Música

Rosalía se declara obra de arte en Lyon

Espectacular inicio de la gira del disco 'Lux' en Francia

Décines-Charpieu (Francia)El LDLC Arena de Décines-Charpieu, junto a Lyon, ha sido el lugar elegido por Rosalía para empezar la gira más ambiciosa de su trayectoria. Maximalista por naturaleza, como el disco Lux (2025), el artista de Sant Esteve Sesrovires ha satisfecho las expectativas con un concierto espectacular, tanto escénicamente como en lo que se refiere al sonido. De alguna forma, ha trascendido el aparato conceptual del álbum, del que ha interpretado quince canciones; sólo ha dejado fuera Mundo nuevo, Jeanne y Memoria. A cambio, ha recuperado unas cuantas de la etapa Motomami, y jefe deEl mal querer, por cierto, tal vez porque el peso melodramático de Lux no deja espacio para el material de ese disco. Todo ello lo ha desplegado con un escenario principal, donde sobre todo actuaban ella y los bailarines de la compañía francesa (LA)HORDE, y otro secundario con forma de cruz latina en medio de la pista y donde tocaba la orquesta de cámara, con cuerdas, vientos y percusiones fundamentales en piezas como Berghain, claro.

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Huyendo o matizando la parafernalia espiritual, ha ligado un espectáculo que tiene más que ver con Rosalía como obra de arte, un show que amplifica Lux con danza y puesta en escena, con coreografías que barajan clásicos diversos y con una dramaturgia operística, no sólo por la segmentación en cuatro actos, sino también por una escenografía de grandes bloques móviles y telones enormes y por recursos tomados de óperas como Tosca: por ejemplo, la forma en que Rosalía se ha lanzado al vacío de espaldas al final de Focu 'ranni, exactamente como la heroína suicida de Puccini. Como en la ópera, también había sobretítulos (en francés) para que el público pudiera seguir las letras de todas las canciones. Y nada de cámaras en el escenario, salvo algún momento puntual, como si quisiera dejar claro que ha pasado página respecto a la motomami, o que ha evolucionado hacia otra cosa sin olvidar el pasado.

El concierto combinó solemnidad y ligereza, ambas cosas en las dosis justas. A las 20.51 se abrió el gran telón que parecía la parte posterior de un lienzo. En el escenario había una caja como las que se utilizan para trasladar obras de arte. De dentro ha salido Rosalía, como una delicada figura de una bailarina. Así, con tutú y pasos de ballet, ha cantado Sexo, violencia y llantas y Reliquia mientras los elementos escénicos se configuraban: un círculo dorado, unas escaleras... La primera ovación del público que llenaba el recinto fue como las que reciben las grandes estrellas.

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La sensación en este primer acto completado con Divinize y el trapo lírico de Porcelana era que Rosalía estaba volcando lo mejor, por el equilibrio entre la orquesta y la electrónica, por la delicadeza coreográfica, por la fuerza de la interpretación. Y entonces, liberada del tutú y tocada con un hábito blanco cantó Mio Cristo piange diamanti. El silencio de los espectadores era mucho más que respeto. La forma en que aborda este tipo de aria en directo es muy inteligente, porque le rebaja la impostura lírica (un registro complicado con sonido amplificado en directo) y le acerca a una balada, eso sí, cantada a flor de piel.

Hay que insistir. Este primer acto parecía imbatible, la cima de Rosalía. Y entonces llegó Berghain, con Rosalía vestida de negro e implicada en una coreografía entre el Cisne negro de la película de Darren Aronofsky y el fatalismo de un réquiem. Es decir, la puesta en escena despega la canción, por lo que transmite una emoción genuina por encima de las genialidades musicales. Inteligentemente, Rosalía ha enlazado el toque rábano de Berghain con piezas bailables de la era Motomami cómo Saoko, La fama y La combi Versace, con unas coreografías que trataban de combinar el mundo Lux y el mundo caribeño, un sincretismo al que ha añadido flamenco a De madrugá. En este acto, después de la ovación que coronó Saoko, Rosalía se puso la mano en el corazón y sonrió. Era la satisfacción por el trabajo bien hecho y algo más, la conexión con el público que experimenta de nuevo en directo. Un público muy heterogéneo en cuanto a la edad y con una significativa presencia catalana que ya se hacía notar por las calles de Lió por la mañana.

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Una gran versión con una gran coreografía

Con el tercer acto llegó una sorpresa: una versión de Can't take my eyes off you de Frankie Valli. Seguramente inspirada escénicamente en el papel de Eva Green en la película Soñadores, de Bernardo Bertolucci, la cantó, magnífica de voz, enmarcada como una pintura en un museo y contemplada por los bailarines. Fue el momento más explícito del concierto: la autoconciencia de obra de arte, con un punto irónico. Para rebajar la tensión dramática, seguidamente escenificó una conversación de confesionario (algo larga) para introducir La perla. La bajada de tensión fue pasajera, porque, como ocurrió en Berghain, la puesta en escena de la interpretación de La perla fue otro de los grandes momentos de la noche gracias a una coreografía que jugaba con el cuerpo de Rosalía y los colores blanco y negro, con Venus de Milo, y nuevamente Eva Green, como referente. De repente, la canción era otra cosa. Justo después cantó Sauvignon blanco, acompañada al piano por Llorenç Barceló. Fue otra bajada de tensión rápidamente salvada por La yugular, nuevamente con una puesta en escena de aria de acto final: sola bajando la escalera caminando hacia la tragedia. Rosalía de las emociones más intensas ha ganado consistencia.

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Como ya había demostrado en el segundo acto, Rosalía sabe atar estéticas distintas sin perder la coherencia. Lo hizo también fuera del escenario principal, cuando atravesó la pista para cantar con la orquesta y la percusión flamenca Dios es un stalker y La rumba del perdón y después subir el ritmo con CUUUUuuuuuute mientras una especie de botafumeiro techno se movía sobre el público. O cómo pasar de las dudas espirituales a la celebración infernal en cinco minutos.

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Nuevamente en el escenario principal, contribuyó a la excitación lionesa repescante La noche de anoche, Bizcochito y Despehá, hedonismo con alas de ángel antes de asumir el final a la manera más operística, escenografía trágica y grandes cortinas, para interpretar con Focu 'ranni y Magnolias. 1 hora y 45 minutos hipnotizados por el arte de Rosalía. Y la gira acaba de empezar.