Un antropólogo inocente en las Valls d'Àneu
Nigel Barley, formado en Oxford, pasó dos años en Camerún haciendo trabajo de campo. De la experiencia surgió una hilarante crónica autocrítica, El antropólogo inocente. Los dowayos se rieron mucho de él. Y él acabó siguiéndoles el juego. La obra se ha convertido en un clásico.
Esto ocurría a finales de la década de 1970. Unos años después, Toni Anyó, discípulo de uno de los padres de la antropología catalana, el olvidado Claudi Esteve Fabregat, en lugar de ir a Oxford, donde quizás se habría encontrado con Barley –y donde le habían ofrecido seguir formándose–, se instaló en Son, el segundo pueblo más elevado de las Valls d’Àneu, y se dedicó a recoger testimonios filmados de la vida de sus habitantes (1982-1985), la mayoría todavía campesinos. Los habitantes de Son se lo tomaron bien, sin la picardía de los dowayos. En este caso la inocencia fue compartida y simbiótica. Aquellas imágenes tienen un fuerte poder evocador, además de ser documentos valiosos.
El material recogido –muchas horas de filmación–, que inicialmente debía servir para un documental de TV3 que la cadena pública no acabó haciendo, configura el canto del cisne de una sociedad que durante siglos vivió de la tierra y para la tierra. Hoy las imágenes se pueden visionar en el Centre de Documentació dels Pirineus, un pequeño museo-archivo en el mismo pueblo de Son, sostenido por Anyó y un conjunto de miembros de la asociación sin ánimo de lucro que él mismo encabeza. El museo abrió sus puertas hace una década. No recibe ayudas públicas.
Anyó es un científico apasionado que ha vivido al margen de la academia. Son es su mundo de adopción. También es él quien, en la práctica, cuida de las pinturas góticas de la iglesia, un retablo del siglo XV conservado in situ, obra de Pere d’Espallargues. Es el único de las Valls d’Àneu que permanece en su lugar original. Está perfectamente restaurado. Las pilas de piedra de aceite y de bautismo también son admirables.
Otro personaje imprescindible para conocer la vida pallaresa es el escritor Ferran Rella, de Esterri d’Àneu, alma cultural de los valles, que este año celebran el 35º aniversario de Dansàneu. Sin él, en este rincón del Pirineo la cultura no habría florecido como lo ha hecho. Entre sus últimas iniciativas se encuentra el libro gráfico Les Valls d’Àneu desaparegudes (Efadós), donde, como dice Martí Domínguez en el prólogo, "Ferran Rella hace rella, labra de nuevo la memoria" con aquel punto imprescindible de nostalgia y estima. Las imágenes, de nuevo, como las recogidas por Anyó, son evocadoras de un siglo XX que experimentó el paso del mundo rural a la modernidad eléctrica y turística.
Les Valls d’Àneu, cul-de-sac pirenaico durante siglos, a partir de 1924, con la apertura del puerto de la Bonaigua, que las conectó por carretera con la Arán, y en los años 50 con las centrales hidroeléctricas que aprovechaban el agua de la sinuosa Noguera Pallaresa, dejaron atrás una montañosa vida cerrada, encapsulada en el tiempo. El último momento álgido fue el negocio que las casas de payés pallaresas hicieron durante la Segunda Guerra Mundial vendiendo a los aliados rebaños de pata: yeguas, mulas, machos... En Son, algunos hicieron mucho dinero.
El mundo arcaico de donde venían los pallaresos de alguna manera ha quedado fijado en la Casa Gassia de Esterri, que acoge el Ecomuseo de las Valls d’Àneu, impulsado también por Ferran Rella e inaugurado en 1994. Para los estándares de la época, era una casa rica. Para los de hoy, es de una austeridad salvaje. Debieron pasar un frío de mil demonios, o quizás no tanto, al menos hasta el siglo XIV, que es cuando comienza en Europa lo que se conoce como Pequeña Edad de Hielo (1300-1850).
La gran cantidad de iglesias románicas diseminadas por estos valles, de una rústica belleza, en las cuales impera la influencia lombarda, son el recuerdo del secular dominio religioso: en el valle llegaron a ejercer a la vez más de cien sacerdotes. Solo en el pueblo de Son había once, repartidos en tres templos, uno hoy desaparecido. La Iglesia era un poder espiritual muy terrenal.
La religión lo teñía todo, desde el calendario hasta la estética. Anyó hace notar los excepcionales serafines románicos de las pinturas del Pallars. Los serafines eran los ángeles más elevados, más cercanos a Dios, con sus seis alas con ojos que todo lo veían: el farmacéutico Joaquim Morelló, fallecido hace 100 años, fue quien descubrió a Domènech i Montaner, Gudiol i Pijoan las pinturas murales de santa Maria d'Àneu con los maravillosos serafines. Anyó también hace notar una particularidad de las madonas, como la del monasterio de Sant Pere del Burgal, figuras que en tiempos románicos llevaban en una mano el cáliz o luz, una conexión temprana con el mito del Santo Grial –¿quizás por influencia cátara?–. Con el Gótico desaparece. Las mujeres perdían poder.
Anyó, Rella y, con ellos, tantos otros estudiosos y activistas se han dedicado las últimas décadas a dar continuidad a la labor pionera del etnógrafo Ramon Violant i Simorra (1903-1956), originario del Pallars Sobirà. O al testimonio que Josep Maria Espinàs dejó en 1959, primero en la revista Destino y después en formato libro, de la feria de ganado de Salàs, que al cabo de pocos años ya desaparecería después de seis siglos de continuidad. Hoy, en Salàs, hay otro interesante museo de época, el de las Botigues.
Este año, la primavera exuberante ha vuelto a teñir las Valls d’Àneu de un verde deslumbrante. Id a Àneu a caminar y a leer un pasado revivido.