Cinema

Jonás Trueba firma la gran película sobre la juventud actual

'Quién lo impide' mezcla ficción y realidad en un film que otorga la palabra a sus jóvenes protagonistas

BarcelonaEn el flash-back con el que acababa La reconquista (2016), Jonás Trueba (Madrid, 1981) filmaba el pasado de los personajes de Itsaso Arana y Francesco Carril, interpretados de jóvenes por dos adolescentes, Candela Recio y Pablo Hoyos. Después del rodaje, Trueba los siguió filmando durante cinco años, sin guion ni hoja de ruta, incorporando a más jóvenes al proyecto y escuchando lo que tenían que decir sobre la vida, las relaciones, la política o la manera en la que el cine los retrata. Sobre la marcha, el director fue descubriendo la película que estaba haciendo: Quién lo impide, que este viernes llega a los cines. Es una experiencia singularísima en el cine español actual, un esbozo inacabado pero de gran belleza sobre la juventud actual que se mueve entre la ficción y el documental con una libertad absoluta. “Yo mismo no sé diferenciar a veces qué es ficción y qué no lo es –explica Trueba–. Hemos intentado construir una realidad, la de la película, a partir de las vivencias que explicaban los chavales. A veces hay más puesta en escena y a veces más registro de la realidad. Pero en el fondo, da igual”.

Tráiler de 'Quién lo impide'
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El resultado son cuatro horas de cine sin etiqueta que pasan volando entre pequeños relatos de ficción, entrevistas, conversaciones robadas y actuaciones musicales. Los protagonistas son los primeros que se asustan cuando Trueba los informa en un encuentro de Zoom de la duración del film. “Será una experiencia inmersiva –se justifica él–, tenéis que confiar en la gente”. Y la confianza fue recíproca en el último Festival de San Sebastián, donde Quién lo impide ganó un premio al conjunto de intérpretes y conectó con el público con una fuerza expresada con nitidez por la larguísima y emotiva ovación que le dedicó el público en la proyección de gala. Quizás influyó el ambiente que se generó gracias a las pausas de cinco minutos que Trueba ha introducido para separar las tres partes del film, durante las cuales el público charlaba y tejía complicidades. “Los intermedios permiten entrar y salir de la película en todos los sentidos –apunta el director–. Puede sonar a boutade, pero son de mis partes favoritas porque es cuando la película cobra su sentido en el espectador”.

Una necesidad personal

Trueba explica que empezó a rodar Quién lo impide sin saber qué película quería hacer. “Después de La reconquista sentí una especie de vacío personal, como si hubiera cerrado un ciclo vital, y me vino una necesidad muy fuerte de volver a rodar enseguida –recuerda–. Así que llamé a Candela y Pablo, se lo expliqué y ellos aceptaron. Éramos un equipo mínimo, mi ayudante de dirección y yo, y no teníamos ningún plan, solo ganas de estar con ellos y de hablar de ciertas cosas”. El siguiente paso fue contactar con institutos para hacer entrevistas, conocer a más jóvenes y convertir Quién lo impide en un film coral. “Tuvimos que explicar muchas veces que no queríamos hacer un casting sino rodar, porque el casting ya es la película”, explica Trueba, que matiza que ampliar el foco no atribuye a la película un valor sociológico: “La película no está hecha desde esta óptica, no quiere representar a toda la juventud. Aparece un arco bastante diverso de jóvenes, pero faltan muchos colectivos. En realidad, el casting lo han hecho ellos mismos: están los que más ganas tenían de estar”.

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Trueba no solo ha trabajado en Quién lo impide estos cinco años: entre parada y parada, incluso rodó un film con actores profesionales, la notable La virgen de agosto. Durante este tiempo, festivales amigos como el D'A, el Punto de Vista o el Festival de Sevilla han proyectado "montajes aproximativos" de Quién lo impide que servían para testar la película y, sobre todo, “para regenerar la energía de los chavales, que corría el riesgo de desvanecerse después de tantos años sin intuir el final del proyecto”. Al final, lo que sí desvaneció la energía fue la pandemia, “un golpe de realidad para todo el mundo pero sobre todo para los jóvenes". Irónicamente, fue el empujón definitivo para que Trueba completara el film. “Veía que estaban jodidos por no poder ver la novia o los amigos, encerrados en casas pequeñas, en situaciones familiares tensas... Me obligué a acabar la película de una vez para devolverles un poco de la energía que les habían robado. Pero si no fuera por la pandemia quizás todavía seguiría rodando”. Trueba deja, aun así, la puerta abierta a retomar el proyecto en el futuro. “¿Por qué no? Yo creo que no hemos cerrado la película, solo la hemos abandonado un tiempo. Es cierto que ellos son ahora muy diferentes que al principio, menos inocentes. Sería otra película, pero no menos interesante”.