Literatura

¿Quién fue el príncipe de la bohemia barcelonesa?

La editorial Cap de Brot reivindica la obra del deslumbrante e inclasificable Lluís Capdevila recuperando 'Venus y los bárbaros'

Joaquim Armengol
29/04/2026

'Venus y los bárbaros'

  • Lluís CapdevilaPrólogo de Agnès Rotger256 páginas / 19,90 euros

Justo al terminar la lectura de Venus y los bárbaros podríamos imaginar un club de lectura con los miembros de Revolta Pagesa y el consejero Ordeig de moderador, debatiendo con fervor apasionado ese asunto de los "bárbaros". No cuesta mucho creer que una escena así habría hecho las delicias del autor, siempre diligente en sacudir conciencias y provocar vivas disputas. La editorial Cap de Brot ha tenido el coraje y el acierto de recuperar a otro autor de las aguas del olvido. Se trata, ni más ni menos, de Lluís Capdevila i Vilallonga (Barcelona, 1893-Andorra la Vella, 1980), personaje literario pintoresco, inclasificable. Y lo hace con una edición impecable, redondeada por un prólogo de Agnès Rotger que acompaña con acierto el regreso de esta voz arrinconada.

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A Lluís Capdevila lo llamaban "el príncipe de la bohemia barcelonesa", a degüello "dandi sensual" o "Petroni moderno", dependía con quién polemizara. Ahora bien, hemos de entender al bohemio tal como se perfilaba entonces, como un hombre de artística profesión, que tiene la bolsa vacía y un tesoro de sueños y de fantasías, un hombre que pone una sonrisa sobre las miserias del mundo, que además lleva sombrero de alas grandes, fuma en pipa, tiene el pelo largo y ostenta orgullosamente una pereza inapreciable. Si añadimos un toque de propagandista radical, de iconoclasta, de hombre situado en la extrema izquierda del republicanismo, polémico, anárquico, misterioso, carne de presidio y con un monóculo en el ojo izquierdo, tenemos a Lluís Capdevila. Muerto su padre, y ante los graves problemas económicos de la familia, decide abandonar el hogar y hacer la suya. Esto significa vivir entre la calle y el famoso Bar del Centro –campamento base de la bohemia del momento, un escenario de libertad sin normas ni moral, un lugar para bailar tangos y esnifar cocaína–, a base de cafés con leche. O sea, que pasa más hambre que un maestro de escuela. A Capdevila se le recuerda como periodista, narrador y hombre de cultura muy vinculado al mundo escénico y musical, pero también hizo de pintor de paredes, cronista en el frente de Aragón –sus artículos son una mina–, de exiliado, teniente de la Resistencia francesa, profesor, editor... Es un autor realmente popular, prolífico y desigual, pero sus memorias oceánicas son francamente interesantes, como también parte de su abundante teatro, Canción de amor y de guerra o La Legión de Honor, por ejemplo; y algunas novelas como Memorias de una cama de matrimonio y la inclasificable Venus y los bárbaros.

Contra el mundo rural idealizado

Venus y los bárbaros (1929), de hecho, es su libro más sugerente, pero no es del todo una novela. Si no fuera ficción podría ser un informe bilioso sobre un pueblo y los campesinos que lo habitan o una especie de descripción grotesca sobre unos tipos humanos que, en general, son execrables y repugnantes. Pero veo, como también lo hace Agnès Rotger en el prólogo, unas claras intenciones políticas, de principios éticos y literarios, en respuesta a la imagen idealizada que se tenía del mundo rural por culpa de los escritores de la época, abusando del belenismo tópico, de los campesinos vistos como seres puros y nobles, no contaminados por la civilidad. Es cierto que hay una crítica ácida al poder y al clero, pero Capdevila se revela como un antirousseauniano obstinado, fiel a la convicción socrática de que la ignorancia es la raíz de todos los males. Todo ello podría ser una especie de invectiva moralizante, pero como el autor lo hace de una manera tan bárbara y descarnada, estos aspectos quedan diluidos. Y contrariamente a lo que puede parecer, hay una mirada sutil sobre el deseo humano, la cultura y la sociedad.

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La prosa de Capdevila es cautivadora, cortante y artera como un afilador. Las descripciones que hace del pueblo, del interior de las casas y de esta caterva de tipos humanos, mayormente rústicos de alma negra y de inteligencia poco trabajada, dibujan un hormiguero humano inquietante, casi facineroso, que no deja indiferente. A modo de ejemplo: “La Teresa Noia tiene una sonrisa imbécil y unas encías desdentadas, es menuda, vieja, arrugada como una pasa y torcida como un gancho. Soltera, virgen, mendiga y vive de lo que le dan los vecinos. No trabaja, no sabe, dice, nunca ha sabido. Pero tiene un don: lo sabe todo, todo lo que pasa y piensan los hombres y las mujeres del pueblo. Es temida. Tiene algo de cuervo, de babosa, de bestia inmunda”. Hay, a la vez, puntuales escenas admirables como la descripción de la Semana Santa con sus rituales cafres, la caza del jabalí con los llantos de las bestias por la noche o la atroz escena final que pone los pelos de punta. Todo ello es un cuadro dramático crudo y grotesco, una tragicomedia cuya brutalidad viene a reafirmar la tesis lamarckista de que la función hace el órgano, o dicho de otra manera, que es el ambiente quien hace al hombre.

Pensar que hoy se pudiera escribir y publicar un libro de esta clase, tan políticamente incorrecto, hiriente y libre, es imposible. De manera que solo por comprobar hasta qué punto desentona en una época tan dada a la ofensa y la censura como la nuestra, ya vale la pena leerlo.

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