Un misil amargo contra la sororidad
El punto de partida de 'Criaturas podridas' es la entrada de la protagonista en una comuna de mujeres para ver si su precariedad vital mejora
'Criaturas podridas'
- Amy TwiggEdiciones de la Ela GeminadaTraducción de Anna Carreras420 páginas / 23,90 euros
Este es un relato un poco sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que lo ha escrito una mujer. No sé mucho de Amy Twigg: lo que dice la solapa del libro es todo lo que se puede encontrar en internet: que es inglesa –y parece bastante joven (en ningún sitio consta su edad)–, que estudió escritura creativa y que con Criaturas podridas ganó el BPA Pitch Prize e hizo mucho revuelo. Se trata de una historia que empieza de una manera digamos inadvertidamente rutinaria. Iris (treinta y dos años) decide entrar en una comuna de mujeres –la Casa de la Izquierda— para ver si su precaria realidad vital mejora. Lo hace atraída por una de las residentes de la casa, la misteriosa Hazel. Al frente del matriarcado doméstico se encuentra Blythe, una mujer vigorosa y resolutiva.El perfil de quienes se acogían allí podemos imaginarlo: “No todas huían de la violencia. Había mujeres que venían porque estaban agotadas de la jornada de ocho horas, de trabajar para pagar una casa donde casi no vivían y de ascensos que nunca llegaban. Mujeres cansadas de citas frustrantes y de calentarse las comidas en el microondas, de recibir fotopolla que no habían pedido y de los atascos del tráfico. De ir jugando con las llaves cuando volvían a casa y estaba oscuro, de tapar la bebida con la mano para que no les pusieran nada, de no beber ni un sorbo porque el camarero les había hecho mal rollo”.¿Un espacio seguro para las mujeres?
Hasta aquí todo en orden. La Casa de la Izquierda parece uno de esos espacios seguros para las mujeres, donde ejercer con libertad y gozo la sororidad. Pero no. Lo que pasará, y se anuncia en el texto casi de inmediato, es inesperado. Podríamos decir que la novela empieza como Tierra de ellas y acaba como El señor de las moscas. Tierra de ellas (Herland) es una utopía de ciencia ficción obra de Charlotte Perkins Gilman. Trata de una sociedad habitada únicamente por mujeres donde imperan el orden, la paz y la racionalidad. Esta ginecotopía presenta una colectividad cooperativa en la que las relaciones de competencia han sido transformadas en relaciones de solidaridad. En algún lugar de Sudamérica, tres millones de amazonas viven felices en cooperación y comunión con la naturaleza. Se reproducen por medio de la partenogénesis y han conseguido concebir únicamente hijas. Su religión es el panteísmo materno. Una maternidad transversal a la sociedad, que influye en todas las artes e industrias, que protege absolutamente a toda la infancia y le proporciona la atención y la formación más perfectas. Tierra de ellas es el segundo volumen de una trilogía y se publicó originariamente en 1915. Lo tradujo Jordi Vidal y se editó en catalán en 2002.El Señor de las Moscas, a su vez,es una novela más conocida. La publicó en 1954 William Golding, ganador del premio Nobel de literatura. Trata sobre un grupo de jovencitos británicos varados en una isla desierta que intentan autogobernarse con resultados espeluznantes. Se trata de una fábula sobre las pulsiones de violencia innatas en el individuo que hizo fortuna (el volumen fue traducido por Manuel de Pedrolo y publicado en catalán en 1966).Pues bien, todo lo que ocurrirá en el espacio supuestamente ideal de la Casa de la Izquierda revelará las contradicciones de la naturaleza humana (macho y hembra indistintamente). La historia de amor de Iris con Hazel (siniestra del relato) irá evolucionando, pero también lo harán, a peor, las relaciones entre las mujeres residentes y los propios humores de Blythe. La intervención masculina, eso sí, no ayuda, sino que precipita los acontecimientos.No desvele nada si escribo que la cosa acabará fatal, como la narradora nos advierte repetidamente. Lo que parecía una parábola feminista acaba convirtiéndose en su némesis. Pero el flujo narrativo de Amy Tigg se desliza tan suavemente y tan bien engrasado que caemos en él sin darnos cuenta. Y así pasa la gloria del mundo (y de las mujeres).