Obituario

Muere Carlo Ginzburg, el gran historiador que miró donde nadie lo hacía

Defendía que se tenía que rastrear el pasado como lo haría un detective para encontrar aquello que el poder había borrado

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BarcelonaEl historiador italiano Carlo Ginzburg ha fallecido a los 87 años, según ha informado el diario Corriere della Sera. Nacido en Turín en 1939, Ginzburg fue un maestro minucioso, con una curiosidad insaciable, que revolucionó los estudios de historia. Creció en un hogar que alimentó fuertemente su vocación. Su padre, el filólogo, periodista y editor Leone Ginzburg, fue un destacado antifascista que murió torturado por los nazis en 1944. Su madre fue la escritora Natalia Ginzburg, autora de obras cumbre de la literatura italiana como Léxico familiar. El historiador confesaría años más tarde que la pasión de su madre por la literatura, sumada a las historias que escuchó de pequeño sobre las persecuciones y la represión de la guerra, fue decisiva para su futuro.

Ginzburg encontró nuevos caminos que demostraron que a menudo la metodología histórica tradicional no es suficiente, poniendo a disposición de los estudiosos una masa de documentos que nadie había analizado antes. "Si alguien me preguntara cuál es el sentido de la historia, diría que es aprender a no dar la realidad por sabida", explicaba en una entrevista con ARA. Con la microhistoria demostró que la vida de personajes anónimos y marginados podía ayudar a entender mucho mejor el pasado. Publicó una obra que hizo historia: El queso y los gusanos. El cosmos de un molinero del siglo XVI, editada en catalán por Curial. El libro demuestra que la vida cotidiana y las ideas de la gente corriente también influyen y forman parte de los grandes procesos históricos. Narra el caso real de Menocchio (Domenico Scandella), un molinero del Friul nacido en 1532 que sabía leer y escribir y que defendía aferradamente sus teorías cosmológicas y religiosas propias. Por este motivo, sufrió dos juicios por herejía por parte de la Inquisición y, finalmente, fue condenado a muerte y quemado en la hoguera.

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Ginzburg aporta la tesis de que el pensamiento de Menocchio no venía solo de los libros que leía, sino que estas lecturas sacaron a la superficie creencias populares y precristianas mucho más antiguas, transmitidas oralmente de generación en generación. El autor utiliza directamente las actas notariales de la Inquisición para recrear los diálogos, lo que permite al lector captar de primera mano las emociones, dudas y contradicciones del protagonista ante los inquisidores. Otro gran estudio suyo en esta línea es Los Benandanti, publicado por la Universitat de València. Se trata de una investigación profunda sobre el significado y el origen de la brujería popular a través de las declaraciones de los acusados por la Inquisición, ofreciendo una inmersión indispensable en la sociedad campesina y las creencias de la época.

Un Sherlock Holmes de la historia

Para Ginzburg, el historiador era como un detective en busca de pruebas. Lo explicaba en libros y ensayos como Radici di un paradigma indiziario (1979), Miti emblemi spie. Morfologia e storia (1986), Storia notturna. Una decifrazione del sabba (1989) o Il giudice e lo storico. Considerazioni in margine al processo Sofri (1991). El historiador comparaba su trabajo con el método de Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle, o con el del crítico de arte Giovanni Morelli, quien descubría falsificaciones pictóricas fijándose en cómo los pintores dibujaban los detalles más involuntarios, como las uñas o los lóbulos de las orejas. Había que buscar allí donde nadie miraba, rastreando el pasado para encontrar las pistas que el poder político o religioso había querido borrar. En el caso del libro sobre el polémico proceso judicial contra su amigo Adriano Sofri, explicaba que mientras un juez necesita cerrar el caso con una sentencia rápida de culpabilidad o inocencia, el historiador tiene la obligación de revisar constantemente sus conclusiones y mantener la duda abierta.

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En cuanto a su trayectoria académica, se doctoró en Filosofía en la Universidad de Pisa en 1961 y posteriormente dio clases en universidades de todo el mundo. Fue profesor de Historia Moderna en la Universidad de Bolonia y ejerció la cátedra de Historia de la Europa Moderna en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) entre 1988 y 2006, antes de retornar a Italia para enseñar en la Scuola Normale Superiore de Pisa.

Ginzburg continuó defendiendo su manera de mirar al pasado y la historia hasta el último momento. Se mantuvo siempre comprometido con el debate intelectual, publicando ensayos, concediendo entrevistas y participando de manera regular en conferencias. Hasta el último momento, su gran obsesión fue la defensa de la verdad histórica ante el auge de las fake news, argumentando en sus últimas intervenciones que la historia tiene un deber moral ineludible con los hechos reales.