¿Qué hay de cierto en el hecho de que el verano es la mejor época para dejar el pañal?
El verano se suele considerar el momento óptimo por razones prácticas, no porque el organismo de los niños esté mejor preparado
BarcelonaLa mayoría de los niños dejan el pañal diurno entre los dos y los cuatro años, aunque el nocturno puede costar más y pueden acabar dejándolo hacia los cinco o seis años. Para Alejandra Pérez, supervisora de pediatría y neonatología del Sant Pau Campus Salut Barcelona, es clave entender que el control de esfínteres no es un hábito que se aprenda por repetición, “sino una meta madurativa que se adquiere cuando el organismo del niño está preparado a nivel fisiológico, cognitivo y emocional”. Neurológicamente, prosigue Pérez, “implica pasar de un acto reflejo involuntario (en el que la vejiga se vacía automáticamente) a un acto voluntario y consciente bajo control cortical”. Forzar este proceso antes de tiempo, por tanto, “es ineficaz y puede generar frustración, ansiedad y conflictos innecesarios, ya que cada niño tiene su propio ritmo de maduración del sistema nervioso”.
¿Puede haber señales que indiquen que nuestro hijo o hija está preparado para dar el paso?
El niño está preparado para dejar el pañal cuando confluyen diversos factores madurativos que se manifiestan a través de señales claras. Por un lado, la doctora Pérez destaca que el niño debe tener la capacidad de comunicarse, ya que debe tener suficiente lenguaje para expresar verbalmente la necesidad de ir al váter o, como mínimo, hacer gestos que indiquen a los adultos que está mojado o sucio. En cuanto a su autonomía física, “es necesario que pueda subirse y bajarse la ropa interior por sí mismo y que tenga la capacidad de quedarse sentado tranquilamente en el orinal o en el váter durante un par de minutos”. La coordinadora de pediatría y neonatología apunta que su consciencia corporal juega un papel clave: “El niño debe ser capaz de reconocer las señales de su propio cuerpo y darse cuenta de cuándo el pañal está sucio. Puede mostrar conductas como llevarse las manos a la zona genital o buscar esconderse para evacuar”. Finalmente, desde un punto de vista fisiológico, una señal inequívoca de madurez es que el pañal permanezca seco durante periodos prolongados, de al menos una hora y media, “lo que demuestra que su sistema ya tiene la capacidad de retención necesaria”. ¿Es necesario que las familias acompañemos o incentivemos este proceso?
Pérez subraya que las familias “han de adoptar un papel de guías y acompañantes en este camino hacia la autonomía personal, priorizando siempre el fomento de la confianza del niño en sus propias capacidades”. Para conseguirlo, recomienda utilizar el refuerzo positivo a través de elogios, besos o pequeños premios inmediatos cada vez que se alcance un hito. Al mismo tiempo, añade: “hay que armarse de paciencia y evitar las prisas, procurar crear un ambiente lúdico y natural en el que el proceso se viva sin presión, así como vestir a los niños con ropa cómoda y fácil de manipular”. Pérez también insta a los padres a evitar comparar al niño con hermanos o amigos, ya que estas comparaciones “son muy contraproducentes, ya que generan ansiedad, pueden dañar la autoestima y la imagen del niño, y a menudo provocan una regresión en los progresos hechos”. ¿Por qué el verano se considera el momento óptimo para llevar a cabo este proceso?
Pérez matiza que el verano se suele considerar el momento óptimo principalmente por razones prácticas, “no porque el organismo esté más preparado para el calor”. En esta época, señala, los niños llevan menos ropa (lo que facilita su autonomía) y los "accidentes" no resultan tan incómodos ni fríos. No obstante, insiste, “no se debe iniciar el proceso solo por ser verano si el niño no muestra las señales de madurez necesarias”. ¿Se tiene que hacer antes de que los niños empiecen I3 en septiembre?
Tal como apunta Pérez, históricamente, septiembre marcaba un límite administrativo, pero la decisión, insiste una vez más, “se debe basar en la madurez socioemocional y psicológica del niño y no en fechas del calendario”. Para desembarazarse de esta presión, para la doctora “es esencial la colaboración entre familia y escuela, así como entender que forzar el proceso por una fecha fija puede entorpecer el aprendizaje a largo plazo”.
¿Cómo debemos actuar si durante el proceso se produce una regresión?
Los escapes y las regresiones deben entenderse como parte normal y absolutamente esperable de este proceso de aprendizaje, el cual, explica Pérez, “no es lineal, sino que a menudo presenta avances y retrocesos”. A su parecer, cuando se produce un accidente, es fundamental que los adultos “actuemos con naturalidad y calma, evitando reñir, humillar o castigar al niño, ya que las actitudes punitivas o las luchas de poder pueden dañar su autoimagen y entorpecer el progreso”. Para Pérez, una estrategia puede ser permitir que el niño note la incomodidad de estar mojado durante unos instantes para que tome conciencia de la situación, y a continuación cambiarlo inmediatamente con una actitud neutra.