No hace falta el libro más premiado si no hay nadie que te lo lea

BarcelonaNos hemos vuelto extraordinariamente hábiles, eligiendo en prácticamente todo. Elegimos la mejor escuela, la mejor extraescolar, la mochila más ergonómica, la fiambrera sin BPA y las zapatillas con suela plana. Elegimos sin azúcar, elegimos restringir móviles, elegimos ropa respetuosa como si la ropa pudiera comportarse irrespetuosamente y elegimos juguetes con etiqueta Montessori.

Y, en medio de este despliegue de intenciones impecables, hay una elección que a menudo se nos resiste o que nos exige un esfuerzo desmesurado: elegir tiempo. Tiempo a secas. Tiempo sin objetivo. Tiempo sin intencionalidad educativa explícita. Tiempo no optimizado. Tiempo para sentarse al lado de un niño y leer.

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Nos regimos por la economía de la atención, en un mundo donde todo compite por unos segundos de nuestros ojos. Contenidos breves, acelerados, diseñados para capturarnos y ceder inmediatamente el paso al siguiente. Una dieta de microcontenidos que, como la comida rápida, llena, pero no nutre.

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Ante esto, la lectura compartida (sí, compartida, uno al lado del otro) se convierte casi en un acto subversivo. Un adulto, un niño, un libro (sí, de papel, con páginas que se pasan lentamente) y un rato sin interrupciones. Un chup-chup a fuego lento en un mundo de ensaladas de l'Ametller.

Y no, no es ninguna nostalgia ingenua ni una resistencia hippie a la tecnología. Es una cuestión de bienestar, de salud y de sentido vital. Porque cuando leemos con un niño no solo estamos fomentando la comprensión lectora (que también). Estamos haciendo algo esencial y mucho más radical: estamos practicando una de las expresiones más puras de amor. Estamos regalando tiempo.

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Porque podemos acertar todas las decisiones de crianza, pero si no hay ratos compartidos, si no hay alguien sentado a su lado, leyendo, escuchando, mirando, la fórmula cojea.

Rebajar la excelencia

Por eso, en esta era de hiperpadres e hipermadres, convendría rebajar la ansiedad por la excelencia, asumir la necesaria imperfección que implica ser madre o padre y apostar por aquello que, a pesar de la diversidad de estilos, acostumbra a funcionar. No hace falta el juguete más respetuoso si no hay alguien que juegue con él. No hace falta el libro más premiado si no hay nadie que te lo lea. En cambio, lo que sí hace falta, lo que sí es imprescindible, es el tiempo del adulto.

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Porque probablemente los niños no recordarán los gramos de azúcar que no comían cada semana, o si sus juguetes eran de madera certificada, pero permanecerá en su memoria, con una precisión sorprendente, quién les contaba historias antes de ir a dormir.

Recordarán Caperucita Roja. Y el lobo. Y el miedo que les daba pensar que la abuela acababa dentro de la barriga. Y también cómo de alguna manera aquel miedo era un miedo deseado, porque lo vivían al lado de alguien a quien querían. O quizás recordarán a Aladino y la lámpara mágica, de los cuentos de las Mil y una noches, y el deseo de volar sobre una alfombra, acompañados por la mirada de aquellos ojos que se lo narraban.

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Por eso, este Sant Jordi, desde Lecxit proponemos algo muy sencillo: recomendar tiempo. Con la campaña #YoRecomiendo, invitamos a familias, docentes y voluntariado a compartir lecturas vividas con niños. No solo para recomendar libros, sino para hacer visible aquello que hace que realmente pasen de ser páginas a experiencias memorables: el tiempo compartido. Porque detrás de cada lector que crece, hay alguien que ha dedicado tiempo. Y quizás, entre tanta decisión bien informada y tanta crianza consciente, esta es la más importante. Y también, casualmente, de las más económicas.