Raquel Elá: “La escuela catalana está agotada”

Maestra con veinte años de experiencia en Cataluña que eligió esta profesión como agradecimiento a sus maestros de aquí

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Raquel Elà, maestra de escuela
02/10/2026 - 07:02 h

BarcelonaCuando tenía dieciocho años no sabía qué quería ser. Le pasó por la cabeza ser azafata de vuelo e incluso sopesó la posibilidad de convertirse en criminóloga, pero el hecho de que pudiera llegar a la universidad gracias a los maestros que la habían ayudado a lo largo de toda la escolarización la acabó decantando por la educación. Y este curso, Raquel Elá celebra sus veinte años de maestra en Cataluña.

Nació en Guinea Ecuatorial y vivió en las Islas Canarias hasta 1991, cuando vino a Cataluña. Aterrizó en una escuela con poco alumnado catalanohablante, cosa que le complicó aprender la lengua. Lo recuerda como una época de cierto conflicto por la dificultad de relacionarse con niños y niñas gitanos y de origen extranjero, sobre todo marroquí, en una escuela de una sola línea. Tuvo que aprovechar los mediodías, cuando se desplazaban a otro centro para comer, para tener contacto con niños y niñas de Barcelona. A pesar de estas dificultades, reconoce que conserva muchos amigos de aquellos años y, sobre todo, recuerda el afecto que tenía por la tutora del momento. Ahora es funcionaria y tiene plaza fija en la escuela Màrius Torres de Hospitalet de Llobregat donde, este curso, es la tutora de 5.º de Primaria.

Cuando se le propone esta entrevista, pone de manifiesto que no cree que la suya sea una trayectoria muy diferente de muchos otros docentes. Lo cierto es, sin embargo, que reconoce que desgraciadamente cuesta encontrar maestros y profesores racializados –usa todavía esta palabra aunque no le gusta– en los claustros de escuelas e institutos del país.

Por eso, Elá no se siente cómoda hablando de su “aportación” al claustro. Entiende que para los compañeros y compañeras ella sea considerada “diferente”, pero considera que para que esta diversidad tenga un impacto real hace falta que haya muchas más personas de orígenes diversos en los equipos. “Sigo siendo minoría y para aportar tendría que sumarse mucha más gente”, explica la maestra. Cree que los maestros ven la realidad de la escuela desde su rol, en los centros, y que siempre es como docente, pero que, en cambio, el entorno con el que viven estos mismos docentes no es realmente diverso.

Elá considera que sigue siendo percibida como una persona de origen diferente, a pesar de que cada vez haya más personas mestizas. “Me gustaría mucho que hubiera más personas racializadas en los equipos –dice–, y también que estas personas tuvieran menos miedo de hablar”. En este sentido, cree que todavía hay cierto racismo estructural tanto en el sistema como en la sociedad y que, a menudo, tiene que ser ella quien frene determinadas bromas que se repiten año tras año. “Ayer mismo le dije a un compañero: «Esta broma, basta, porque yo soy superafricana»”, explica Elá, que cree que hay que poner límites a determinados comentarios que, de tan habituales, acaban normalizándose.

Anécdotas desde todas partes

En veinte años de profesión, Elá ha vivido muchas anécdotas que ponen de manifiesto esta poca diversidad que todavía hay entre el profesorado. Por ejemplo, se la ha confundido muchas veces como la madre de algún otro alumno. De hecho, en la escuela actual hay una niña negra en la clase de al lado y los niños le preguntan si es su hija. A pesar de esto, reconoce que los niños y niñas se acostumbran enseguida y normalizan su color de piel, los pañuelos que utiliza, las trenzas del pelo o el estilo afro que mezcla con la cultura occidental. “Quizás sí que, mirando mi clase, puedo aportarles valor añadido –dice Elá–, para que vean que pueden llegar a donde quieran y me vean como un espejo”.

Con los padres y madres también ha pasado de todo, pero sobre todo destaca que debe pasar un tiempo hasta que tiene “el visto bueno” de las familias en un proceso que ella llama “la prueba del primer trimestre”. “Miran cómo soy con los hijos, qué temas trato…”, dice Elá, que reconoce que intenta dar un punto de vista más amplio en algunos temas y que, por eso, algunas familias pueden mostrar cierta reticencia. En alguna ocasión, esta reticencia también ha sido más explícita. Recuerda el caso de un alumno que explicaba que sus padres votarían a un partido de extrema derecha y que, en una reunión de familias, el padre ni siquiera la saludaba.

