Las esclavas de las monjas catalanas
En los últimos años se ha empezado a hablar sin tapujos del esclavismo de los catalanes del siglo XIX, que había quedado oculto. No se puede explicar la industrialización catalana sin el dinero manchado de sangre venido a capazos de Cuba. Pero el esclavismo tiene una historia secular en todo el mundo, también en Cataluña. La Roma antigua es su paradigma. Con la caída del imperio, no se perdió esa forma de sumisión total que era también un sistema económico. Entre los siglos V y X hubo una larga transición entre el esclavismo y el sistema feudal: el paso de esclavos a siervos (de la explotación esclavista directa a la indirecta, feudal o señorial), pero siguieron existiendo los esclavos puros, a menudo capturados en guerras, y ahora más bien presentes en el mundo urbano, no en el mundo urbano. De hecho, el uso del término esclavo resurgió con fuerza en el siglo XIII, en plena Edad Media, con el tráfico de hombres y mujeres capturados provenientes sobre todo del mar Negro y de las regiones del sur de Europa.
Ya estamos en la época a la que queríamos llegar y de la que nos habla la obra Esclavas en los monasterios femeninos de Barcelona en la Baja Edad Media (1326-1495), de la historiadora Emi Turull Pibernat, publicada por la Fundació Noguera. Una monografía interesantísima. Nos descubre una historia tan o más oculta que la del esclavismo transatlántico moderno y contemporáneo, y además pone el foco en las esclavas mujeres, doblemente silenciadas. Mujeres que cosían, limpiaban y cocinaban al servicio de las monjas, tanto del conjunto de la comunidad como de forma particular para las más ricas. No eran libres, pero por los indicios documentales parece que por lo general eran bien tratadas, incluso cuando enfermaban. En cualquier caso, para las religiosas de la época no había ninguna contradicción entre sus creencias y el hecho de poseer seres humanos en propiedad.
Los primeros cristianos surgieron ya en el contexto esclavista del mundo romano. De ahí que Pablo de Tarso (san Pablo) no tuviera ninguna dificultad en aceptarla. Cuando el emperador Constantino convierte al cristianismo en religión de Estado, los propios obispos son propietarios de esclavos. La Iglesia recomienda, eso sí, que se les trate bien, pero no cuestiona su existencia. Con una excepción que no crea escuela, Gregori de Nissa (335-394), que la cree ilegítima y la condena radicalmente. Está considerado el primer abolicionista de la historia. A lo largo de los siguientes siglos, la Iglesia católica no contribuyó a alterar aquel orden establecido y garantizó la obediencia servil y el sometimiento de los esclavos y esclavas.
Emi Turull ha puesto el ojo en cuatro conventos. El monasterio de San Antonio y Santa Clara, fundado en 1236, todavía en vida de la creadora de las clarisas, Clara de Asís, impulsora, junto a Francisco de Asís, de una religiosidad centrada en la pobreza radical y la fraternidad. El monasterio de Santa María de Pedralbes, instaurado por la reina Elisenda de Moncada un siglo después, en 1326 –ahora celebra su 700 aniversario–, y que de hecho no siguió la regla estricta de Santa Clara y permitía la posesión de bienes y rentas. El de San Pedro de las Puelas, el más antiguo, consagrado en el año 945 y que llegó a su esplendor en el siglo XIII. Y el de Santa María de Valldonzella, de 1147 y que en 1237 se incorpora a la orden del Cister, y que acogió a mujeres aristocráticas que no debían hacer voto de pobreza ya menudo casi ni vida en común más allá de ir a comer al refectorio.
La Barcelona del siglo XIII al XIV, capital de la Corona de Aragón en su momento de plenitud, era un gran centro de comercio de esclavos, que si a sufrir del siglo XI habían sido musulmanes, ahora venían sobre todo de los Balcanes y el Mediterráneo oriental: personas tártaras, armenias,... subasta pública, "al encanto", o sobre todo en transacciones a puerta cerrada y ante notario: in camera domus. La mayoría de esclavos llegaban por mar.
Todavía a mediados del siglo XV, cuando Barcelona había perdido población y vivían entre 30.000 y 35.000 habitantes, se estima que los esclavos eran de 3.500 a 5.000. Eran muchos y de procedencias muy diversas, lo que provocó brotes de xenofobia y criminalización. No hace falta ser muy agudo para hacer un paralelismo con lo que ocurre hoy con la población inmigrada. Las fugas y el descontrol llevaron a la creación en 1414 de la Guarda de Esclavos de la Generalidad de Cataluña, institución que fue poco efectiva y se deshizo en 1432. A los que se escapaban, si eran capturados, nudo ante la Lonja, se les taladraba y se les mutilaban las orejas, y después les mutilaban las orejas, y después se mutilaban las orejas, y después se mutilaban las orejas.
En realidad, casi todo el mundo tenía esclavos, estaban al alcance de toda condición: artesanos, menestrales, mercaderes, funcionarios, marineros, notarios, médicos y por supuesto nobles y eclesiásticos, incluidos clérigos y monjas. Se vendían y revendían. Las mujeres a menudo eran puestas en el negocio de la prostitución, por lo que ir a parar a un convento era hacer suerte. Con la misoginia medieval basada en la imperfección de la mujer, tal y como defendían autores como Eiximenis o el dominico Vicent Ferrer, las esclavas eran el último eslabón de la escala social. El protofeminismo de la abadesa clarisa Isabel de Villena es una excepción y en todo caso nunca dijo nada de las esclavas.
Algunas esclavas de los monasterios salieron bien. Por último, un caso entre muchos de los que explica el libro: Llorença, esclava del mercader Nicolau Madrenchs, cuando éste muere en 1421, pasa a ser propiedad de su hija Isabel, de 16 años, monja de Pedralbes, que le concede a continuación la libertad. Entonces Llorença, de 45 años, decide quedarse en el convento prestando servicios, pero en una buena posición, ya que cada año recibe un salario. Es posible que Llorença hubiera sido la nodriza y la niñera de Isabel, hecho bastante común.