¿Por qué la poesía de Segimon Serrallonga ha vivido tanto tiempo escondida?

Gracias al trabajo esforzado y escrupuloso de Jaume Coll Mariné podemos leer un libro importante, que oso vaticinar que será uno de los títulos de poesía más relevantes del año

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El poeta y traductor Segimon Serrallonga
08/11/2026 - 08:37 h
  • Segimon Serrallonga
  • Edicions de 1984
  • 800 páginas / 25 euros

Lo primero que me viene a la cabeza después de leer este elocuente volumen de 800 páginas es una pregunta: ¿cómo es que la obra lírica de Segimon Serrallonga (Torelló, 1930 - Badalona, 2002) ha vivido tanto tiempo escondida? Conocíamos, por supuesto, algunas realizaciones, pero la mayoría de estas poesías restaba por descubrir. La impresión que nos produce ahora la obra es pasmosa, si bien es cierto que contiene piezas de lírica altísima y otras de intención –no de escritura– bastante más trabajosa.

Francesc Codina resume, así, el espíritu del verso del autor torellonense: “Combinación de alta cultura clásica y moderna, de moral de base cristiana y crítica social marxista, de compromiso político y de posición disidente ante el realismo social” (la disidencia apuntada podría haber influido, muy plausiblemente, en la cierta marginación del poeta). Jaume Coll Mariné, que se ha encargado de la edición del volumen –una edición profusamente anotada, que se podría haber llamado crítica sin incurrir en error o imprecisión–, recuerda la estrecha vinculación de Serrallonga con aquel pujante núcleo vicense que nació con la antología Estudiants de Vic, 1951, que, además de él, reunía a los poetas Josep Maria Riubrogent, Josep Esteve, Josep Junyent, Josep Grau, Antoni Pous y Ramon Cotrina. Años después, la aparición de la revista Reduccions sumaría a aquel grupo fundacional, intelectualmente tan ambicioso, los nombres no menos eminentes de Miquel Martí i Pol, Jordi Sarrate, Lluís Solà y Ricard Torrents.

Por tanto, es la primera vez que, gracias al trabajo esforzado y escrupuloso de Coll Mariné, podemos leer el grueso de la obra poética de Serrallonga, en un libro importante –me atrevo a vaticinar que será uno de los títulos poéticos más relevantes que habrán visto la luz en el año corriente– que no deja de ser facticio, ya que recoge un buen manojo de poesías rigurosamente inéditas. De manera que, leída en su desarrollo cronológico, la poesía del autor adquiere, todavía, mucho más valor. Y es ahora que podemos, al fin y al cabo, disfrutarla y evaluarla.

Un autor único

Serrallonga es un poeta que no se parece mucho, por no decir nada, a ningún lírico catalán del siglo pasado. Viene de la estirpe ribiana, pero su dicción es muy diferente a la del maestro. Quizás sí que podríamos encontrar intereses afines con la poesía de Lluís Solà, pero me parecen dos voces distintas. Más esporádicamente, podríamos establecer vínculos con Joan Vinyoli o Màrius Sampere, por ejemplo. En algún caso, me hace pensar en el castellano Antonio Gamoneda: por la presencia que, en la obra de ambos, tiene el asunto de la luz. Desde el principio –los versos más antiguos, los escribió a los veinte años–, se nos impone la consistente mirada filosófica en todo lo que escribe. El hombre –afirma Serrallonga– “tiene un corazón de flor tierna sufrida” y “la muerte le acecha el paso, y el mal”. La tierna flor sufrida protagoniza muchos de los versos compilados: “Como un crimen nos surca la entraña / el amor”, arguye aquí; “pienso en el amor y tiemblo”, defiende allá.

Rilke consideraba que la belleza era el principio de lo terrible, y Serrallonga –en dos versos de sentido diverso, pero, al fin y al cabo, confluente con los del checo– sostiene que “todo es tan bello / que es imposible”. Ahora bien, en otros dos versos bastante más tranquilizadores, destaca además que “todos los mortales somos siervos / de bellezas rancias”. Y, en otros, concluye que “no hay belleza / que sea tan mortal / como el infante tierno”. El suyo es un verso de raíz conceptual, que, si no tiene la palabra a mano, la crea: “inamorosa verdad concebible”, “luz indescifrable”, “me hacen sufrir como des-sufrir”; pero también es un verso que resulta siempre cantable, con un sentido lírico muy potente: “Al fondo del bosque, lejos de mí, / quema la corteza sagrada”. La poesía fue, para el autor, una prenda de verdad (de búsqueda de la verdad, de hecho), como asegura en la divisa siguiente: “No creas nada / que en verso no entre”.

En los Eixarms (1974), Serrallonga utiliza la ironía. Ha escrito, también, poesía de denuncia política (lean la impagable La pàtria, con dardos sutiles a políticos con nombres y apellidos). Pero, en el fondo, lo que pesa es su poesía profundamente humana, de reflexión profunda sobre nuestra esencia, sobre nuestra contingencia: “El cuerpo, para él, pide poco: / beber, comer, dormir... y en un sobresalto / hacerse instrumento para obtener el fuego / que no cabe en su espacio”. El fuego, sobre todo: he aquí el quid de la cuestión del verso prometeico de Segimon Serrallonga. Porque, afirma todavía, “quien piensa lo más profundo / ama lo más viviente”. La realidad poética, en definitiva.

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