Crítica de cine

Y 28 días después... cultos satánicos en la tierra de los infectados

Nia DaCosta dirige 'El templo de los huesos', secuela de la saga zombie de Danny Boyle

14/01/2026

'28 años después: el templo de los huesos'

  • Dirección: Nia DaCosta. Guión: Alex Garland.
  • 109 minutos. Reino Unido, Estados Unidos (2026).
  • Con Ralph Fiennes, Jack O'Connell, Alfie Williams y Chi Lewis-Parry

Hace medio año llegaba a los cines 28 años después, tercera parte de la zaga con la que Danny Boyle regeneró el terror apocalíptico convirtiendo la parsimonia de los muertos vivientes en el galope de los infectados. En esta tercera entrega, Boyle y el guionista Alex Garland resituaban el foco de estudio, dejando a un lado la respuesta ante la catástrofe y proponiendo una estimulante reflexión sobre el asesinato como ritual de cohesión ante un enemigo exterior. Este interés por la relación entre los seres humanos y la violencia, en medio de un combate entre la razón y la barbarie, resurge con fuerza en 28 años después: el templo de los huesos, que se rodó de forma consecutiva en el anterior filme y que será la segunda parte de una trilogía.

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La principal novedad deEl templo de los huesos es que la principal amenaza para los héroes –un niño huérfano (Alfie Williams) y un médico benefactor (Ralph Fiennes)– dejan de ser los infectados y su sitio lo ocupa una secta satánica que recuerda a la Familia Manson. Y, de hecho, la idea de que los humanos son los auténticos monstruos –un factor seminal del imaginario zombi– se subraya convirtiendo al macho alfa de los infectados en una mezcla del Viernes de Robinson Crusoe y la noble criatura de Frankenstein.

A partir de este sugerente fermento narrativo, Garland plantea, desde el guión, una grandilocuente confrontación entre la fe y el conocimiento científico –todo bien aderezado con citas bíblicas y humanismo de manual–, mientras que la directora Nia DaCosta lleva la historia hacia el terror de sangre e hígado. El resultado final es una película que entretiene y activa las neuronas, pero que nunca acaba de encontrar un tono consistente, perdida entre el naïf y el grotesco, entre la pericia de Fiennes y el histrionismo del resto del reparto, entre el pop de Duran Duran y el heavy metal de Iron Maiden.

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