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"Me puse bótox por la misma razón por la que he probado la mayoría de las drogas del mercado"

Leticia Sala presenta con Rigoberta Bandini el ensayo 'Dame veneno que quiero vivir' en La Central

Leticia Sala presentando 'Dame veneno que quiero vivir' en la librería La Central del Raval en conversación con Rigoberta Bandini.
28/05/2026
4 min

— Piensas que te verás más guapa en el espejo y por eso estarás mejor. Después los problemas son los mismos, claro.
— Mi hermana se puso hace seis meses y ahora vuelve –veo que le señala la frente–. Yo, de momento, no.

Cazo una conversación entre dos chicas jóvenes que esperan, como yo, en el jardín de La Central del Raval, el inicio de la presentación de Dame veneno que quiero vivir (Anagrama), de la escritora barcelonesa Leticia Sala (Barcelona, 1989), que previamente ha publicado Los cisnes de Macy's (Reservoir Books, 2023) y es autora de la exitosa newsletter Magical thinking. Coincide que las dos chicas que se inyectan lo hacen con una amiga de una amiga "que sabe pinchar". Se ve que la versión barata de la dosis vale 300 euros. Tienen menos de 30 años, seguro.

—No son solo las arrugas, es que haces mejor cara.
— Sí, te ilumina la mirada. Y no ha de ser un bucle. Lo puedes hacer una vez y después no hacerlo más, o hacerlo una vez al año.
— Ya, cuando lo necesites! –dice riendo la otra, porque obviamente por necesidad se refiere a un chute de autoestima cuando esté baja de moral.

Parece que alguien me ha puesto a las chicas delante para hacer la crónica, porque esta realidad es la que aborda justamente el ensayo de Leticia Sala: ¿por qué se está generalizando el uso de cosmética, medicamentos y tratamientos estéticos que pueden ser nocivos para la salud bajo el pretexto justamente de la salud, el autocuidado y una promesa de longevidad de cera?

Paula Ribó –Rigoberta Bandini por la música– acompaña en la presentación a la autora y lanza de entrada la primera piedra. "Me puse bótox por la misma razón por la que he probado la mayoría de las drogas del mercado: por curiosidad y por ver de qué habla todo el mundo", dice la cantante. A raíz de la primera nominación a los Goya, le llovieron un aluvión de regalos en clínicas de estética y descubrió que las inyecciones eran el pan de cada día a su alrededor: "¿Tú también te has pinchado? ¿Soy la única que no?", alucinaba. Al final eligió clínica, se sometió a lo que ahora ve que era bullying –"¡Hemos normalizado estar tiradas en una camilla y sentirnos mal simplemente por envejecer!"– y explicó el tratamiento a los cuatro vientos con euforia: "Estaba muy contenta. Y no me enganché, lo he hecho una vez. Pero al leerlo ahora me ha dado rabia haber caído en las garras del monstruo con tanta ilusión. No sé si después del libro me podré pinchar de nuevo", admite la cantante.

Sala insiste en que el libro no critica los tratamientos, "porque ya bastante culpa y juicio arrastramos las mujeres", pero sí que intenta poner datos y mirada crítica a por qué la piel y la silueta son de nuevo un campo de batalla. ¿Quién fija la presión estética? ¿El patriarcado? ¿Las farmacéuticas? ¿La industria cosmética y la publicidad? "Un acto tan aparentemente inocuo y frívolo puede conectar incluso con quien votas. La gente de DC alrededor de Trump va a los cirujanos a pedir un tratamiento maximalista porque quieren que se noten los retoques", dice la autora. Cuestión de clase. La hiperfemineidad, el Ozempic y las tradwives coexisten con las axilas naturales y las mujeres empoderadas en un momento de avance feminista y al mismo tiempo avance reaccionario.

'Anti-edad', anti-vida

El ensayo alerta de la bajada de edad de los tratamientos a jóvenes en la veintena. "Se someten a retoques preventivos para arrugas que todavía no tienen. Me inquieta filosóficamente paralizar algo que no ha sucedido. No sé cuál puede ser su relación con la muerte, con el final del amor o con acabar un trabajo. Todo, en la vida, está llamado a acabar –reflexiona Sala–. Y, en cambio, hemos normalizado comprar un producto que dice anti-edad, que es como decir anti-vida, es decir, pro muerte". Al final del libro, Sala lanza ideas individuales y colectivas para transformar la realidad. Paula Ribó también tiene una propuesta: "Deberíamos unirnos todas y ser Gremlins. La mayoría de los hombres cis-hetero son Gremlins y los seguimos queriendo, ¡qué morro!" Y continúa su teoría sobre ejercer la libertad empezando por la intimidad: "He tenido muchos exnovios a quienes les daba asco mi axila peluda. ¡Depílate tú! ¿Por qué solo pueden vivir relajados ellos? ¡Hay mujeres que no se tiran pedos en casa! Yo me tiro pedos. Me parece natural y bonito que seamos iguales. ¡Con el pedo empieza la igualdad!", dice, juguetona, Ribó.

Al final, ante la presión estética y digital, las dos amigas encuentran el antídoto en los clásicos: los referentes, las amigas y el interior. Las mujeres de todas las edades que atestan el jardín lo corroborarán después: esto es un espacio seguro. "Si después de los años fértiles no se nos promete nada, es legítimo que la gente quiera quedarse más tiempo con el mismo rostro y modo de vida. Me gusta la idea de pensar que cuando has pasado etapas complicadas, llega la promesa de la sabiduría", afirma la autora. "De mayor me imagino rica en palabras y amigas, una literata, humanista, un camino que va de la mano de la espiritualidad –añade la cantante–. Si estoy conectada espiritualmente me siento con confianza en la vida, y la confianza no va de parar la vida, va de lanzarse". Las dos chicas de mi delante se han marchado antes de que acabe el acto.

Leticia Sala presentando 'Dame veneno que quiero vivir' en la librería La Central del Raval con Rigoberta Bandini.
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