Instrucciones reflexivas para ser un disidente
El periodista norteamericano Gal Beckerman analiza en su último ensayo la disidencia, que tiene más que ver con la actitud y el comportamiento que no con la ideología
- Gal Beckerman
- Laertes / Crítica
- Traducción de Edgar Cotes
- 200 páginas / 20 euros
Cómo ser un disidente, del periodista norteamericano Gal Beckerman (1976), es un ensayo en forma de manual de instrucciones sobre un tema –un concepto, un posicionamiento vital, una actitud ante el poder– que, de entrada, no es nada fácil de definir y de delimitar. ¿De qué hablamos exactamente cuando hablamos de disidencia, de disidentes? Desde el momento en que tanto disidente es un creyente cristiano que durante la Edad Media rompía con la jerarquía católica romana como un obrero alemán que se negaba a dejarse arrastrar por la euforia hitleriana o que un escritor ruso que escribía poemas denunciando las barbaridades de Stalin, concluiremos que la disidencia es una cuestión que tiene más que ver con la actitud y el comportamiento que no con la ideología y que se despliega más en el campo de la prepolítica que no propiamente en el de la política.
En la introducción de su libro, Beckerman dice que le gusta la definición etimológica del término: “disidente” proviene del latín dissidens, que significa “sentarse aparte”. El disidente es, por tanto, aquel que, por la razón que sea, no se doblega ante las hegemonías imperantes y no acata mansamente lo que le dicen que debe ser, pensar y hacer. También es quien no se deja asimilar por los dictados imperativos de las hegemonías y quien vive según un orden de prioridades en el que la aceptación de la comunidad es menos importante que la satisfacción con uno mismo.
Sentirse a disgusto con la realidad
He dicho por la razón que sea. ¿Seguro? No exactamente. Un multimillonario que opera al margen de las leyes y las normas que lo rigen todo y a todos porque la codicia y una sensación de impunidad y de superioridad le impulsan no sería, en ningún caso, un disidente. Esto lo explica bien Beckerman en su libro. Para ser un disidente, tienes que serlo con intención, tienes que ser consciente de que lo eres. La disidencia no es el resultado de un impulso visceral, ni un exabrupto ocasional, ni una maniobra para proteger los propios privilegios y egoísmos, sino que es una negociación contigo mismo –con tu conciencia y tus principios– y con la realidad porque la realidad en cuestión te parece injusta o te disgusta.
Uno de los primeros ejemplos que salen en el libro es el del poeta ruso Óssip Mandelstam, que, cuando fue interrogado en los calabozos de la Lubyanka, en vez de mentir o de inventarse excusas, dijo que había escrito un poema contra Stalin porque odiaba el totalitarismo que representaba. El apunte de Beckerman, aquí, va al grano: el disidente no solo es quien planta cara al poder arriesgando el bienestar propio, la libertad e incluso la vida, sino quien lo hace a conciencia, asumiéndolo, explicitándolo, convirtiendo su gesto en una llamada a la acción, en una afirmación que invita a seguir el ejemplo. De todas formas, Beckerman sabe que la disidencia no es “inherentemente virtuosa”, y que si bien puede ser un motor para el cambio a favor de la libertad y del pluralismo –los abolicionistas en los EE. UU. del siglo XIX, Havel en la Checoslovaquia comunista, Navalni en la Rusia putinista–, también puede ser una operación de autobombo individualista –fue un poco el caso de Thoreau– o una estrategia a favor del tradicionalismo más reaccionario, como sería el caso de los amish de Pensilvania.
La sustancia de Cómo ser un disidente es la propia de un ensayo: ofrece una panorámica flexible, abierta e inquisitiva, a la vez histórica y de presente, sobre un tema vasto y complejo; propone un discurso reflexivo enriquecido por ideas generales y por anécdotas concretas... Tal como el título indica, sin embargo, también tiene algo de manual (porque Beckerman escribe desde la certeza de que la disidencia quizás no es inherentemente virtuosa, pero sí que es necesaria). No es casualidad, en este sentido, que los títulos de los diez capítulos sean imperativos, los diez mandamientos de la disidencia: estate solo, sé pesimista (y divertido, racional, temerario, fiel, presuntuoso, humano e inmortal), mantente vigilante... Aunque algunas reflexiones me parecen forzadas y algunas conclusiones generales no me convencen del todo, el libro de Beckerman tiene el mérito de dejar claro que el disidente no es el hombre libre sino el hombre que quiere ser libre y que, por tanto, se atreve a ir a su aire. Esto vale para Spinoza y Camus, pero también para tantos hombres y mujeres anónimos que no se dejaron doblegar por el miedo ni por el conformismo ni por la tiranía, cuyo recuerdo borrado sostiene ahora mismo el peso de todo lo bueno que hay en el mundo.