El talento y la literatura del yo

BarcelonaSiento a menudo críticas sobre la literatura del yo. “Los autores actuales solo saben hablar de ellos mismos”, “casi nadie hace verdaderos ejercicios de ficción”, “hay demasiado egocentrismo”, etcétera. Cuando oigo estos comentarios, lo primero que pienso es que estoy de acuerdo, claro. Incluso puede que yo misma lo haya dicho en voz alta: “¡Estoy harta de leer historias de gente que solo habla sobre ella misma!”. Los últimos años, la autoficción ha ocupado muchas estanterías de las librerías. Quizás demasiado. Quizás es una moda y quizás nos hemos cansado, es cierto.

Pero si sigo dando vueltas al debate, me doy cuenta de que cuando un autor me interesa, no es por el tema que trata, sino por el talento que tiene. Por la maña a la hora de crear una historia, por el uso de la lengua, por la profundidad de las reflexiones, por el dominio del ritmo, por las frases que no puedo evitar subrayar. No me importa nada, cuando leo, saber si aquello ha pasado de verdad o no; si el autor ha escrito ese libro como terapia o como diversión. Por suerte, leer es un acto individual. El autor puede decir lo que quiera, que cuando leo, solo busco ese placer concreto y revelador que denominamos “placer lector”. El morbo de la vivencia me da igual.

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Hay, pues, literatura del yo que me parece una mierda, y literatura del yo que disfruto con cuerpo y alma. Me vienen varios ejemplos positivos a la cabeza: La historia de los vertebrados, de Mar García Puig (La Magrana, 2023); Materiales de construcción, de Eider Rodríguez(Periscopi, 2023); o, últimamente, el libro Famesick, de Lena Dunham, guionista americana que marcó una era con la serie Girls (2012) y a quien sigo a todas partes a ciegas (el libro no se encuentra en catalán, yo lo estoy leyendo en inglés en una edición de Fourth Estate; Debatelo publicará en castellano). Son voces personales, honestas, pero, por encima de todo, talentosas. Incluso, y para no decir solo nombres de mujeres, El mundo de ayer de Stefan Zweig (Quaderns Crema, 2001) también es literatura del yo, y es una obra de cabecera de la literatura europea.

En realidad, reflexiono sobre esto porque he leído Vive o muere, un libro de poemas de Anne Sexton (Massachusetts, 1928-1974) que Godall edicions ha publicado en catalán, y que el año 1967 recibió el premio Pulitzer de poesía. Sexton ha recibido a menudo la crítica “del yo”. Que si es demasiado confesional, que si solo habla de sus dramas… Pero, en cambio, sus poemes son universales. Fue una persona que convivió con trastornos bipolares, depresiones posparto, intentos de suicidio y problemas mentales graves, y que, como tenía el don de la palabra, nos ha legado toda su existencia transcrita en un buen puñado de versos de aquellos que, una vez has leído, ya no puedes olvidar. Versos de no retorno.

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El placer de leer una buena traducción

La edición de Godall es bilingüe, inglés-catalán, cosa que celebro, porque te hace disfrutar el doble de la lectura. La traducción ha corrido a cargo de Núria Busquet Molist y Mireia Vidal-Conte, que han hecho un ejercicio de abstracción bastante grande. Sus traducciones no son siempre literales, hecho que a mí, personalmente, me ha divertido, porque he leído las dos versiones en paralelo y me he entretenido pensando si yo, en catalán, hubiera escogido aquella palabra o no. Es impagable, que cada lengua te dé una capa de significado diferente. Las mismas traductoras explican, en la nota a pie de página del poema I una per a la meva dama, que han decidido respetar un deseo que Sexton expresó en una entrevista el año 1970. Dijo: “Cuando me traducen solo quiero las imágenes, no me importan ni las sílabas ni la rima.” Así pues, en bastantes casos, las decisiones de Busquet y Vidal-Conte son más personales o creativas que exactas o fieles. Es otro de los placeres del libro, el gran juego de la traducción.

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Viu o mor es un poemario duro, trasbalsador, en que Sexton describe momentos de su vida, siempre atravesados por la incomprensión, por la violencia, por la sensación de incapacidad y de descontrol ante los demás y ante una misma. Es un poemario de alguien que nunca vio muy lejos los límites entre la vida y la muerte, como pasa a tanta y tanta gente. De hecho, uno de los poemes es el que la autora escribe cuando recibe la noticia de que Sylvia Plath se ha suicidado. Dice: “¡Ladrón! / ¿Cómo te arrastraste hacia allí, / hacia la muerte que yo quería tanto y durante tanto tiempo, / la muerte que las dos dijimos que habíamos superado / […] la muerte por la que bebíamos, / las razones y, después, ¿l el acto silencioso?”. La literatura del yo nos puede saturar, pero, de hecho, es tan antigua como la humanidad, y si está bien escrita, como la de Anne Sexton, de autoayuda o de egocentrismo no tiene nada. Al fin y al cabo, si somos honestos, la experiencia humana es de todo menos terapéutica.