamente estas consecuencias. Pero cuando la ocultación económica se convierte en conflicto familiar sostenido, la criatura puede acabar pagando un precio que no le corresponde.
Dinero compartido, responsabilidades compartidas
La economía familiar, por lo tanto, no es solo una suma de ingresos y gastos. Es también una manera de organizar la vida. Quién trabaja, quién cuida, quién ahorra, quién decide y quién tiene capacidad para disponer de los recursos son cuestiones que acaban afectando al conjunto de la familia.
Garcia defiende que las parejas deberían revisar conjuntamente los ingresos y los gastos y llegar a acuerdos claros. Para él, la transparencia es la clave. Doumpioti añade que la relación con el dinero también necesita un pacto sobre el poder y la autonomía de cada uno. Y Mirada lleva esta conversación hasta el lugar donde a menudo menos se mira: los hijos.
Porque una criatura no necesita saber cuánto cobra cada uno de sus padres ni conocer todos los detalles de una deuda. Pero sí que necesita saber, a través de los hechos, que los adultos que la cuidan pueden hacer equipo, que los problemas no son responsabilidad suya y que, incluso cuando el dinero falla, la seguridad y el cuidado no deberían dejar de ser compartidos.