La abuela que a los 100 años caminaba... gracias a la tibia de un perro
Visitamos el Recinto Modernista de Sant Pau con la periodista y guía turística Tate Cabré
“¿Gaudí era el que estaba casado con Gala?”. “¿Hay un McDonald's aquí dentro?”. No, no es broma: son algunas de las preguntas que han hecho visitantes de la Sagrada Familia a Tate Cabré. También –hay que decirlo–, muchos otros le han pedido cuestiones pertinentes, que denotaban un alto nivel cultural. Tate Cabré es guía turística –y periodista– y conduce un montón de grupos a la Sagrada Familia. Su especialidad es el modernismo.
He visitado unos cuantos veces el Hospital de Sant Pau, que dejó de acoger pacientes hace años y ahora recibe visitas, hace actividades culturales y científicas. Pero con la Tate todo es diferente. En la Sala Domènech i Montaner atisbamos, en un lado, cómo se alza, imponente, la Sagrada Familia, y en el lado contrario, los pabellones del antiguo hospital, con el de cirugía en medio. Los pabellones son edificios de poca altura, con ventanales que invitan la luz a entrar. Es el conjunto modernista más grande del mundo. Es un conjunto de una gran belleza. El arquitecto estaba convencido de que la belleza (también) cura.
La sala que lleva su nombre es sumamente alta y a una altura media hay un balcón donde hay una oración con letras góticas: “Amparad Señor a los benefactores y a los asilados de esta Santa Casa así en la tierra como en el Cielo e inspirad sentimientos de caridad hacia ella. Amén”. "Es una manera elegante de pedir subvenciones", observa la Tate. El Hospital de Sant Pau se hizo gracias a unos cuantos benefactores. El principal, Pau Gil, banquero barcelonés residente en París. Gil murió sin descendencia directa y dejó un buen legado para hacer un nuevo hospital para los pobres, con la condición de que se llamara Sant Pau.
Nos adentramos por un túnel subterráneo para visitar algunos pabellones. "Estas galerías bajo tierra estaban pensadas para trasladar a los enfermos desde los pabellones a la sala de operaciones", comenta la Tate. Estamos en el pabellón de Sant Rafael. Aquí debemos hablar de otro mecenas: Rafael Rabell, que donó parte de su fortuna –y también su nombre– para hacerlo. Hay varias vitrinas con instrumentos médicos antiguos.
La Tate no solo cuenta anécdotas, también las recibe. Josep Tort, de Vilafranca, hizo una visita a este recinto con mucha emoción. Su abuela por parte de madre, cuando era niña, se hizo daño en una pierna. Se le empezó a gangrenar. A los dieciséis años la ingresaron. La atendió un doctor de avanzada edad, pero la pierna no mejoraba. Un día apareció un médico muy joven: era el doctor Trueta. La examinó, junto con otros médicos. Fueron al despacho de al lado a debatir. La niña se levantó de la cama y se puso a escuchar detrás de la puerta: "Cortaremos por aquí y por aquí", oyó, con horror. Escribió una carta a los padres para que la sacaran... Pero el doctor la tranquilizó: no la amputarían, sino que sustituirían el hueso dañado –la tibia– por un hueso de perro. El hueso nuevo se soldó. La abuela vivió 101 años y hasta el final pudo caminar.
Trueta, que llegó a ser jefe de cirugía del Hospital de Sant Pau, tenía fama de curar las heridas muy bien: extraía el tejido malo y dejaba la pierna inmovilizada con yeso. Una intervención simple, pero que evitaba infecciones. Salvó un montón de vidas durante la Guerra Civil, al final de la cual se exilió a Inglaterra, y allí continuó trabajando. Muchos soldados le estaban infinitamente agradecidos. Fue un firme candidato a recibir el Nobel de medicina, pero las autoridades franquistas presionaron para evitarlo.
Entremos ahora al Archivo Histórico, debajo del vestíbulo, el antiguo hub del centro hospitalario, donde se hacían los registros de entrada y por donde pasaban los carros con pacientes que se dirigían a los pabellones. La temperatura aquí dentro siempre es baja. La pieza estrella son los siete volúmenes del proyecto de construcción del hospital. "El Hospital de la Santa Creu, origen de este hospital, se fundó para acoger a los pobres, los desamparados, los expósitos, los huérfanos, los locos... Inicialmente, no era para curar", comenta Miquel Terreu, jefe del archivo.
"Los médicos en este hospital visitaban a los enfermos gratuitamente. Este sistema caritativo funcionó hasta los años sesenta del siglo XX", destaca la Tate. Vocación y –si es preciso– voluntariado han sido –y son– dos aptitudes de los buenos médicos.
625 años de la fundación
A pesar de estar inacabado, el Hospital de Sant Pau es, junto al Palau de la Música Catalana, la obra más importante de Lluís Domènech i Montaner. Construido entre los años 1902 y 1930, participaron algunos de los grandes artistas que ya habían colaborado en el Palau de la Música, como los escultores Pau Gargallo y Eusebi Arnau. Es la apoteosis de las artes decorativas. Después de la muerte de Domènech i Montaner, continuó dirigiendo las obras su hijo Pere Domènech Roura. Este año se cumplen 625 años de la fundación del hospital, institución creada para dar respuesta a las necesidades sanitarias de la Barcelona medieval y origen del actual Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.