El gran amor de Roberto Saviano
BarcelonaEl gran amor de Roberto Saviano (Nápoles, 1979) es el amor a la verdad, una pasión que por poco no le lleva a la muerte. Cuando aún era un joven en la veintena, apasionado, escribió la obra que le ha marcado toda la vida, Gomorra (2006). Desde entonces está amenazado de muerte. No debe ser nada fácil levantarse cada día bajo protección policial, estés donde estés, vayas donde vayas. Quizá su amarga supervivencia es hoy un reclamo propagandístico para los camorristas o quizá la venganza acabará llegando. Mientras tanto, él aprovecha el único espacio de auténtica libertad que le queda, el de la escritura. Hace lo único que sabe hacer: escribir en busca de alguna clase de verdad. Según cómo lo mires, esto es mucho o es muy poco.
Hoy, su búsqueda ya no trata de aquel conocimiento directo, primario, durísimo, de los inicios. Ahora ha sofisticado y humanizado la verdad, la ha hecho más voluble, más sinuosa e imprecisa. Este es el sentido de su última novela basada en hechos reales, Mi amor no muere (Ara Llibres, traducido por Mar Vidal). La tenía que venir a presentar a Barcelona este otoño, pero ha aplazado el viaje. ¿Barcelona no es un destino seguro para Saviano? Es una pregunta que flota en el aire de nuestra ciudad de los prodigios, tan densa de humanidad diversa, donde es fácil blanquear el dinero. Saviano ha dicho más de una vez que aquí, territorio seguro, se hablan muchos acentos del sur italiano. Ya lo entendemos, ¿verdad?
¿De qué amor habla en la novela? Pues de un bello y fogoso amor a los márgenes de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa. Estamos a finales de los años 70 y Rossella Casini, una estudiante universitaria de Florencia nacida el 29 de mayo de 1956, conoce a Francesco Frisina, un joven calabrés, también él universitario. La atracción mutua es instantánea. La compenetración, total. Se convierten en un solo cuerpo, un solo pensamiento. Nada les distrae, ni los estudios, ni la política —son años de efervescencia ideológica, de Brigadas Rojas y eurocomunismo—, ni las drogas, ni los amigos, ni la familia... Ellos solos ante el mundo.
De forma simultánea, Saviano nos va introduciendo a los lectores y a los protagonistas tanto en su intimidad como en la telaraña familiar y criminal calabresa. El uno y la otra piensan o pretenden que podrán salir adelante, que se escaparán del destino fatal. Pero su destino es el amor, que los tiene ligados por hilos invisibles. Igual que el volcán Stromboli con su azufre tiñe el agua de violeta en la playa de Palmi, su relación se tiñe del color insidioso de perro cuando huye, que es el color sucio y grisáceo del odio atávico, del honor de familia, de la sangre pegajosa, de las raíces hundidas y clavadas en las profundidades de la tierra. Pasa, sin embargo, que ellos no pueden huir de sí mismos. ¿Cómo huyes del amor desmesurado, cómo claudicas ante él? ¿Y cómo evitas una guerra cuando ya ha estallado?
De esto va el libro de Saviano. Del amor y la guerra. No hay paz posible. Solo una lucha sorda por conservar el amor, una lucha trágica por evitar la muerte. Esta es la verdad de Saviano: dar sentido a su vida de fugitivo revelando la profundidad de tantas vidas malogradas, de tantas historias de amor desmenuzadas. Escribir para vivir.