Los visigodos tuvieron poco impacto genético en la península ibérica
Un estudio liderado por el IBE desmonta el papel de las élites germánicas en la población peninsular y muestra el potencial de la paleogenética para encontrar a nuestros antepasados
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BarcelonaExiste una historiografía tradicional y algún libro recientemente publicado que defienden que todo empezó con los godos. En la escuela, muchas generaciones tuvieron que memorizar la lista infinita de sus reyes para consolidar un relato oficial que veía en aquellas élites germánicas la primera piedra del futuro estado español. Genéticamente, sin embargo, su impacto fue mucho menor, como demuestra un estudio internacional liderado por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE), el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, la Universidad Harvard y la Universidad del País Vasco (EHU), y publicado en la revista Cell.
A partir del análisis de 243 genomas antiguos de 31 yacimientos diferentes, la investigación demuestra que la llegada de los suevos, vándalos, alanos y visigodos a partir del siglo V no alteró la composición demográfica de la península Ibérica. La huella de estos pueblos se limitó a entre un 12% y un 22% de la genética según la región, y se concentró de manera casi exclusiva en las élites dominantes. "Si el reino visigodo era un precursor de la idea de España, hay que decir que era una idea diseñada por una élite tan pequeña e impermeable que cuando llegaron los musulmanes se hundió en muy pocos años", reflexiona el investigador Carles Lalueza-Fox, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y uno de los autores principales de la investigación.
La sacudida romana
La verdadera sacudida genética, al menos en la península Ibérica, la provocaron los romanos, cuando millones de personas se desplazaron miles de kilómetros y transformaron profundamente el mosaico poblacional con aportaciones del Mediterráneo oriental y del norte de África. Antes y después, la población fue bastante estable, como demostraba también recientemente un estudio de la UAB sobre la evolución genética de los pueblos iberos que habitaron el noreste de la península Ibérica desde los inicios de la edad del hierro hasta la conquista romana, hace entre 2.700 y 2.100 años.
La llegada de las migraciones germánicas a la Península tampoco se puede comparar con la situación de otras regiones europeas, donde las migraciones germánicas sí provocaron un reemplazo demográfico masivo. En la actual Inglaterra, el impacto fue mucho mayor: con al menos el 50% de la aportación genética, y en los Balcanes las migraciones supusieron entre el 40% y el 60%. Como recuerda Lalueza-Fox, en aquellos territorios las invasiones fueron más masivas y fueron acompañadas de décadas de saqueos y episodios de gran violencia. En la Península, en cambio, la realidad era bien distinta: los recién llegados eran una minoría gobernante de unos 200.000 individuos frente a una masa de unos seis millones de habitantes hispanorromanos.
Dos hermanos a 725 kilómetros
Más allá de las cifras, el rastreo del ADN antiguo ha permitido recuperar historias sobre las circunstancias personales de quienes vivieron en la Península hace más de mil quinientos años. El estudio ha identificado a dos hermanos de ascendencia centroeuropea enterrados a 725 kilómetros de distancia: él en Mérida —la antigua Augusta Emérita— y ella en Ildum, en la plana de Castellón, junto a la Vía Augusta. "Encontrar a dos familiares de primer grado separados por tanta distancia no tiene precedentes en el registro arqueológico mundial. Lo más parecido es un padre y una hija que se encontraron en Inglaterra, de la edad del bronce, pero les separaban tan solo seis kilómetros", dice el director del Museo de Ciencias Naturales.
Otra historia es la que se encuentra en el conjunto funerario de Mérida, descubierto en 2021. Se trata de uno de los testimonios funerarios de élite más importantes del periodo, y la historiografía y la arqueología han debatido intensamente sobre quiénes eran las nueve mujeres encontradas. El ADN de una de estas chicas enterradas con joyas de tradición germánica ha revelado que era genéticamente local. "El hallazgo demuestra que, en este caso, hubo cierta fluidez política y cultural y una familia local pudo integrarse en la alta sociedad sueva o visigoda mediante alianzas matrimoniales", dice Lalueza-Fox. Aun así, debía ser bastante excepcional, porque tanto los suevos como los visigodos eran de fe arriana y tenían prohibido casarse con la población católica, hasta que el rey Recaredo se convirtió al catolicismo en el año 589.
El hecho de que seis de estas chicas jóvenes —todas tenían entre 6 y 18 años cuando murieron— aparezcan enterradas juntas sin que se hayan encontrado patógenos asociados a alguna epidemia puede sugerir que tuvieron un final bastante trágico, seguramente porque eran mujeres y, por tanto, podían ser madres. Hay algunas hipótesis que defienden que fue una ejecución ordenada durante las disputas por la sucesión al trono para eliminar a cualquier rival potencial.
¿Y el impacto de los musulmanes?
La península ibérica ha sido históricamente uno de los puntos de encuentro más heterogéneos de Europa, un espacio donde se han cruzado flujos del norte de África, el Mediterráneo y el Atlántico. A pesar de que ahora vivimos en un mundo muy globalizado, según el estudio las poblaciones ibéricas de la antigüedad tardía eran genéticamente más heterogéneas que las actuales. "En los últimos 500 años, con la consolidación de los estados nación modernos, los flujos migratorios internos y los enlaces dentro de las fronteras estatales favorecieron la creación de poblaciones genéticamente más homogéneas", detalla el director del Museo de Ciencias Naturales.
El próximo reto, según Lalueza-Fox, es estudiar el periodo andalusí. Con el análisis de numerosos yacimientos y restos de individuos procedentes de toda la península ibérica, las islas Baleares y Portugal que cubren desde el siglo VIII hasta el XVI, se quiere determinar el impacto genético y social que comportó la llegada y la presencia musulmana.
¿Tenemos familiares en los yacimientos?
En un futuro, según Lalueza-Fox, incluso estos estudios podrán conectar directamente con nuestra identidad individual. "Al retroceder 300 o 400 años en nuestro genoma —unas diez generaciones—, continuamos compartiendo fragmentos de cromosomas completamente idénticos a los de nuestros antecesores. Esto implica que las técnicas genéticas actuales pueden identificar, en un yacimiento arqueológico, si un individuo es un antepasado directo nuestro, e ir mucho más allá de lo que permite cualquier registro documental o genealógico tradicional", asegura. Desde el punto de vista colectivo, añade, proporciona información valiosa sobre las dinámicas de los movimientos migratorios, el funcionamiento de las élites y también los patrones de integración o de aislamiento entre diferentes comunidades. En definitiva, revela los mecanismos sociales a lo largo de los siglos.