Pensamiento

Valentina Pisanty: "Convertir el término 'antisemita' en una herramienta política ha sido nefasto"

Semióloga. Autora de 'Antisemitismo'

BarcelonaNo hay nada inocente en hacer confundir antisemitismo con antisionismo. La semióloga italiana Valentina Pisanty (Milán, 1969) se hace una pregunta bastante provocadora al inicio de Antisemitismo (Comanegra, con traducción de Marta Nin): "¿Cómo es posible que en nombre de la memoria del Holocausto hayamos abierto colectivamente de par en par las puertas al retorno de los ultranacionalistas a Europa y a su consolida­ción en Israel?". Profesora en la Universidad de Bérgamo y autora de ensayos sobre semiótica interpretativa, cuentos de hadas, humor, discurso político, retórica del racismo y memoria, analiza cómo ha cambiado el uso de la palabra antisemita. Pisanty defiende que la palabra antisemita "ha sido secuestrada" por las derechas israelíes con el apoyo de muchas organizaciones internacionales, encargadas oficialmente de la lucha contra el racismo y el antisemitismo. Todo, en conjunto, según Pisanty, con el visto bueno de casi todos los gobiernos occidentales.

¿Qué queremos decir exactamente cuando utilizamos las palabras antisemita y antisionista?

— Es muy importante distinguir las dos palabras. El antisemitismo es una forma de racismo. Presupone que cualquier individuo judío responde a un estereotipo y defiende teorías como que los judíos intentan gobernar el mundo en contra de los intereses de los demás. El antisionismo, en cambio, es una postura política que puede adoptar muchas formas diferentes, porque el sionismo incluye también corrientes diversas. No hay solamente una forma de sionismo. Sea cual sea el matiz que demos al sionismo o al antisionismo, es una postura política. Esto no excluye que los antisionistas puedan utilizar representaciones o argumentos que provienen del arsenal antisemita, pero conceptualmente son diferentes.

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Tienen también orígenes históricos diferentes.

— La palabra antisemitismo se introdujo en las lenguas europeas hacia finales del siglo XIX, proveniente de la Alemania de la década de 1870, donde existía la Liga Antisemita Alemana. Eran personas fundamentalmente racistas que se oponían al proceso de emancipación de los judíos europeos, especialmente alemanes. Creían que los judíos formaban una especie de estado dentro del estado, conspirando contra Alemania. Este significado inicial se expandió con el tiempo y adquirió más capas. Hacia finales del XIX y principios del XX, el significado se consolidó tal como lo conocemos hoy, especialmente con la difusión de los Protocolos de los Sabios de Sión, adoptados después por dirigentes fascistas y nazis. Después de la Segunda Guerra Mundial, nadie se declaraba orgullosamente antisemita sin ser condenado globalmente. Esto no quiere decir que el fenómeno desapareciera, sino que prácticamente nadie se reconocía explícitamente como antisemita. El antisionismo es diferente porque tenemos una palabra compuesta: anti + sionismo. El antisionismo se refiere a oponerse a una postura política concreta. Hay muchas variantes: algunos antisionistas cuestionan la historia que llevó a la creación del Estado de Israel; otros, especialmente hoy, rechazan posturas sionistas etnonacionalistas concretas que justifican cualquier medio para asegurar la supervivencia del estado judío.

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¿Cuándo dejó de ser solo una descripción para convertirse en arma política?

— A principios del siglo XXI, los gobiernos de ultraderecha de Israel vieron el potencial estratégico del término, que podía servir para deslegitimar cualquier oposición a sus políticas. Secuestraron el término con la cooperación de instituciones de los Estados Unidos y Europa —como la Anti-Defamation League, el Simon Wiesenthal Center y el American Jewish Committee— y el visto bueno de la mayoría de gobiernos occidentales. Se promovió una nueva definición de antisemitismo que amplía el significado para incluir ciertas posturas políticas contra Israel. Convertir el término antisemita en una herramienta política ha sido nefasto para el debate democrático y la libertad académica.

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En el libro se habla también de cómo se ha utilizado la memoria del Holocausto.

— Es complejo. Desde la caída del Muro de Berlín, la memoria del Holocausto se ha convertido en un tótem para Occidente, especialmente para construir la identidad europea postcomunista. Esto ha dado poder a ciertos "guardianes de la memoria", como las instituciones antes citadas, que deciden qué se puede decir y qué no. Esto ha reforzado narrativas políticas y ha limitado el espacio del debate abierto.

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Es bastante crítica también con las universidades y cómo se ha limitado el debate con el argumento de proteger a los estudiantes de debates incómodos o que pueden herir ciertas sensibilidades. ¿A quién benefician estas limitaciones?

— Los que más se benefician son los que controlan la narrativa y la legitimidad política, mientras que los demócratas y los liberales quedan excluidos. Esto restringe el debate público. Las universidades deberían ser lugares para afrontar ideas difíciles, no solo espacios “seguros” desde este punto de vista.

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¿Qué pasa cuando un concepto pierde el valor analítico y se utiliza como arma contra cualquier crítica a Israel?

— Las consecuencias pueden ser devastadoras. En Estados Unidos, se ha utilizado para expulsar a estudiantes y profesores, cancelar eventos y silenciar la oposición, incluso más allá del debate sobre Israel. En el Reino Unido, se utilizó para apartar a Jeremy Corbyn del Partido Laborista [un informe de la Equality and Human Rights Commission llegó a la conclusión de que el partido había gestionado mal algunas denuncias antisemitas]. En Alemania, se cancelan eventos culturales pro Palestina. Estas prácticas amenazan el pluralismo y el debate democrático.

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¿Considera el "nunca más" un imperativo moral universal? O cree que también se ha convertido en una herramienta política.

— Siempre ha tenido dos lecturas. Una universalista, que dice: nunca más genocidio, racismo o deshumanización para nadie. Y, otra, particularista. Según Meir Kahane [rabino ortodoxo nacido en Estados Unidos en 1932 y fallecido en 1990, defensor del supremacismo judío] y figuras actuales, como Bezalel Smotrich [político israelí de extrema derecha y actual ministro de Finanzas] e Itamar Ben-Gvir [político y abogado de ultraderecha israelí, hoy ministro de Seguridad], “nunca más” solo se aplica a los judíos, y el Estado de Israel es la principal garantía de ello. Esto convierte un imperativo universal en un eslogan tribal, polariza comunidades, redefine el discurso internacional y deslegitima la disidencia.

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Cuando se usa la palabra antisemita para controlar la disciplina interna y silenciar la disidencia, ¿cuáles son las implicaciones para la democracia?

— Las implicaciones son muy graves. El antisemitismo real se debe combatir, pero cuando la acusación se amplía a los desacuerdos políticos, se convierte en un instrumento para delimitar quién puede hablar. Esto limita el pluralismo, fomenta la autocensura y puede extenderse a otros temas, de manera que debilita la democracia.