Una familia, un mundo

Jubilarse en el centro político del mundo

Carmen y Ralph emigraron a la capital de los Estados Unidos huyendo de la fuerte crisis económica y social de Venezuela

Alba Asenjo
04/09/2026 - 18:03 h.

La tarde es muy calurosa en Washington DC, pero esta no es la razón por la que no se ven niños ni gente mayor. La ciudad normalmente es así. Como sede del gobierno federal, del Congreso y de tantas empresas e instituciones a su alrededor, la capital estadounidense es un polo de atracción de graduados recientes y jóvenes profesionales que bajan la media de edad de la ciudad y convierten su paisaje en casi el de una serie. Jubilarse aquí no es lo más habitual, pero Carmen y Ralph Van Roy no lo cambiarían por nada.

La familia nos recibe en su casa, en el barrio de Adams Morgan, donde viven desde 2016. Ella es española, de las Canarias, pero de pequeña su familia emigró a Venezuela. Allí fue donde conoció a Ralph, que en aquel momento era un estudiante de doctorado que pasaba un tiempo en Caracas, en el marco de su tesis en la Universidad de Indiana. Él procedía de White Plains, el barrio residencial de la ciudad de Nueva York al que se mudaron sus padres, judíos holandeses que estuvieron en un campo de concentración, cuando él era solo un bebé.

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Ambos recuerdan con claridad cómo Carmen y una amiga suya, ambas estudiantes de sociología, identificaron a un “gringo” en una biblioteca universitaria; cómo una mirada llevó a pedir un cigarrillo, y después a un café. Se casaron tres años después. “Lo más divertido es que ninguno de los dos fumábamos, fue como en una película”, ríe Ralph en el salón de su casa. La pareja bucea con gusto por los recuerdos de su vida en Venezuela. Parecen encantados de tener la oportunidad de mirar atrás, de dedicar unas horas a repasar la creación de su familia y la superación de sus miedos para dar el salto a Estados Unidos, una vida que en un principio les inspiraba respeto y de la que ahora disfrutan como niños pequeños, algo que no se habían imaginado nunca.

“En Venezuela las cosas se pusieron mal, la inseguridad era terrible, nos entraron a casa varias veces”, explica Carmen. Como padres, siempre habían tenido interés en que sus tres hijas fueran a la universidad fuera del país, pero no pensaban en mudarse ellos mismos. En Venezuela tenían su propio negocio, una empresa de reclutamiento y selección de personal, y se habían acostumbrado a las incomodidades del día a día. Estaban contentos. “Nuestra intención siempre fue seguir en el país, veíamos a Estados Unidos muy bien, pero no nos convencía para ir a vivir allí”, explica Ralph. Al final, reconoce, “a estas cosas de la inseguridad y de los servicios públicos… uno se adapta”. “Es asqueroso, pero llega a formar parte de la vida cotidiana”, asegura.

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Pero dos de sus hijas encontraron trabajo en Washington y les gustaba mucho la ciudad, y cuando a una le surgió la oportunidad de estudiar temporalmente en el Reino Unido, los convenció para que viajaran a EE. UU. y pasaran un tiempo en su casa, ya que estaría vacía. Y ya no regresaron a Venezuela. Ninguno de los dos olvida aquel año en el que vivieron los tres juntos en un piso de una habitación, con la hija durmiendo en el salón. Se habían enamorado de Washington.

"Recuerdo exactamente la sensación que sentí al llegar aquí. El olor, ver la casa, subir las escaleras cargando las dos maletas...", dice Carmen, viajando mentalmente al 2016. Llegaron el otoño de las elecciones presidenciales que ganó Trump y se acuerdan bien de cómo el país estaba sumergido en la política. "Me encantó el otoño y me encantó la seguridad, porque en Venezuela no podías caminar por la calle, pero aquí hacíamos actividades a todas horas, salíamos a la calle... para nosotros esto era el paraíso. Fue una maravilla, para nosotros esto era un sueño", recuerda emocionada.

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Entonces, Ralph tenía miedo de que su mujer no se adaptara a Estados Unidos, a una ciudad y un entorno completamente diferentes. Carmen no sabía inglés, así que él la apuntó a una escuela para aprender el idioma, y gracias a eso hicieron muchas amistades. Hoy en día, ella sigue estudiando inglés, porque repite una y otra vez cada curso, simplemente por el placer de ir a la escuela. “Ralph también me encontró un club de lectura en español donde todavía sigo, esta noche tengo la reunión”, explica encantada ella.

Al final, el miedo de no adaptarse llevó a una búsqueda de planes que les ha llenado la agenda hasta hoy, diez años después. Sea invierno, primavera, verano u otoño es habitual ver a la pareja en todo tipo de eventos culturales que ofrecen las embajadas y los museos de la ciudad, y que ambos agendan en un calendario en el salón, para que no se olviden. “Míralos”, dice Carmen, cogiendo el calendario lleno de eventos manuscritos y enseñándolo con orgullo. “Por eso esta ciudad es fascinante”, coinciden ambos. Por si fuera poco, él también juega prácticamente cada día al pickleball, un deporte de raqueta que está entre el tenis, el bádminton y el ping-pong. Y ambos son miembros de la Peña Barcelonista de la ciudad, donde también acuden a menudo a ver jugar al Barça.

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De cara a este verano, la pareja planea pasar unos días cerca de White Plains, en una reunión de compañeros de clase del colegio de Ralph, y en septiembre irán un tiempo a San Francisco, donde irá toda la familia porque una de las tres hermanas vive allí. Esta es, para ambos, otra de las ventajas de vivir en DC, poder estar más cerca de sus hijas, que hoy en día se consideran más estadounidenses que venezolanas a pesar de haberse criado en Venezuela. ¿Puede que sea esto el famoso “sueño americano”? Lo que yo tengo claro después de visitarlos es que el verdadero sueño, americano o no, es jubilarse así de feliz, rodeado de amigos y con tanto por hacer en un lugar bonito y paseable. ¡Quién pudiera hacerlo!