La intrépida periodista catalana que merece una película
Quaderns Crema publica una versión ampliada del imprescindible 'La fascinación del periodismo', a cargo de Glòria Santa Maria y Pilar Tur
'La fascinación del periodismo. Crónicas (1930-1936)'
- Irene PoloQuaderns CremaEdición a cargo de Glòria Santa Maria y Pilar Tur436 páginas / 24 euros
Quien tuvo la oportunidad de ver el monólogo representado en el Teatre Gaudí titulado Coses que només saps quan estàs morta, ya sabe de sobra quién es Irene Polo (Barcelona, 1908 - Buenos Aires, 1942), la periodista más osada de la Cataluña de la Segunda República y una de las piezas clave de aquella generación de escritoras que aportó una mirada renovada tanto a la prensa como a la literatura. Se da la circunstancia de que Francesc Salgado, autor del monólogo, está publicando también su periodismo completo en Renacimiento y que ya disponemos del primer volumen, Una intrusa en la prensa. Periodismo y república (1927-1931).
Polo fue una flor exótica en las redacciones barcelonesas y, con solo 27 años, fue nombrada jefa de redacción del diario vespertino Última Hora. En un país normal, de su historia ya se habría hecho una película. Hija de un sargento y de una modista, cuando ella nació sus padres aún no estaban casados. Para colmo, tuvo que ponerse a trabajar muy pronto para mantener a la madre y dos hermanas más pequeñas porque el padre era un tunante. También era lesbiana y le gustaba Greta Garbo “con delirio”.
Intuición, talento y tenacidad hicieron de ella un nombre conocido del periodismo de aquellos años. También su singularidad de mujer joven y desenfadada, artífice de textos marcados por la naturalidad y el compromiso. Empezó trabajando en el departamento de publicidad de la productora cinematográfica Gaumont, mientras la periodista María Luz Morales hacía crítica de cine en La Vanguardia, y ejerció por primera vez como periodista sin firmar. Después pasó por un puñado de publicaciones y se afirmó en un periodismo innovador. Entrado el año 1936, antes del estallido de la Guerra Civil, marchó hacia América con la compañía teatral de Margarida Xirgu. Y en Argentina se quitó la vida cuando aún no había cumplido los 40.
Borrada de la memoria colectiva por el amnésico franquismo, resucitó en 2003 gracias a La fascinación del periodismo. Crónicas (1930-1936), a cargo de Glòria Santa Maria y Pilar Tur. Ahora Quaderns Crema reedita el volumen en una versión que crece 150 páginas. Como novedad respecto de la edición anterior, encontramos los artículos en castellano aparecidos en Las Noticias, Mirador y Mundo Gráfico, así como una cantidad mayor de piezas publicadas en cabeceras como L’Opinió y L’Instant.
La mirada poco obediente de Polo
Las crónicas de Irene Polo contagian temple. Son valientes, directas, incisivas. También son sumamente entretenidas, porque la pluma de Polo es tan dinámica como los “tes danzantes” de la época. Escribía sobre los más relevantes y sobre los más humildes, como los mendigos. Célebre es el reportaje en que acompaña a Buster Keaton a bañarse en Sitges. También aquel en que persigue el Rolls-Royce de Francesc Cambó para entrevistarlo. Otras piezas menos conocidas, como “Una entrevista con Mefistófeles” o la entrevista a Clara Campoamor, que Polo llama acertadamente la Pankhurst española, también valen mucho la pena.
Estamos ante un libro que nos ofrece una mirada poco obediente sobre un tiempo de cambios sociales profundos, tanto en lo que respecta a las leyes como a las costumbres. Durante la huelga de los mineros de Sallent de 1933, Polo pregunta a los actores implicados y escucha atentamente. Y al año siguiente cubre la proclamación del Estado Catalán que hizo Companys y que tanto revuelo causó. Por otra parte, ni a la CNT ni a la FAI les gustó que metiera las narices en ciertas cuestiones, y eso dice mucho de Polo y de su sentido de la libertad de opinión, hoy en día amenazado. Las curadoras de La fascinación del periodismo también son autoras de Los años americanos de Irene Polo (Cal Carré), volumen misceláneo que ilumina la última etapa de esta intrépida periodista de final trágico que, insisto, merece una película.