La asociación Greta (Grup de Recuperació i Estudi de la Tradició Arquitectònica) nació en 2011 en Girona con una misión clara: reivindicar la arquitectura anónima. Aquella que no llena los libros de grandes monumentos pero que ha configurado el ADN de nuestros pueblos y paisajes. La entidad agrupa profesionales de la arquitectura, la historia y la geología que trabajan para proteger el patrimonio desde el planeamiento urbanístico y la investigación técnica.La entidad, de la mano de la arquitecta Olga Muñoz y la geóloga Marta Puiguriguer, ha iniciado un ciclo de charlas, paseos y rutas para presentar el libro. La próxima cita será este sábado 6 de junio, a las 10 h, con una visita guiada al Mas Marés, en Roses, con cata de vinos incluida. El 17 de julio, a las 19 h, se presentará en el Museu de l’Anxova i de la Sal de l’Escala. Y el 29 de agosto, a las 18.30 h, en la Selva de Mar, se hará un itinerario por masías del valle. El ciclo cerrará en Cadaqués el 3 y 4 de octubre con una presentación y sesión de arte sonoro en la Sala Maifrèn, y al día siguiente con un itinerario a partir de las 9.30 h para descubrir las ruinas del Mas Rabassers de Dalt. Las inscripciones son limitadas.
Así se vivía en el cabo de Creus: los masías que sabían convivir con la tramontana
Un libro documenta cómo los humanos transformaron el paisaje antes del turismo y propone aprender de su capacidad de resiliencia y adaptación
GironaEn medio del monocultivo turístico de Cadaqués, Teresa Madrid y Pau López reman a contracorriente, con la mirada puesta en la resiliencia de los antepasados que habitaban el cabo de Creus. Hace casi una década comenzaron a gestionar diferentes campos de olivos para hacer aceite y a manejar un rebaño de ovejas guirres, de la zona, para conservar la fertilidad del suelo y desbrozar los campos de bancales de piedra seca que trabajan manualmente. Desde el Mas de la Senyora, reivindican dos de los pilares fundamentales de la identidad histórica de Cadaqués: la agricultura y la ganadería. Pero entendidas también como una manera de cuidar el suelo, construir paisaje y crear comunidad y cultura más allá del turismo y la protección medioambientalista.
Cabo de Creus. Aprender de la arquitectura tradicionalCap de Creus. Aprendre de l'arquitectura tradicional, editado por la asociación Greta, que ve la luz después de cuatro años de intenso trabajo de campo para documentar una cuarentena de ruinas de masías antes de que desaparezcan tanto por la degradación como por el olvido.
Caminando por el Parque Natural del Cap de Creus, hemos llegado a creer que es un territorio donde la naturaleza se expresa sin filtros. Pero es todo lo contrario. "A menudo, cuando hablamos de arquitectura tradicional, decimos que es el paisaje construido; en el caso del cabo de Creus, esta definición es literal, incluso las montañas son construidas", recogen en el libro las autoras, la arquitecta Olga Muñoz y la geóloga Marta Puiguriguer. El largo trabajo de campo descubre una forma de construir adaptada totalmente a un medio muy hostil, donde las masías se convirtieron en un caso único de resiliencia y adaptación que para las autoras puede servir de ejemplo para los retos de futuro en la gestión del parque natural más allá del turismo y el propósito medioambientalista.
Adaptación radical al medio
En el cabo de Creus, las masías se construían de una manera muy diferente al resto del Empordà. Sin ningún tipo de lujo, suponían un ejercicio único de adaptación radical a un medio inhóspito donde apenas había tierra para cultivar. Esto hace que la arquitectura tradicional sea compleja y a la vez rica, porque los materiales básicos para la construcción también eran muy limitados. Tanto la cal para hacer los morteros que unían la piedra como la arcilla para fabricar ladrillos eran recursos escasos, y había que recurrir al ingenio para optimizarlos. En los pocos hornos conservados, se llegaron a utilizar trozos de diferentes ladrillos para construirlos, mientras que se encuentran explotadas las pocas vetas de piedra caliza que hay en el macizo.
