Música

David Byrne vuelve a maravillar al Cruïlla

El excantante de Talking Heads repite el éxito de hace ocho años con otra puesta en escena impactante

Act. hace 10 min

BarcelonaDavid Byrne ha reflexionado sobre la música con mucha sensatez. Por ejemplo, en el libro How music works (2012), disponible en castellano en Reservoir Books. Y la puesta en escena de sus conciertos necesariamente tiene que ser fruto de una reflexión muy profunda sobre cómo acompañar la música en directo. Cuando formaba parte de Talking Heads ya promovió gestos escénicos que buscaban nuevas maneras de mostrarse, y en la carrera en solitario ha ido más allá. Ya lo demostró en el Cruïlla en 2018, y volvió el viernes con una evolución del formato que se vio hace ocho años: un escenario vacío, sin attrezzo ni elementos instrumentales fijos; solo unas pantallas gigantes que pueden proyectar imágenes o simplemente iluminarse con colores, y una docena de músicos-bailarines, o más bien, de músicos coreografiados, cada uno moviéndose con su instrumento, incluidos los percusionistas, la violonchelista y el teclista. Todos vestidos de azul, como los operarios especializados de un laboratorio secreto, o como el personal sanitario de una clínica gestionada por un amante del minimalismo.

El efecto es poderoso, y así lo constataban las caras del público del escenario Estrella Damm tan pronto como sonaron Heaven y Everybody laughs. No es solo un hallazgo estético. El diseño del espectáculo tiene un sentido dramatúrgico. Las imágenes y los movimientos coreográficos (sencillos y comprensibles) complementan las canciones, que se van sucediendo como escenas de una película, la gran película sobre cómo hacer un concierto diferente, visualmente impactante y que al mismo tiempo preserve la imagen de los músicos tocando en directo. ¡Y sin cámaras en el escenario! Es evidente que David Byrne abrió un camino que están siguiendo otros artistas, como Rosalía de la gira Lux. El efecto es poderoso también cuando las pantallas muestran diferentes paisajes y parece que los músicos estén dentro jugando con las dinámicas de los telones teatrales, pero con un minimalismo operístico sofisticado. Hay ejemplos a raudales. Los edificios en Strange overtones, los músicos con cabezas de animal en Like humans do, imágenes de la violencia de la policía antiinmigración (los temibles ICE) en Life during wartime, durante la cual muchos espectadores bailaban con aquellos espasmos controlados propios del art-funk que hace décadas que no se ven en las discotecas...

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A favor juega un repertorio imbatible, con mucho material de Talking Heads que enseguida era reconocido y celebrado por el público, como Psycho killer, Once a lifetime (con los músicos caminando por el escenario perfectamente coreografiados), Houses in motion, And she was, Burning down the house... Y con una interesante selección de la discografía en solitario, con clásicos como la exultante conexión cumbiera de Independence day y con temas del disco Who is the sky (2025), como What is the reason for it?, Everybody laughs y un When we are singing, que acompañó con una llamada a favor de la libertad y en contra del fascismo. Y es que, además de la puesta en escena y las canciones, los conciertos de David Byrne comunican la crítica con energía positiva. Volvió a maravillar, claro está.

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