"Cuando el edificio se derrumbó, su mundo se redujo a un triángulo de aire del tamaño de una bañera"
El arquitecto y escritor Pedro Torrijos aborda tragedias como la dana y el derrumbe del Rana Plaza en el ensayo literario 'Catedral de escombros'
BarcelonaEl derrumbe del edificio Rana Plaza –en las afueras de Dhaka, la capital de Bangladesh– ha pasado a la historia como uno de los peores desastres industriales de la historia reciente, con más de 1.130 víctimas mortales. El Rana Plaza era un edificio de ocho pisos donde había talleres textiles que trabajaban para 29 marcas entre las que se encontraban Mango, Benetton, El Corte Inglés y Primark. El día anterior se había ordenado a los trabajadores que volvieran al trabajo pese al estado alarmante de la estructura. No había sindicatos y la amenaza de perder parte del sueldo les forzó a volver a entrar en las fábricas. El accidente causó la muerte de más de 1.130 personas, aunque según las entidades que diez años después todavía luchan para que se respeten los derechos humanos en la industria del fast fashion, pudo evitarse desde un principio.
Entre todos esos muertos, diecisiete días después los equipos de rescate encontraron a una superviviente, Reshma Begum. "Tenía 19 años, trabajaba en una de las plantas superiores y cuando el edificio se derrumbó, su mundo se redujo a un triángulo de aire del tamaño de una bañera rota", explica el arquitecto y escritor Pedro Torrijos (Madrid, 1975) en su último libro, el ensayo Catedral de escombros. Anatomía del derrumbo (Debate).
"No era una burbuja de rescate, ni un cuarto especialmente favorable –dice Torrijos–. Era, más bien, una casualidad espacial: una grieta en el caos [...] Diecisiete días. La cifra vuelve a ser niebla. Cuarentacientas ocho horas. Veinticuatro mil cuatrocientos ochenta minutos. No en una cielo. aplastado, lleno de polvo de cemento, cadáveres en descomposición, hambre, calor, alucinación".
Mientras el nombre de Reshma Begum ha hecho historia, los nombres de las víctimas mortales de los otros desastres de los que habla Torrijos en el libro han quedado tragados por el paso del tiempo y por las circunstancias de las tragedias donde perdieron la vida. Catedral de escombros es fruto de la propuesta que le hicieron de escribir un libro sobre la dana que afectó a Valencia en el 2024 y cómo las negligencias arquitectónicas y urbanísticas pueden ser mortales, pero Torrijos quiso ir más allá de este caso concreto, porque ha visto cómo la dana se ha convertido en un "arma arrojadiza". "Es un libro relativamente breve, pero en realidad hablo de muchas cosas. Pero creo que la síntesis de todas ellas es rescatar a personas, fantasmas, no a los fantasmas de las películas, sino a los que quedan suspendidos entre el polvo y el barro. Las catástrofes no son cifras, no son datos, no son curvas. Son personas, las viven las personas. números, al final se acaban convirtiendo en una especie de artefacto que solo sirve como arma arrojadiza, como argumento político o como arma moral".
Torrijos hace hincapié en que Catedral de escombros es un "ensayo literario", que se suma a su vertiente como divulgador de la arquitectura y como novelista. Y el resultado es una crítica muy dura en el sistema: "Las narrativas buscan acotarlo todo, lo que sea –explica el autor–. Eso ya ocurrió cuando se señaló como culpable del derrumbe de Dhaka el propietario del edificio, Sohel Rana. Pero en realidad hay muchísimos culpables. Probablemente, incluso nosotros mismos, cuando.
Pero no todos los culpables tienen la misma suerte. Jesús Gil fue condenado por homicidio imprudente por la muerte de 58 personas en 1969 durante una convención de la cadena de supermercados Spar en un restaurante de una urbanización en Los Ángeles de San Rafael (Segovia). Gil se responsabilizó del caso "formalmente", pero "nunca pidió perdón". "Lo más parecido a un acto de contrición fue una cifra –dice Torrijos–. Primero ofreció 300.000 pesetas por cada fallecido. Una cantidad que, incluso para los estándares de los años setenta, resultaba ofensiva. Las familias rechazaron la oferta. Entonces subió la apuesta cuando un millón. También rechazó. el acuerdo, la cifra fue de 650.000 pesetas por muerte”. Gil no solo regateó la indemnización, sino que durante el tiempo que estuvo en prisión montó "un pequeño negocio de contrabando". Y todo ello no impidió que décadas después "lo convirtiéramos en una especie de mito televisivo y mediático".
En cambio, el empresario Harry Crandall y el arquitecto Reginald Geare se suicidaron con diez años de diferencia a raíz del derrumbe de la cubierta del teatro Knickerbocker de Washington por el peso de la nieve, una tragedia en la que murieron un centenar de personas en 1922. ~BK