El carisma neoyorquino de Dudamel
El músico venezolano dirige la Filarmónica de Nueva York y el Orfeón Catalán en L'Auditori
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- BCN Clàssics. L’Auditori. 12 de octubre del 2026
Los programas dirigidos por Gustavo Dudamel siempre presentan un indudable interés, más allá del carisma del músico venezolano, cosa que también cuenta a la hora de pasar por taquilla y de atraer a una temporada de conciertos. La de BCN Clàssics se ha abierto con la presencia de Dudamel (que pronto volverá a Barcelona pero en otro contexto) y ante la orquesta de la cual ha sido nombrado director titular y artístico, la mítica Filarmónica de Nueva York.
Haber contado con el Orfeó Català y el Cor de Noies y parte del Cor Infantil de la misma formación significa que Dudamel confía en nuestros músicos, algo que nos debe hacer sentir especialmente orgullosos. Especialmente, si el resultado termina con resultados más que óptimos.
A estas alturas, defender y reivindicar la figura de John Adams resultaría innecesario. Pero no está de más recordar que es el músico estadounidense más coherente con la tradición que le precede. No sorprende, pues, que en 2002 la misma Filarmónica de Nueva York encargara a Adams la pieza On the transmigration of souls, para conmemorar los atentados, un año antes, del World Trade Center. El reto era grande para las formaciones corales de casa, porque ocasionalmente Adams sitúa las tesituras al límite. En conjunto, la partitura resulta interesante, también por las incursiones electroacústicas a base de paisajes sonoros. Sin embargo, y si exceptuamos las circunstancias del encargo, debemos reconocer que Adams tiene obras mucho mejores.
El concierto arrancaba con Invisible house, de Zosha Di Castri, artista sonora canadiense que juega con texturas sinuosas en una obra estrenada hace menos de un mes en Nueva York. La pieza nace de la poesía de Ilya Kaminsky, poeta ucraniano-estadounidense que, en el poema Author’s prayer, escribe sobre la dificultad y la necesidad de hacer arte en tiempos difíciles. Y enlaza la polifonía popular ucraniana con sonoridades estridentes y brillantes, de impecable ejecución sobre el escenario.
La otra cara de la moneda, la rusa, quedaba para la segunda parte con la Quinta Sinfonía de Prokófiev. Fue en esta obra donde la orquesta neoyorquina volvió a mostrar sus mejores argumentos: metal de primera, cuerda sedosa y precisión rítmica, a las órdenes de un siempre carismático Dudamel.