Un libro redondo para cuando las esperanzas fluctúan

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Una calle quemada en medio de Beijing poco después de las protestas de estudiantes y la masacre de la plaza Tiananmen
25/10/2026 - 08:31 h

BarcelonaEn Frankenstein, la escritora Mary Shelley escribió: “Mi valor y mi resolución son firmes; mis esperanzas, sin embargo, fluctúan”. Cualquier persona con aspiraciones políticas podría estar de acuerdo con esta frase; los catalanes, sin duda, nos sumaríamos rápidamente a ella. Pero no la recupero porque la haya oído decir a ningún vecino de, pongamos, Tona, Vilafranca o l'Ampolla, sino porque la he encontrado en una novela buenísima que habla de unas tierras muy lejanas de las nuestras, y con una situación contextual muy distinta. Estoy hablando de La China soy yo, un libro de Xialou Guo que publica Angle Editorial en colaboración con el Instituto Catalán Internacional por la Paz (ICIP) dentro de la colección Clásicos de la Paz y la No violencia.

Guo publicó el libro en 2014, pero nos llega ahora en castellano, en traducción de Joan Puntí Recasens. De hecho, es la primera vez que podemos disfrutar de esta autora en nuestra lengua. El hilo de la novela es la historia de amor de Jian y Mu, dos ciudadanos que, a través de sus vidas personales y familiares, nos hablan de la disidencia china, las revueltas de los estudiantes y los periplos de los refugiados. La historia de China es imponente, y Guo la mezcla con las vidas más íntimas de los ciudadanos. Al final del libro, la autora escribe una cronología que nos permite situarnos mejor en los acontecimientos que ocurren a los dos niveles (es una ayuda que yo no encontré hasta que giré las últimas páginas, pero que si queréis, podéis consultar antes).

Las tribulaciones de Jian y Mu las conocemos gracias a Iona Kirkpatrick, una traductora de Londres a quien entregan un fajo de cartas y diarios escritos en chino para que diga si ahí dentro hay, o no, una historia digna de publicar. A partir de aquí, comienza una trama casi detectivesca en la que tanto el intérprete de chino como nosotros, los lectores, vamos atando cabos. La novela te absorbe y no puedes parar de leer. Pero más allá de la trama, la gracia de Guo es que escribe preguntas con las que puede reflexionar cualquier persona del mundo, viva o no viva en China.

La lavativa del punk

La diatriba más obvia es la que entablan Jian y Mu. Él es un disidente convencido, un “punk constructivo”. Pongo entre comillas esta definición porque una de las partes que hace más gracia del libro es cuando Jian, que es músico, coincide con el vocalista de Sex Pistols y le pregunta si en Occidente hay “una escena positiva del punk”. Johnny Rotten se ríe de él: “El punk siempre es negativo, tío”. Mu, siempre contrariada, le pregunta: “¿Por qué dice que el punk no aportó nada bueno a la sociedad?”, y el cantante inglés remacha: “Claro que aportó cosas buenas. Piensa en los enemas, nena. ¿Sabes qué es un enema? Pues eso era el punk. ¡Para hacerlo salir todo!”

La cuestión es que Jian es un contestatario, y Mu, en cambio, se pasa la vida dudando si vale la pena preocuparse tanto por la política; si no vivirían más tranquilos sin tantas convicciones. La honestidad de Mu sirve siempre de contrapunto a la terquedad de Jian: “Nuestra ideología se ha vuelto tan pragmática que ya no tenemos imaginación”, dice; “No todo el arte tiene que ser político, Jian. Hay artistas que luchan por ir más allá del ámbito político, aunque esto se te haga difícil de imaginar.” Esta es la pregunta central de La China soy yo: ¿vale la pena arriesgar la vida personal por unos ideales que difícilmente llegarán a buen puerto?

La trama del libro es una excusa para reflexionar sobre temas profundos. Tiene reflexiones muy bonitas sobre la memoria, sobre cómo amamos la tierra donde hemos nacido y por qué llevamos su cultura tan adentro (“Los lugares y la gente, los viejos y los muertos, se te meten bajo la piel y cuando llegas a mi edad…, empiezas a tener ganas de volver, como si te persiguiera un fantasma. Y te entran ganas de ver por última vez los lugares que dejaste atrás y que perdiste para siempre…”). También contiene muchas reflexiones sobre los retos, el sentido real e incluso el fracaso inherente en la traducción, aprovechando que la protagonista londinense se dedica a ello. Es, en definitiva, una buena lectura; un libro redondo.

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