278 botellas de jerez en las trincheras y barracas de miseria: la arqueología que destapa la desigualdad de la guerra
El arqueólogo Alfredo González Ruibal desentierra historias de la Guerra Civil y "profana" el Pazo de Meirás
Barcelona"Las ruinas dicen lo que la gente calla", afirma el arqueólogo Alfredo González Ruibal (Madrid, 1976), que hace dos décadas que excava los vestigios de la Guerra Civil y del franquismo. Ha recorrido fosas, trincheras, campos de concentración y barracones, y se ha comido una pizza en la cocina del Pazo de Meirás, la residencia estival de los Franco hasta hace muy poco. Ha seguido las pistas de la hambruna y de la abundancia. En País en ruinas (Crítica), demuestra que España es un gran yacimiento de la represión de la guerra y la dictadura y que, efectivamente, se esconden muchos "tesoros" que se rebelan contra el silencio.
Por ejemplo, la Ciudad Universitaria de Madrid fue un campo de batalla entre el 15 de noviembre de 1936 y el 28 de marzo de 1939. Los despojos de las trincheras explican cómo vivían, cómo morían y cómo mataban los soldados, pero también quién se enriqueció. En el Asilo de Santa Cristina, dentro del recinto de la Ciudad Universitaria, estaba la base del bando franquista. "Lo que más abunda son las botellas de bebidas alcohólicas", asegura González Ruibal. Se llegó a establecer un bar subterráneo, conocido como el Bar de la Bandera, que estaba muy bien surtido. El equipo de arqueólogos recogió 278 botellas de jerez. Incluso había del Fino Legionario. Abundaban especialmente las botellas de algunas bodegas andaluzas que ampliaron notablemente su negocio después de la guerra. Había un contraste enorme entre las trincheras de los vencedores y de los vencidos. En las trincheras franquistas de la Ciudad Universitaria se recuperaron 2.627 huesos de fauna diversa que demuestran que los rebeldes estaban bien alimentados. En cambio, los huesos eran prácticamente inexistentes en las trincheras republicanas.
Hay una cosa que obsesiona bastante a González Ruibal: recordar la dignidad cotidiana que la arqueología ayuda a poner de relieve. "Hay muchas cosas que los documentos y los archivos ni siquiera se consideran dignos de registro. Los objetos recogen la vida cotidiana y explican cómo mucha gente luchaba por mantener la dignidad a pesar de las condiciones precarias", dice el arqueólogo, que también ha excavado las barracas que hubo en el barrio madrileño de Entrevías. "Es extraordinaria la cantidad de cosas que hemos encontrado relacionadas con la higiene, tanto personal como doméstica, y esto nos habla del esfuerzo extraordinario de los que vivieron allí para mostrarse ante la sociedad como personas dignas, trabajadoras, porque vivir allí podía significar ser visto como persona marginal y de moral dudosa", afirma. Lo mismo pasa en los campos de concentración, donde se han localizado platos y utensilios para comer hechos con los restos de latas. "Hay actos que hacemos de manera automática que nos definen como seres humanos, como los modales en la mesa; no comemos como animales, y menos aún cuando estamos a la vista de otras personas. De este esfuerzo tenemos pruebas materiales", explica.
Una pizza en el Pazo de Meirás
La violencia franquista no dejó muchos documentos escritos. No hay rastro documental de muchos asesinatos y torturas. "La arqueología ha permitido documentar muchas ejecuciones perpetradas por la Guardia Civil y los paramilitares o la guerra de exterminio contra los maquis, que dejó como testimonio los huesos de menores de edad, mujeres y civiles inocentes", detalla González Ruibal, que también rastrea la huella del hambre y la desaparición de las comunidades rurales. Sin embargo, le quedan pendientes muchos espacios. Le gustaría excavar algunas instituciones represivas, como las del Auxilio Social y diversos centros penitenciarios. "Los orfanatos representan una de las facetas más terribles del régimen. Ocultaban una estructura totalitaria y fueron el destino de cientos de miles de niños. El objetivo real era el adoctrinamiento en condiciones terribles. Había castigos psicológicos y físicos terribles. Sería un proyecto maravilloso poder rescatar sus voces", asegura el arqueólogo, que también hizo prospección en el Pazo de Meirás justo después de que la familia del dictador entregara las llaves al gobierno español.
"Vivimos allí durante tres días; recuerdo especialmente el primer día, cuando comimos en la cocina de Franco. Comimos una pizza, lo que no deja de ser una forma de profanación de un lugar que el franquismo consideraba un espacio sagrado. Está bien profanar estos espacios, no solo para demostrar la violencia que tuvo lugar allí, sino también para ridiculizarlos. Hay que mostrar al verdugo no solo como un criminal, sino como una figura ridícula", defiende el autor. En el Pazo de Meirás descubrió varias cosas. "La omnipresencia de Franco en el Pazo es abrumadora. Se podría pensar que en la zona más privada su presencia se atenuaría, pero está en todas partes. Esto es un claro indicador de su narcisismo y de cómo había interiorizado su propio relato de poder. Pudimos comprobar cómo se había convertido en un santuario de la extrema derecha donde aparecía propaganda de Falange, de Fuerza Nueva y de otros grupúsculos que, ya en democracia, enviaban todo tipo de objetos (llaveros, postales, recuerdos) a Carmen Polo como representante de la dictadura", añade. En el Pazo de Meirás, el arqueólogo también pudo desmitificar aún más que Franco tuviera ningún tipo de curiosidad intelectual o sabiduría. "No tenía prácticamente libros, y los que había eran de muy baja calidad literaria", afirma.
Frente a la IA o a toda la manipulación que circula por las redes, el arqueólogo defiende que un cráneo perforado por una bala es una prueba "irrefutable" y que los objetos tienen la capacidad de crear empatía. "A menudo pensamos en la fuerza que tienen objetos como los zapatos de Auschwitz. Imaginamos padres e hijos calzando esos zapatos; es un ejercicio que fomenta una identificación y una empatía brutal", detalla. Para muchas familias de asesinados, conservar objetos personales como una cartera o una corbata significa mantener viva una parte de la presencia de sus seres queridos. "Estos objetos transmiten la sensación de que todavía tienen una historia que contar", resume el arqueólogo.