Mariana Enriquez: "Me frustra mucho no ser capaz de ver fantasmas"

La escritora argentina dedica 'Conversación con la oscuridad' a explorar cómo la han influido la literatura de terror, el gótico y los fantasmas

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Mariana Enriquez este lunes en Barcelona.
26/10/2026 - 16:53 h

BarcelonaHace un año y medio, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) dejó Argentina y se instaló en Launceston, al norte de la isla de Tasmania. Antes de marcharse del país donde había nacido, crecido, trabajado y, finalmente, triunfado con novelas como Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019), Enriquez necesitó hacer balance de los autores que la habían marcado a lo largo de casi cuatro décadas de lectura obsesiva. "Mientras terminaba aquel libro, Archipiélago [Ampersand, 2025], mi biblioteca viajaba en barco desde Buenos Aires, y se podría haber perdido para siempre –recuerda ahora desde Barcelona, con un nuevo ensayo recién publicado, Conversación con la oscuridad (Páginas de Espuma, 2026)–. Durante unos días fantaseé con la idea del naufragio: habría abierto una etapa de duelo inevitable, pero al mismo tiempo me habría obligado a empezar de cero una nueva biblioteca".

Como los miles de libros de Mariana Enriquez terminaron llegando a Tasmania, la escritora pudo continuar excavando en las raíces de su literatura. Si Archipiélago se fijaba en la importancia de haber leído desde muy pronto autores como H.P. Lovecraft, Stephen King, Shirley Jackson, Cormac McCarthy, Alan Moore y Silvina Ocampo, Conversación con la oscuridad explora desde un punto de vista teórico cómo le ha influido literariamente el terror, el gótico, el body horror y la espectrología.

En los fundamentos del gusto de Enriquez hay "mitologías como las de la cultura guaraní y también la griega, episodios de la Biblia como el de la Matanza de los Inocentes [recogido en el Evangelio de Mateo], los relatos de Julio Cortázar y novelas como Cumbres borrascosas, de Emily Brontë". También las películas del subgénero slasher y el hecho de que su madre fuera doctora. "Desde muy pequeña me dejaban ver películas slasher, donde a menudo un asesino perseguía criaturas y las mataba, pero, en cambio, no me permitían ver El exorcista –recuerda–. Es curioso, porque de las posesiones te puede curar un cura. Los asesinos terminaban provocándome pesadillas". En relación con los médicos, recuerda que le obsesionaba estudiar y rayar los libros de anatomía que corrían por su casa. "Los médicos nunca hablan delicadamente de lo que hacen con los pacientes –dice–. Me di cuenta muy pronto gracias al trabajo de mi madre".

Traumas históricos y personales

"Cuando decidí que escribiría terror, tuve que pensar en cuáles eran los miedos y los traumas históricos de mi sociedad, que a la vez acabaron siendo mis miedos y traumas personales", comenta. En vez de escribir sobre los monstruos de Lovecraft o el gótico que germina en castillos como el del conde Drácula, Enriquez "profundizó en la dimensión histórica, política y regional" del género. "La generación de los desaparecidos es la de mis padres, y el trauma que ellos sufrieron es directamente el mío –continúa la autora–. Vivir la dictadura y la posdictadura implicó una exposición directa, diaria y constante con el horror". Enriquez recuerda que la primera vez que mencionó a los espectros de la dictadura en un relato fue en uno de los cuentos de Los peligros de fumar en la cama (Anagrama, 2009), inspirado en la anécdota que una amiga, hija de desaparecidos, le había contado: "Jugaba a la ouija con otros compañeros para hablar con sus padres, para saber si todavía estaban vivos o los habían matado". "Escribiendo sobre estos temas, no he buscado ni encontrado ningún refugio –añade–. No compito con la realidad, tomo elementos de ella y los incorporo, e incluso los deformo cuando me conviene".

Leyendo Conversación con la oscuridad se puede comprobar cómo América Latina se ha convertido en un territorio ideal para cultivar la literatura de terror, con ejemplos contemporáneos como los de Fernanda Trías, Mónica Ojeda y Ana Paula Maia. "A la violencia política y al trauma se suman las democracias cínicas, la corrupción política, la desigualdad, la crisis económica y, en muchos países, la violencia criminal como estructura de poder", opina Enriquez, que dibuja en el ensayo un mapa muy completo sobre sus obsesiones, que han sido "numerosas" y que continúan creciendo gracias a cineastas como Julia Ducournau, Ari Aster y Paco Plaza y la lectura de escritores como Diego Muzzio y Attila Veres. "Últimamente, he dado muchas vueltas sobre por qué las escritoras y cineastas damos una importancia tan grande al cuerpo –comenta–. Para una mujer, mirarse al espejo no es lo mismo que cuando lo hace un hombre. No hablo solo de la presión médico-estética, sino también de la tensión de saber que se nos puede grabar en cualquier momento".

Estructurado en cinco grandes capítulos –llamados "vértebras"– el libro navega por historias de fantasmas literarios como la de Beloved, de Toni Morrison, por la devoción malsana argentina por el cuerpo sin vida de Eva Perón, por numerosas alusiones cinematográficas y musicales o por la casa de los espíritus más extraordinaria de la que la autora ha tenido noticia, un castillo que se encuentra en Rumanía. "El padre de Iulia, Bogdan Petricieu, durante el duelo por su hija muerta empezó a recibir mensajes que le dictaron cómo debía construir un castillo que funcionaría como portal entre el mundo de los vivos y el de los muertos –recuerda–. Él creía que los mensajes venían de ella. Le dictaron no solo los planos arquitectónicos de la construcción, sino partituras musicales y un diccionario de terminología del Más Allá que no llegó a completar. Si la historia es cierta, se trata de una de las pocas arquitecturas dictadas por un fantasma. Me encantaría poder visitar este castillo algún día".

A pesar de la escritura obsesiva y la reflexión constante sobre el terror, Mariana Enriquez lamenta la ausencia de experiencias sobrenaturales en su vida. "Me frustra mucho no ser capaz de ver fantasmas –asegura–. Mi tía se los encuentra constantemente. La única vez que me pasó una cosa un poco extraña fue que una noche vi una sombra pasando por detrás de mí en la habitación, y cuando le pregunté al padre al día siguiente si había sido él me dijo que no se había movido del dormitorio. Era un día que yo no había bebido ni había tomado ninguna otra droga, te lo aseguro".

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