Literatura

Vida de un joven 'sediento de absoluto'

Proa presenta una nueva edición de 'Caminos de Francia', una de las novelas autobiográficas más ambiciosas y exitosas de Joan Puig i Ferreter

Una imagen de Lyon hacia 1900, durante los años descritos por Puig y Ferreter en 'Caminos de Francia'
04/06/2026
4 min
  • Joan Puig i FerreterEdiciones ProaPrólogo de Enric Casasses778 páginas / 24,90 euros

Nos da la impresión de leer una novela entretenida, con un personaje joven, en la veintena, y sin un céntimo en el bolsillo, que va con el lirio en la mano y que no para de caminar (sobre todo, por falta de cuartos): aquello que siempre se ha dicho una novela de formación o de aprendizaje. En realidad, sin embargo, se trata de una crónica ambiciosa, con algunos episodios con bastante sal y pimienta, protagonizada por este peregrino apasionado (sin Dios) que resolvió arriesgarlo todo a la carta de devenir poeta-escritor. Un admirador de Fiódor M. Dostoievski y de Friedrich Nietzsche, de los cuales toma mucha inspiración, y de William Shakespeare y de François Villon. Nacido en La Selva del Camp en 1882, hijo bastardo, repudiado por su padre (cosa que le marcará profundamente), autodidacta, a menudo menospreciado por su falta de cultura académica. De talante encogido (“El viejo acobardamiento de los Ferreters metido en la sangre”). Por eso, a pesar de amar con locura los libros, el protagonista –el mismo autor, Puig i Ferreter, sin ningún añadido– aboga, convencido, por la cultura vivida antes que aprendida: “Así es como siempre me he servido de la realidad para convertirla en arte. No yendo a la caza del documento con la libreta de notas en la mano, sino aprovechando las ‘cosas’ que he vivido o que me han impresionado profundamente y que han quedado dentro de mí con todos sus colores, en aquel fondo de experiencia humana que, transpuesto por la imaginación y la fantasía, es el tesoro vital del artista”.

En esta obra, el autor no recurre a la ficción, como hacía, por ejemplo, en la no del todo lograda Vida interior d’un escriptor (1928) o en la memorable La farsa i la quimera (1936). Aquí explica, describe, al detalle, una parte significativa de su infancia y juventud: los años en el pueblo, la estancia en Barcelona, donde vivirá con unos tíos y su madre, y la aventura francesa, con la diversa experiencia occitana y el horizonte de llegar a París. (Marsella, de entrada, no le entusiasma –al segundo día le roban todo–; Lyon, en cambio, le maravilla.) Puig i Ferreter parece un verso libre del Modernismo, que nace y trabaja en los años en que el Novecentismo ya hacía ruido: “La influencia de unas corrientes ideológicas y poéticas fin de siglo, que eran como las emanaciones últimas de la gran putrefacción sentimental con que finalizaba el romanticismo, se dejaba sentir profundamente en mi espíritu”. Epígono modernista o no, el de Selva es un romántico de corazón y espíritu que no deja nunca de luchar contra la musa: “El desequilibrio entre la fuerza que sentía dentro de mí y la falta de destreza para expresarme me producía una ansiedad, un desasosiego constante”. No es verdad: en muchas de sus obras, particularmente en esta, se expresó nítidamente y, hasta, genialmente; a pesar de la canción del fastidio de los fallos debidos a su condición de autodidacta, que él mismo es el primero en exagerar, de vez en cuando. Además, en el pasaje citado reprocha a algunos de sus compañeros que “hoy calcaban Maragall, mañana Verdaguer o Guimerà”. Puig i Ferreter aspira a ser él mismo: un poeta –en aquellos años de juventud– de piedra picada, singular y único.

Construir una gran obra

Todo, en nuestro autor, resulta excesivo: “Entonces era así: o me enfangaba, hasta las rodillas, o vivía sensaciones literarias sublimes”. Esta es su gracia, sin embargo. Es un sensual que se tempera, un dionisíaco que intenta embridar el deseo (a los veinte años, las mujeres le hacen perder la cabeza). La voluntad de construir una gran obra, sin embargo, lo salva de toda desesperanza. Y se consagra en cuerpo y alma. ¡Qué temperamento! ¡Qué vocación, la de este hombre! A pesar de las penalidades que tuvo que soportar, nada lo doblegó jamás. Visita a Frederic Mistral, y nos deja unas páginas magníficas sobre el poeta por quien manifiesta auténtica adoración. Hace el viaje acompañado de un vilanoví más grande que él, más experto, que ya hace años que ronda por Francia. Josep, se llama. Mantienen una relación ambigua, que hizo reflexionar David Vilaseca, en un artículo en Els Marges, pongamos por caso, hallaríamos diferencias sustanciales: el sarcástico autor de El autor escribió la obra veinticinco años después de haber vivido la experiencia. Por eso va evocando algunos de los individuos que encontró en Francia y que, poco o mucho rehechos, acaban alcanzando el rango de personajes novelescos (y nos referencia las obras en las que los hizo revivir). Si comparamos su actitud como escritor con la de Josep Pla, pongamos por caso, encontraríamos diferencias sustanciales: el sarcástico autor de La vida amarga, ¿habría escrito jamás todo un capítulo de una obra suya titulado “Me maravillo de ser tan feliz”? Y, sin embargo, ¡no hay tanta distancia en el estilo! Las notas sobre los ríos de Francia; sobre los cementerios, tan cerca de los pueblos; sobre las diferencias entre la Francia del Mediodía y la del norte, son, sin más, espléndidas. Como las que dedica a reflexionar sobre la condición de vagabundo (que él abraza para adquirir experiencia como escritor).

Caminos de Francia es una obra de un gran afán, los defectos episódicos de la cual, según cómo, todavía nos la hacen más atractiva. Y despliega el bello relato de un joven que vivió con pasión —y una cierta candidez— aquello que el día le ponía delante: “¡Qué es bello, pero, y vivo, y fulgurante, esto nuevo que justo he entrevistado!”. ¡Y con gratitud plena! El lector, poco o mucho, deberá reconocerse en él: sobre todo en la descripción de los momentos de gozo, que en Puig i Ferreter consiguen una extraordinaria viveza.

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