Marta Cortizas: Cuando pedaleas descubres olores que después reencuentras en una copa de vino
Sumiller de El Celler de Can Roca
Girona / Canet de AdriLlega a El Celler de Can Roca pedaleando, con una mochila a la espalda. “En mi taquilla siempre tengo una muda de ropa de bicicleta y otra de calle, y una toalla para poder llegar, ducharme y prepararme. Se abre el telón: me pongo el traje de servicio. Se cierra: me pongo el traje de la bici”. Marta Cortizas (Culleredo, La Coruña, 1992) es sumiller con una carrera meteórica. Llegó a Girona en 2021 con una sola maleta y la bicicleta para hacer un stage de cuatro meses junto a Pitu Roca. Ya no se ha marchado: en 2024 fue distinguida como la mejor sumiller de Cataluña y en 2025, del conjunto del Estado y la Península Ibérica.
Todo ello sin renunciar nunca al ciclismo, en un maridaje constante entre pedalear y el vino. Más que una deportista, Cortizas pedalea para observar. La bicicleta es su manera de leer el paisaje antes de servirlo dentro de una copa. “La bicicleta me ha ayudado a entender el territorio. Entender el territorio es entender el vino”, reflexiona mientras dejamos atrás el barrio gerundense de Taialà y enfilamos por carretera hacia Canet d’Adri. Se compró la bicicleta de carretera en 2018 en Galicia, cuando vio que su compañero Javi Alonso –chef en El Celler de Can Roca– cuando salía a pedalear volvía muy contento. Y desde entonces se ha convertido en su “pastilla diaria”. “La bicicleta me hace mejor persona. Mejor sumiller, mejor trabajadora y mejor pareja”, dice. Entre servicio y servicio del restaurante, se escapa por la zona volcánica a tocar de Girona, como cuando lo hacía de pequeña con los padres por la costa de La Coruña: “Desconectar y conectar para volver a la rutina”.
Descubrir paisajes
Pedalear es también un entrenamiento para los sentidos. “Cuando pedaleas también hueles, notas la humedad, las plantas... Todo eso después lo reencuentras dentro de una copa –reflexiona en plena subida–. Hay vinos mediterráneos de aquí, del Empordà, por ejemplo garnachas, que cuando los huelo digo, oh, este vino huele a aquellos días de verano haciendo gravel entre campos de heno y de paja seca”. Para Cortizas, abrir un vino es descubrir un paisaje. Igual que ir en bicicleta.
Pero pedalear también lo ha llevado un paso más allá: a una manera de entender la vida. “Conecté la bicicleta con subir montañas, por lo tanto, también con conseguir pequeños retos en la vida”. Con una formación atípica, ya que comenzó estudiando bellas artes y especializándose en arte contemporáneo, el mundo del vino lo ha envuelto sin planearlo. También Girona. Recuerda que cuando dejó Casa Solla para venir a El Celler de Can Roca, un buen amigo, Luis, le regaló unas notas de cata de vino con una dedicatoria en la que explicaba que si fuera una variedad de uva sería un nebbiolo. “Al principio cuesta entenderlo porque tiene mucho carácter. Pero cuando lo conoces, ya no lo puedes dejar ir”.
Ahora, cinco años después de llegar a Girona, explica que viviendo en Cataluña le gustaría relacionarse con el sumoll, una variedad de cepa negra rústica, autóctona del Penedès y resistente a la sequía. “Me parece una variedad sencilla de payés a la que no se ha hecho mucho caso, ya que ha sido el vino de la casa, que, si se adapta al plato adecuado, es una variedad extraordinaria. ¡Un perfil de uva negra que hace un vino ligero y potente que dices, uau!”.
Con esta reflexión, Cortizas explica que le gusta pensar que ella también se ha ido adaptando a los lugares donde ha vivido. Llegó a Girona con la bicicleta de carretera y rápidamente se compró una de gràvel porque vio que era una manera de conocer gente y hacer comunidad. “No entiendo por qué en Girona la gente coge el coche”, dice. Ella siempre se mueve pedaleando. “Además, la Girocleta es un servicio increíble”, añade sobre el sistema público de bici compartida de la ciudad.
Una vida sencilla
Tanto sobre la bicicleta como detrás de una copa, el discurso de Cortizas acaba llevando siempre al mismo lugar: una vida sencilla. Mientras pedaleamos por Canet d’Adri, donde mi abuela creció, pienso también en los veranos entre campos de heno del valle de Llémena. El paisaje me lleva también hasta la Galicia rural donde creció Cortizas. Una sencillez que ha trasladado a su manera de entender el vino. Con un lenguaje llano, apto para todos los públicos, y que le vale cada vez más reconocimiento. “Quiero que todo el mundo se sienta cómodo pidiendo una copa de vino. Que nadie sienta que tiene que ser un profesional para poder hablar de ello –concluye–. Me encantan las personas sencillas y los vinos sencillos. De esto también va mi profesión”.
- ¿Cuál es tu primer recuerdo en bicicleta? En Galicia, con una bicicleta muy llamativa azul y amarilla que me regalaron mis padres.
- ¿Qué representa para ti la bici? Lo mismo que de pequeña con la familia: respirar, naturaleza y volver a la rutina. La bicicleta es mi pastilla diaria.
- ¿Y qué te ha enseñado? A perseverar. Cuando tienes un puerto delante no puedes pensar en todo lo que queda; tienes que ir pedalada a pedalada.
- ¿Qué vínculo tiene con el vino? La bici me ha ayudado a entender el territorio; eso significa entender el vino.
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