La liberación y la redención de una chica rara y un viejo triste
En 'La cólera y el deseo', Alice Renard hace gala de una precocidad literaria arquetípicamente parisina
'La cólera y el deseo', de Alice Renard
- Labreu Ediciones
- Traducción: Cristina Garcia Molina
- 148 páginas / 17 euros
Desde que nació, Isor ha sido una niña diferente. No habla, no escucha, no muestra ningún interés por casi nada de lo que le rodea. ¿Es autista? No exactamente, dicen los médicos. Sus padres le quieren, pero no entienden nada y están exhaustos. Hartos de diagnósticos imprecisos y de tratamientos inútiles, incapaces de gestionarla socialmente, no han escolarizado a su hija, que ahora tiene ya trece años y parece que sólo le gustan los canales de televisión extranjeros y los documentales de animales. Además, Isor de vez en cuando tiene terribles ataques de cólera, que provocan el caos y dejan a sus padres –Maude, bombera, y Camillio, limpiacristales de edificios altos– abatidos. Con esta protagonista tan especial, Alice Renard (París, 2002) podría haber hecho un relato de un sentimentalismo extravagante, poético y no normativo pero lleno de cursilería. La cólera y el deseo no es eso. Es una novelita emotivamente extraña sobre una chica que no es normal.
La novela de Renard tiene tres partes, cada una con sus narradores y su juego de puntos de vista. En la primera los padres de Isor explican, a través de párrafos breves en los que se van intercambiando el testimonio de la narración, cómo ven su hija, qué sentimientos los genera y cómo se relacionan con ellos: desde el amor incondicional hasta el agotamiento de tener que cargar con la frustración de no comprender a la niña, no comprender la niña tentación de rechazarla y desentenderse de ella. Todo está condicionado por Isor en las vidas de Maude y Camillio, que ya no pueden más pero, a la vez, quieren protegerla y no pueden evitar preocuparse por ella, por ejemplo cuando se escapa de casa para explorar su barrio de París.
La segunda parte está narrada por un vecino del barrio, Lucien, un hombre viejo y culto, herido por un hecho dramático del pasado, que sólo encuentra consuelo en la soledad y la música. Hasta que Isor aparece en su vida y nace una amistad prodigiosa travesía de amor no sensual. Así, todo lo que en el relato de los padres era crispación, impotencia, malentendidos y disonancias, en el relato de Lucien es comprensión, cariño, entendimiento y correspondencias. Esta segunda parte es igual de ágil que la primera, aunque un punto más convencional, y relata de forma convincente la conexión improbable entre un viejo triste y una chica rara que enseguida saben que pueden salvarse mutuamente. La prosa de Renard, con cortezas líricas que no empalagan ni tropiezan el ritmo, es plástica y humanamente perspicaz.
Verosímil y plausible más desde un punto de vista poético que clínico, la tercera parte no cuenta una fuga de Isor por su barrio sino un viaje a Sicilia. Quizás porque en este tramo final Isor toma por primera vez la palabra –envía cartas a sus padres que son de una locuacidad insólita, y ella se muestra torrencial, expansiva, elevada–, o quizá porque aquí deja de ser una exploración dura pero encomiástica de la diferencia y se convierte en un relato de liberación y de redención, la novela. Esto no difumina el talento de Alice Renard, una autora jovencísima que en su novela de debut, escrita en el 2023, hace gala de una precocidad literaria arquetípicamente parisina.