Agustín de Foxá (Madrid, 1906-1959) fue un aristócrata y diplomático español conocido sobre todo por una novela abiertamente hostil a la Segunda República española, Madrid, de corte a checa (1938). El libro que nos interesa aquí, sin embargo, es otro: Por la otra orilla (1955), donde dibuja una mirada nostálgica y paternalista –muy de aquella época– hacia América Latina. Poseo la primera edición de este compendio de crónicas publicado por Ediciones de Cultura Hispánica, con una portada que evoca sin remedio la estética del NO-DO (el libro, por cierto, costaba 80 pesetas de 1955; era carísimo). Haciendo abstracción de la adjetivación cursi de algunos pasajes, así como de la ideología de fondo, se trata de una obra en general interesante y bien escrita.Para Foxá, la América hispana le parece, en general, un espacio de continuidad cultural, un “mundo hermano” donde España ha dejado una huella profunda y, al mismo tiempo, ha recibido influencias que también la han transformado. Sus descripciones combinan nostalgia imperial, fascinación estética y la búsqueda de un exotismo que quiere ser efectista y que a menudo se expresa a través de la prosa poética. Foxá observa el Nuevo Mundo como un espejo invertido: un territorio donde la historia española ha tomado caminos inesperados. A lo largo de sus 526 páginas, esta mirada, propia de la mentalidad franquista y de los textos publicados por las Ediciones de Cultura Hispánica, tiende a idealizar el pasado colonial, a presentarlo como un vínculo civilizador y sentimental, pero en el caso de Foxá sin rehuir del todo las partes más problemáticas previamente edulcoradas. En la página 437 ("El cenote sagrado") llega a relativizar, por ejemplo, el tema de los sacrificios humanos en México, cosa que en pleno nacionalcatolicismo resultaba bastante problemática.
Las declaraciones recientes de Isabel Díaz Ayuso sobre la identidad de México –en que sugería que este país vive “obsesionado” con España o que su proyecto nacional se construye “contra la Hispanidad”– se inscriben, en cambio, en un registro político contemporáneo polarizado y reactivo. También muy indocumentado. Este discurso no proviene de una experiencia diplomática o literaria, como en el caso de Foxá, sino de una batalla cultural interna en el estado español, donde la Hispanidad se reivindica como marca ideológica distintiva. Mientras Foxá describía América Latina desde una perspectiva equívoca y condescendiente, Ayuso lo hace desde un nacionalismo combativo y agre, duro, utilizando México como símbolo en un debate en realidad doméstico sobre identidad y memoria donde todo queda ridículamente descontextualizado; no sabe de qué habla.La diferencia fundamental radica en la función de ambos discursos. Foxá quería hacer una recreación histórica seductora, convirtiendo la América hispana en un espacio literario colorido y fascinador. Su relato es genuinamente franquista, pero al menos busca la conexión emocional y la idea de un destino compartido, aunque sea a golpe de porrazos (que él mismo admite, con sordina). Ayuso, en cambio, quiere intervenir en el presente con aspavientos: sus palabras no tienen nada que ver con México, sino con la movilización del electorado español más ultra. Donde Foxá ve un México lleno de matices –la belleza del paisaje, los monumentos precolombinos, la vitalidad mestiza–, Ayuso solo detecta un actor político nada dócil que cuestiona la narrativa española más rancia, y a quien hay que responder agresivamente. También divergen en el tratamiento del pasado colonial. Foxá lo presenta como una epopeya cultural, una aventura que ha generado, según él, mundos híbridos y bellos. Tiende a desproblematizar la innegable violencia colonial, pero al menos no la oculta del todo. Ayuso, en cambio, no habla del pasado para describirlo o recrearlo, sino para defenderlo ante las críticas contemporáneas: todo está orientado a negar o minimizar responsabilidades históricas en un contexto global donde los legados coloniales son objeto de una revisión cada vez más severa. Foxá fantasea puentes que no existieron nunca; Ayuso se limita a cavar trincheras en forma de declaraciones intempestivas. Y mientras Foxá contempla América con los ojos del aristócrata alcoholizado y decadente que era, Ayuso la mira como la líder de un partido, el PP, que está en manos de la derecha extrema de Vox. La nostalgia imperial de Agustín de Foxá me interesa tan poco como la de Isabel Díaz Ayuso. En todo caso, considero muy significativo (y muy preocupante) que la mentalidad de un escritor fascista del siglo XX parezca más –digamos– razonable que la de una representante democrática del siglo XXI como Ayuso. Todo ello indica con claridad hacia dónde vamos, y da miedo.