Colores de clásicos eslavos
La temporada de BCN Clàssics sigue sobresaliendo, ahora con un gran concierto de la Filarmónica Eslovaca en el Palau de la Música
Orquesta Filarmónica Eslovaca
- Palacio de la Música. 2 de marzo de 2026
La temporada BCN Clàssics avanza, flota y sobresale con velocidad de crucero. La apuesta por el gran repertorio asegura un público fiel, los solistas son de altura y las formaciones orquestales y las batutas respectivas más o menos lo mismo. Y el concierto del lunes lo reafirma, con colores eslavos de la mano de Mussorgski y Khatxaturian y con dos obras archiconocidas, en medio de las cuales descubrimos lo maravilloso Concierto para violín de Khatxaturian.
La Orquesta Filarmónica Eslovaca abrió fuego con Una noche en la montaña pelada de Mussorgski, una pieza muy celebrada por la animación cinematográfica y que nunca debe llegar a los extremos para no sonar en túnel del terror. Hay que dejar sitio para la ambigüedad y la ambivalencia, y la batuta de Daniel Raiskin lo logró con nota, gracias a la complicidad de una orquesta de sonido aterciopelado, con maderas sinuosas y metal compacto y generoso, sin llegar nunca a la estridencia.
El color eslavo impregna también el Concierto para violín del georgiano –pero de origen armenio– Aram Khatxaturian, tan maltratado e infamado por el régimen soviético y, posteriormente, por la propia historiografía musical. Ciertamente, el músico nos legó obras que posteriormente se han popularizado de la manera más chapucera, pero en su catálogo figuran piezas de gran interés, como este concierto para violín, de carácter convencional en la forma y en el tratamiento melódico pero imaginativo en el dibujo y exigente en la ejecución, superada desde la excelencia por la moldava Alexandra Conunova. Fraseo y puntuación rítmica y extensión generosa del arco propiciaron una meticulosa lectura de la pieza del músico armenio. Tan sólo se puede reprochar a la solista un punto de frialdad en el ataque, que ella aborda desde la seguridad y nunca desde el riesgo. Es una opción.
Mussorgski volvió a la segunda parte, con la celebrada versión orquestal de Cuadros de una exposición. Si dejamos de lado el intervencionismo constante sobre la obra del autor de Boris Godunov (Rimski-Kórsakov, Shostakovich y evidentemente Ravel en el caso de los Cuadros...), hay que reconocer que el brillo grandilocuente de la conclusiva Puerta de Kiiv o los trapicheos de Bydlo siguen encantando auditorios de todo el mundo.