En cuanto a la manera de construir la masía, hay que tener en cuenta que estaba sobre todo pensada para guardar el ganado, que en muchos casos era el medio de subsistencia. Solo un tercio de la superficie construida era para la familia, que solía vivir en una primera planta de unos 100 metros cuadrados a la que se accedía por una escalera exterior, muy diferente de la típica masía catalana –tampoco había desván, lo que significaba que apenas tenían nada para almacenar–. Debajo, había parte de los animales. Para resguardarse de la tramontana, las masías no ofrecen una fachada al norte, sino una arista: una rotación de la planta permite "cortar" el viento y desviar su presión. Para acabar de asegurar que el ganado más valioso estuviera protegido, la planta estaba semienterrada por la zona norte y, o bien no había aberturas, o como mucho se hacía una pequeña de forma triangular.
Es en estos bajos bajo la masía donde encontramos uno de los "elementos más interesantes" arquitectónicamente. Se trata de unas bóvedas y arcos que de alguna manera nos hacen pensar en las antiguas ermitas románicas. "Se repite el mismo sistema constructivo de dos o tres arcos en quince lugares diferentes y no parece autoconstrucción", explica Muñoz. En la planta familiar, la cubierta estaba hecha con vigas de madera corta, de máximo cuatro metros con caña en lugar de lata, lo que denota que también había poco acceso a la madera. El resto de la masía estaba hecho íntegramente de piedra para resguardar el ganado, con diferentes corrales y otra diferencia respecto a las masías ampurdanesas: casi no hay pajares. Para las autoras, es una muestra de la poca tierra cultivable que había para hacer grano y que los rebaños eran de ovejas y cabras y casi no había vacas.
Una infraestructura hidráulica excepcional
Pero la obra más titánica del macizo no la encontramos en las paredes de las masías, sino en los kilómetros de muros de piedra. Se estima que en el cabo de Creus hay entre 7.000 y 27.000 kilómetros lineales de paredes de piedra seca. Más largos que la Gran Muralla China y, en la versión más optimista, la mitad del diámetro de la Tierra. No son solo las traviesas de las terrazas, sino también una infraestructura hidráulica excepcional, un ingenio para retener la poca tierra fértil y controlar y mantener el agua. "Encontramos muy pocos pozos porque el agua en el cabo de Creus está a gran profundidad", explica Puiguriguer. Así que la mayoría de las masías se situaban en zonas que, cuando lloviera, pudieran captar agua. Pero al mismo tiempo la lluvia torrencial podía suponer un gran problema para los cultivos. Para hacerle frente, se creó "una infraestructura oculta, también soterrada", de la cual, dice Muñoz, conocemos solo "la punta del iceberg" y que se construyó a partir del "trabajo colectivo".
Las autoras del libro señalan que su voluntad no es hacer una foto fija del pasado ni una invitación a la nostalgia, sino tomar el diagnóstico como una referencia para la gestión de la administración del Parque Natural teniendo en cuenta el patrimonio cultural. Durante el inicio del ciclo de presentaciones, el público salió sorprendido al descubrir un cabo de Creus "inédito" lejos de la masificación turística y que poco a poco se va desvaneciendo. Para Roger Biosca, presidente de la Associació Greta, se hacía "urgente" documentar y analizar las masías para "sensibilizar al público en general y con la esperanza de poder influir para salvar o recuperar alguna". En este sentido, Martí Ferrer, coordinador de la entidad, explica que el libro resume muy bien la voluntad de Greta: "A través del estudio y la divulgación de los conocimientos del pasado, recuperar la tradición arquitectónica como una herramienta para la rehabilitación y la construcción del presente".
La respuesta a este reto ya la dan ejemplos de resiliencia viva como el Mas de la Senyora, en Cadaqués, o el Mas Marés, en Roses, donde la viticultora Anna Espelt defiende la gestión en mosaico. Este modelo –pastos, viña y olivo– ha demostrado ser capaz de detener los grandes incendios forestales. "En un mundo donde a menudo bomberos, naturalistas y campesinos han tenido poca sintonía es esencial detectar y escuchar a la gente capaz de mirar con curiosidad, de tú a tú y sin dogmatismos, porque juntos ya hemos visto que somos capaces de hacer mucho con poco presupuesto. Separados, en cambio, el territorio se gestiona sin los que lo trabajan", concluye Espelt en el epílogo del libro.