Qué es triste de ser solo un vacío dentro del corazón
Con el bello libro 'Como las hojas', Jaume Coll Mariné ha ganado el último premio Carles Riba
- Jaume Coll MarinéProa120 páginas / 17 euros
La preocupación por aquello que (aún) se puede decir está en el fundamento de este bello libro, ganador de la última convocatoria del premio Carles Riba –la primera celebrada en fecha nueva–. Fijémonos en la poesía que abre el fuego, Bajar a recoger cerezas. El pretexto, como la mayoría de pretextos de la poesía de Jaume Coll Mariné (¡cómo se agradece, esto!), viene de la vida en el campo, de una convivencia familiar con la naturaleza: en este caso, una escalera apoyada en el tronco de un cerezo, que se ha quedado allí después de la cosecha, hecha meses atrás. Aquella escalera que, a deshora, ya no sirve para nada, “querría que quisiera decir algo”. Quizás como la poesía. Más adelante, encontramos un poema de carácter más ideológico –que, en las notas finales, el autor reconoce que es “un intento de lectura de algunas maneras de hacer de [Pere] Gimferrer”–. Se repite cinco veces este verso: “Ya no sabemos cómo hemos de decir”. Y se hace para insistir en todo aquello que se nos deshace: “No hay nada más podrido hoy / que caminar con el nombre de España”; y, unos cuantos versos más allá: “Toda Cataluña es una cáscara / una concha agrietada / No hay nada más podrido hoy”.
La reflexión sobre lo que se puede decir, pues, resulta esencial. Y, sirviéndose de pretextos bien variados, encontramos en muchos de los versos la pregunta –que acaba siendo retórica: una afirmación– sobre el valor de la expresión poética, sobre esta búsqueda que, a tantos vecinos nuestros, puede parecer no gran cosa más que una escalera apoyada en un cerezo tiempo después de haberse subido alguien a ella para alcanzar la fruta. “No sabemos qué buscas. / No lo sé. Tampoco sabría decirlo”. El decir que rivaliza con el silencio (o se hace su amigo): “Y aquel silencio tan espeso / que yo no supe qué hacer con él / ni si debía hacer algo” (Balada). En otra composición, un niño se queda embelesado con un gorrión que ha quedado atrapado en una campana de cocina hasta que su madre consigue liberarlo de la trampa doméstica. Y el niño, como el de la poesía de Jacques Prévert, sigue su vuelo libre: “Y te giraste, / para decirme algo que no supiste decir”. He aquí el misterio de la poesía (y, consustancialmente, su inagotable búsqueda de sentido): todas estas cosas que no se saben decir del todo, o que no sabemos cómo formularlas, merecen la pena de ser dichas.
Una obra coherente y bien trabada
En las mencionadas notas finales, el autor admite que este “libro se me ha escrito, en buena parte, mientras no escribía ningún libro”. La sinceridad le honra. El hecho es que se trata de una obra con una plena coherencia, bien trabada, que no produce aquel efecto tan molesto de los libros que no son sino reuniones de piezas dispersas. Quien conozca los dos títulos precedentes del poeta de Muntanyola no se sorprenderá de la calidad de sus versos: los de alguien que conoce muy bien la tradición propia. Pero no solo esta: Jaume Coll Mariné cita, entre otros, Geoffrey Hill o poetas de la tradición china. Ha leído bien Maragall, Carner y Ferrater (¡y el tan olvidado Sagarra!). Y Machado o Marçal. En su caso, cada poesía pide una forma concreta. A veces puede prescindir de la puntuación, a menudo utiliza la rima. Sea como sea, su verso suele tener siempre la tensión justa, no se desvanece nunca. El “roble seco” del poeta chino Han Yu no es nada más que un estorbo (y no puede esperar ningún milagro de la naturaleza, como el olmo machadiano): “Qué triste es ser solo un vacío dentro del corazón”. Pretextos de una admirable eficacia, pues: como el perro que ha huido de casa o la perra que un jabalí ha matado. Como la ciruela única de una cosecha, que se ha beneficiado de “todo el sol de un año entero”. O como el poeta de la pieza homónima, cuyos versos defienden, con una sutil ironía, las herramientas que nos proporciona la tradición.
Canta, sí, la poesía del osonense. Para ello el poeta se sirve de una dicción, a menudo, coloquial, que dota a sus versos de una rica naturalidad (pro, brenar, senglans, set –participio de ser–, este di’ns-e que acabamos de ver, con –cuando–). Canta y sabe muy bien qué decir. Y aún más: cómo decirlo para conmovernos.