Los libros y las cosas

El fruto de 22 años caminando entre viñedos

Viña vieja de cariñena de la bodega Terroir al Límit en Torroja del Priorat.
17/06/2026
Director adjunto en el ARA
3 min

Barcelona¿Existe el genius loci, ¿tienen alma los lugares? ¿Escaladei, el rincón del Priorat donde los monjes cartujos se establecieron en el siglo XII, es un paraje mágico? Sin aquel gesto monacal, hoy la comarca no sería una tierra de viñedos. ¿Por qué nos emocionamos en determinados entornos? ¿Es porque vamos predispuestos? ¿Los primeros que pisaron el lugar y decidieron quedarse sintieron algo especial, un espíritu, un dàimon? ¿Qué buscaban, qué les sedujo? Más allá de las ideas y del bagaje que todos llevamos, más allá de nuestra capacidad de sugestión e imaginación, más allá del lenguaje con que la describimos, la naturaleza siempre es un aquí y un ahora. Una realidad autónoma. Un hecho poderoso.

Joan Gómez Pallarès (Igualada, 1960), catedrático de filología latina en la UAB, ha estado veintidós años caminando entre viñedos y yendo a bodegas con una libreta en la mano. Sobre todo por el Priorat, empezando por Escaladei, pero no solo. Lo ha hecho desde su bagaje de lecturas. Letras y tierra. Una imbatible combinación clásica. En concreto, ha gastado 50 libretas y ha recorrido más de 25.000 kilómetros. Perseverancia. Obsesión.

¿Por qué? Para observar las metamorfosis constantes de la vida natural con ojos despiertos, con el espíritu afilado. Dejándose emocionar: la emoción también es una fuente de conocimiento. Y de reconocimiento. De la uva al vino, de la cepa a la mesa, del ver al beber. Este filólogo clásico convertido en enólogo ha querido fundirse con la naturaleza, un poco a la manera panteísta: Dios y la naturaleza entendidos como la misma cosa. Entonces sí, una copa de vino es algo divino. Su teología del vino la ha titulado La vida buena (Vibop Edicions). No confundirlo con la buena vida, aunque no son incompatibles.

"La naturaleza existe con y sin el hombre", escribe el autor. En la naturaleza, las personas aportamos un punto de vista, una mirada. La experiencia. En su caso, una aportación intelectual a flor de piel de la mano de un abanico diverso de textos de autores que han amado la naturaleza: Thoreau, Giono, Burroughs, Mancuso... Y tantos otros. Erudición empática con la verdura del mundo.

En la naturaleza, las personas también aportamos trabajo y afán de supervivencia, claro. Y al mismo tiempo, tenemos el tesoro inmenso de la ingenuidad: "Mantener una actitud naturalmente infantil es lo que te permite huir de la comodidad de lo conocido y vivir en la frontera de la sorpresa y de lo desconocido, cabalgando la curiosidad". Es lo que ha hecho él, en buena parte, en su pausada aproximación al mundo de la vid. Y, aún, en el otro extremo, ha puesto ciencia: "La sangre roja de los seres humanos tiene casi la misma composición química que aquello que hace que las plantas sean plantas. Solo hay que canjear un átomo de hierro por uno de magnesio y pasamos de la hemoglobina a la clorofila".

Con Joan Gómez, este paseo-ensayo vinícola deviene una aventura entre filosófica y terrenal, entre erudita y sensual. El poder de la palabra al servicio de la observación de la naturaleza. Nos regala el placer de la sorpresa, de la lentitud. Una constatación troncal, propia del tronco retorcido de una viña (lo mismo podríamos decir de un olivo y su aceite): no hay ningún vino igual ni nosotros somos jamás los mismos cuando los bebemos. Todo fluye y todo cambia. "De Tales de Mileto a Hermann von Helmholtz, hemos consolidado la idea de que la energía no nace ni muere, sino que se transforma".

Muchos bodegueros intentan fijar una fórmula de éxito. Un gusto inmutable. Joan Gómez busca lo contrario, los matices de cada cosecha, las pequeñas diferencias de año tras año: "Vinos que me emocionen. Vinos vivos". "Aquellos en los que la energía de la tierra y de la persona que la trabaja, que vendimia la uva y hace vino, se traslada a la botella y a la copa".

¿Idealismo? ¿Romanticismo? Bien, cada vez hay más evidencias de que se puede trabajar con la naturaleza, no contra ella. Nuestro atento caminante y lector lo explica así: cuanta más vida y diversidad haya en la viña –pájaros, vegetación autóctona, etc.–, más vida encontraremos en la copa. "El vino es vida y su belleza consiste en esta capacidad suya de cambio constante".

El libro me lo dio en mano su editora, Montse Serra, que también hace de cada volumen una obra singular, un tasto gustoso. Una copa de vino. En este, hay ilustraciones de Maggie Adrover, como marcas atávicas en el paisaje. El objetivo de Joan Gómez: que "la cadena cultural y la herencia simbólica que nace de una vida buena alrededor de la viña y el vino no se rompan por culpa de nuestra torpe contemporaneidad". Acaba, pues, con el deseo de su amado Catulo: "Ojalá dure una temporada larga".

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