Adrià y Mussa, vidas errantes
Panait Istrati (1884-1935), conocido como el Gorki de los Balcanes, comunista fervoroso de joven, fue de los primeros intelectuales en denunciar públicamente el estalinismo. Hijo de una lavandera rumana y de un contrabandista griego al que no conoció, fue un lector precoz y un vagabundo incansable. Amigo de los escritores Romain Rolland (Nobel de literatura en 1915) y Nikos Kazantzakis (eterno candidato al Nobel), escribió en francés y fue seguido en la Cataluña republicana. Anna Casassas, que ya ha traducido algunos títulos, firma ahora Cuando sale el sol (editorial Cal Carré), libro fechado en 1934, un año antes de su muerte, solo y aislado, en un sanatorio de Bucarest. Tenía 50 años y hacía tiempo que le minaba la tuberculosis.
Adrià, protagonista de la novela, es un alter ego juvenil del autor. ¿Cuántos Adrià corren hoy por el mundo, buscándose la vida, haciendo trabajitos mal pagados, saltando de país en país, aspirando a un bienestar siempre escápulo? Si a principios del siglo XX ya era difícil moverse y sobrevivir, aún más: las naciones cierran fronteras, la curiosidad ha dado paso al miedo, el control digital va en contra del anonimato aventurero. Las libertades se estrechan para los espíritus nómadas y enamoradizos.
Estamos en 1906. Con 22 años, Adrià Zograffi, atraído por la promesa de un Mediterráneo luminoso, marcha de casa y se embarca hacia Alejandría. Los amigos le dicen que tiene madera de escritor y que puede aspirar a más que a enviar cuentos a la prensa. Al no tener imaginación, necesita experiencias. Braila, su ciudad natal bañada por Danubio, le ha quedado pequeña. Inquieto y soñador, sin pasaporte y con los bolsillos vacíos, confía en su habilidad como pintor de paredes y en el amigo Mikhail, que trabaja en el hotel Royal de El Cairo.
En el barco en el que se embarca hacia Egipto conoce a Mussa, de 60 años, también pintor, un judío políglota (turco, rumano, ídico, español) nada ortodoxo que va en busca de su hija Sarah y que a Adrià le hará como de padre, aunque "a su padre comparte" va más allá de cualquier "teoría social". Adrià –ventajas de la ficción– ya tiene la sabiduría del Panait Istrati viejo desengañado del comunismo. Más adelante lo explicita: "Estoy contento de estar en Egipto, de ser libre, de comer cada día, a ser posible, e incluso sin comer si me da la gana, si hay días en que la libertad me es más necesaria que el pan. (Maldería una sociedad socialista que me impidiera vivir como me apeteciera)".
Venidos del invierno helado, en Alejandría les saluda la tibieza del Mediterráneo. La vida les sonríe, pero de esa manera. No les contaré sus venturas y desventuras, que son muchas y coloridas en medio de una existencia que no deja de ser voluptuosa. Siempre eligen la libertad, claro. Siempre van cortos de moneda, de chelines: los últimos suelen gastarlos fumando y bebiendo. Adrià, pese a constatar la evidencia ("la humanidad a menudo es lamentable. Ya lo pensaba. Ahora lo sé un poco más"), nunca pierde la esperanza de encontrar su pequeño paraíso.
De Egipto van a Siria, donde permanecen a manos de un patrón rico, sincero, un pícaro pragmático, un encantador de serpientes que sabe jugar con las rarezas y debilidades de la naturaleza humana (en especial, las sexuales): "Sólo hay una honestidad de verdad, y es practica. Adrià se deja llevar tanto por este amo como por los vaivenes temperamentales de Mussa, pero no abdica de su religión, que es la libertad sin peajes materiales: "El hombre no debe tener nada, y entonces lo tendrá todo". Ni de su derecho a no sentirse atado: "A menudo, el parentesco más auténtico y la patria más auténtica están en las antípodas del lugar donde venimos al mundo y donde vivimos como forasteros".
La libertad y el amor, estas son las dos leyes de su credo. "Porque el objeto del amor no tiene importancia, es el amor que lo es todo". Aunque sea el amor al día que nace cada día, al silencio del amanecer cuando sale el sol... de dos pobres hombres muertos de hambre, Adrià y Mussa. (Cuando sale el sol forma parte del díptico Mediterráneo de Panait Istrati. La segunda parte, Estallido de solo, la editora Antònia Carré-Pons tiene prevista su publicación más adelante.)