Complejidad o pornografía emocional
El otro día fui al cine junto a mis amigas del instituto. Hacía años que no lo hacíamos porque, como un día decía Juliana Canet, desde hace tiempo nuestras quedadas son planificadas y sirven para ponernos al día. Debo decir que quedarse para ponerse al día con ellas es un plan que siempre espero con ilusión; sobre todo porque la mitad de nosotros ya no puede vivir en Barcelona y los encuentros habituales por el barrio son cosa de un pasado que no volverá, por más motivos que el mero hecho de habernos hecho mayores y tener más responsabilidades.
El caso es que enfilamos hacia el Verdi, como cuando éramos jóvenes y Gràcia aún no era un barrio gentrificado y hipster. Miramos Hamnet, porque todas habíamos leído y disfrutado de la novela de Maggie O'Farrell (publicada en catalán por La Otra Editorial y traducida por Marc Rubió Rodon) y, además, habíamos oído maravillas de la adaptación. Cuando salimos, coincidimos en la deshinchada de las expectativas. Era curioso, porque a la vez nos lo decíamos con ojos de rana, a causa de la llorera. Era como los atracones de mujeres en las tantas de la noche en la plaza del Sol. Nos los tragábamos jolias sin pensar en ello, pero cuando empezaba el dolor de estómago y aquel enloquecimiento nos prometíamos que nunca más volveríamos a comprar.
La línea entre complejidad y pornografía emocional es sutil. La primera confía en que el tiempo, los silencios y los espacios que el lector o espectador debe llenar por sí mismo acabarán dejando sedimento. La pornografía emocional, sin embargo, busca un impacto inmediato, la lágrima fácil. No le interesa la imaginación ni la complicidad: te lo vierte todo a chorro como un ganso destinado al paté.
En la novela, O'Farrell trabaja con la complejidad: el noviazgo entre Agnes y William se desarrolla entre intuiciones, juego y pequeños gestos. En la película, el conocimiento parece un encuentro de Grindr detrás de un matorral de Montjuïc. Toda la adaptación, de hecho, se tiñe de la lógica acelerada de esta era de redes sociales: todo pasa deprisa y sin contexto, por miedo a que el espectador se aburra y tenga ganas de mirar el móvil. El tiempo narrativo acaba siendo un TikTok con escenas breves y cortadas abruptamente, que no dejan respirar a los personajes ni hacer crecer los vínculos. Del mismo modo, la música no acompaña, sino que te dice qué debes oír, como uno reel de Instagram que te guía a través de una maraña de emociones prefabricadas.
El resultado es paradójico porque, sí, la película en algunos momentos te hace llorar, o tiene bonitas imágenes, pero no te atraviesa. Las emociones pasan de lado, como tantos estímulos del mundo digital: una chispa en medio de infinitas lágrimas de San Lorenzo. Incluso el final de la película, que está bien conseguido, acaba haciéndose absurdamente largo y expulsa al espectador en lugar de atraerle, al igual que los gritos de la protagonista por el dolor de la muerte del hijo. En Hollywood confunden a menudo el gritar mucho (o ponerse una nariz larga, o hacerse la gorda y la fea) con profundidad emocional. Así es como debemos ver representadas a las mujeres.
Uno de los próximos planes con las amigas es leer Cumbres borrascosas y regresó entonces al Verdi. Sabemos que acabaremos de nuevo empachadas, como cuando volvamos al barrio que también nos ha expulsado, pero el lavadero y la tarde fantástica que pasaremos no lo sacará nadie.