Y si un virus informático nos permitiera acceder a los archivos digitales de un muerto cercano?
Wu Ming-Yi cuestiona el antropocentrismo en 'La tierra de la lluvia amarga' y sugiere que los humanos deben aprender a comunicarse a través de lenguajes y perspectivas no humanas y más efectivas
- Wu Ming-YiEditorial ChronosTraducción de Mireia Vargas Urpí304 páginas / 21,90 euros
Escritor, dibujante y profesor de literatura sinófona, Wu Ming-Yi (Taoyuan, Taiwán, 1971) publica un compendio de seis cuentos en los que humanos, naturaleza y tecnología invaden otros mundos y confirman su interdependencia. La literatura de Wu Ming-Yi se ha etiquetado de realismo mágico por la forma en que enlaza experiencias humanas y no humanas con toda naturalidad. En este sentido, La tierra de la lluvia amarga (Chronos) cuestiona el antropocentrismo y sugiere que los humanos deben aprender a comunicarse a través de lenguajes y perspectivas no humanas y más efectivas. Traducido por Mireia Vargas-Urpí, el libro cuenta con ilustraciones de animales hechas por el propio autor.
Pasando el espejo por los cuentos de La tierra de la lluvia amarga, el lector conoce un grupo de personajes conflictivos, muchos de los cuales han sufrido dificultades o traumas durante toda su vida. Estos humanos heridos encuentran energía y retos nuevos en un mundo natural que les habla de una manera muy diferente al mundo humano. En paralelo, las metáforas tecnológicas de la naturaleza —como la realidad virtual y la computación en «nube»— recrean mundos con sus propios bálsamos y peligros, como un virus que puede analizar el contenido de la nube, crear perfiles de usuarios y dar acceso a otras personas a estos perfiles. Un virus informático, el Esquerda, permite acceder a los archivos digitales de un fallecido cercano, con todo lo que esto conlleva en términos de pérdida de privacidad.
La naturaleza no es solo un escenario
Wu Ming-Yi construye cada cuento como una bocanada contenida, una cámara donde el silencio no es ausencia sino materia, una sustancia que te envuelve hasta que te obliga a escuchar de verdad. Hay una forma de mirar, en este autor, que parece seguir las cosas con la punta de los dedos: una mirada humilde pero obstinada. Las historias avanzan con una especie de temblor suave, como si cada personaje aprendiera a convivir con aquello que no puede nombrar. La lluvia escasa y amarga, símbolo que se escurre por todo el libro, se convierte en un hilo de deseo: esperan que llegue, que los limpie, que los explique. Pero Ming-Yi juega a la contra: en vez de darles lluvia, les ofrece fisuras. Y es en estas grietas donde aparecen los momentos más desgarradores, cuando el lector se da cuenta de que la naturaleza no es un escenario sino un organismo que respira con ellos y, a veces, contra ellos.
El ritmo de la narrativa de Ming-Yi es de una precisión casi mineral: frases que se recortan hasta quedar solo lo esencial. Y, de repente, un estallido de imagen, una metáfora que sacude el polvo del desierto y te deja con los ojos llenos. Es este contraste —austeridad y luz, sequedad y ternura— el que da al compendio una textura adictiva. Como si Ming-Yi escribiera por capas, dejando que el lector descubriera el agua escondida que corre bajo la tierra. La tierra de la lluvia amarga es, en el fondo, un ritual de desposesión: aprender a ser menos para poder ver más. Ming-Yi no impone ninguna moralidad; deja que la naturaleza, con su paciencia feroz, haga el trabajo sucio. Y es precisamente este respeto silencioso, esta manera de narrar que no quiere vencer sino escuchar, lo que convierte el libro en un artefacto íntimo y persistente. Cuando lo acabas, tienes la sensación de que el mundo continúa hablándote en voz baja. Que hay una sed que no se apaga, y que, quizás, la gracia es continuar caminando mientras esperas eternamente la lluvia.