Y el mismo colectivo docente tampoco está libre de prejuicios. Se ha encontrado con que algunos compañeros la tratan como si fuera novata y le vuelven a enseñar las cosas como si no tuviera veinte años de experiencia. E incluso, durante las huelgas y protestas de la primavera pasada, recibió muchos comentarios como “gracias por apoyarnos” por parte de compañeros y compañeras que daban por hecho que no era maestra. “Eso no se lo dicen a las maestras blancas”, dice Elá.

La diversidad, todavía una asignatura pendiente

También detecta este racismo en actitudes como el hecho de que a los alumnos de origen extranjero se les hable en castellano. Lo critica porque perpetúa la idea de que los alumnos no nacidos en Cataluña no pueden hablar catalán. “Yo he crecido con dos idiomas y en el instituto me dijeron que tenía que hablar catalán y así lo hice”, explica Elá. Precisamente por su propia experiencia, defiende que no dar por hecho que un alumno de origen extranjero hablará catalán también puede acabar limitando sus oportunidades. “Hablar y saber la lengua donde vives abre puertas”, apunta.

En su escuela actual, que considera diversa y respetuosa, han optado por el uniforme como una manera de reducir diferencias visibles entre el alumnado. Explica que no ha tenido nunca ningún problema con las familias que, a pesar de sus orígenes diversos, aceptan tradiciones y celebraciones, pero, en cambio, sí que detecta que, socialmente, se hace un juicio hipócrita de algunos aspectos culturales en función del origen. Esta doble vara de medir también la detecta en cuestiones culturales y religiosas. Se pregunta por qué todavía se debate tanto si las escuelas deben celebrar la Navidad o cómo se debe abordar el Ramadán, mientras que determinadas ausencias de alumnado autóctono por vacaciones se viven con mucha más normalidad. “Somos mucho más críticos con según qué religiones y muy permisivos con alumnos de aquí que cogen vacaciones fuera de calendario”, apunta.

Una visión de la escuela catalana

Su mirada sobre la educación, sin embargo, no se limita a la diversidad. Como maestra de Primaria, defiende también una cierta combinación entre prácticas tradicionales y nuevas metodologías. “Tenemos que tener paciencia, mezclar cosas antiguas y nuevas”, explica. Este curso, como tutora de quinto, está especialmente centrada en buscar maneras de mejorar el aprendizaje de las matemáticas. Reconoce, sin embargo, sus propios límites: “Si me dices que dé mates en tercero de ESO, no podría hacerlo”

Con toda esta trayectoria a sus espaldas, Elá ve que en los últimos años se han perdido las ganas de "hacer escuela catalana" y que cuando empezó lo hacían de forma "más natural" y notaba que todo el mundo se esforzaba más en mantener la lengua y la cultura. “La escuela catalana está agotada”, lamenta la maestra, que aboga por un “cambio de chip” y “dejar de copiar todo lo que está de moda”. En este sentido, cree que se debe motivar al alumnado a tener curiosidad, que también se ha dejado de hacer, y evitar que todas las actividades sean siempre lúdicas, es decir, que haya más contenido que ayude a formar a niños y niñas.

Elá considera que la escuela ha ido asumiendo muchos cambios en la composición y las necesidades del alumnado –desde la matrícula viva hasta el aumento de alumnado con necesidades educativas específicas– sin que esta adaptación haya ido siempre acompañada de los recursos y del personal especializado necesarios. “Nos hemos quedado en que todos somos iguales, pero no es así, y los maestros hacemos mucho trabajo”, dice. Ahora considera que habría que recuperar una idea que, a su parecer, se ha ido perdiendo: el consenso sobre qué queremos que sea la escuela catalana.

Esta necesidad de cuestionar las etiquetas también la traslada al alumnado. “Si vosotros cogéis la costumbre de las etiquetas, al final me lo creeré: los guineanos no trabajan mucho”, ejemplifica. Por eso insiste en que los alumnos deben ser valorados por lo que hacen y no por su origen. Esta mirada también la aplica al mismo colectivo docente. Elá defiende que los maestros deben ser críticos con el sistema educativo, pero también con las propias prácticas. “Si hacemos reivindicaciones como docentes, también tenemos que ser autocríticos en lo que podamos”, apunta. Para ella, el cambio pasa también por revisar determinados comportamientos que se han normalizado y empezar a hacerlo desde bien pequeños.

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