Crítica de ópera

El Puccini más sórdido en el Liceu

La soprano Asmik Grigorian borda una sensacional 'Manon Lescaut' con dirección escénica de Àlex Ollé

24/03/2026

'Manon Lescaut'

  • Música: Giacomo Puccini. Libreto de Domenico Oliva y Luigi Illica.
  • Dirección escénica: Àlex Ollé. Dirección musical: Josep Pons.
  • Intérpretes: Asmik Grigorian, Yurii Samoilov, Iván Gyngazov, Donato Di Stefano, Filipo Filipović, Álvaro Diana, Mercedes Gancedo, Alessandro Vandin, Domingo Ramos, Pablo Bordas, Andrea Antognetti y la Orquesta y el Coro del Gran Teatro del Liceo.

Manon Lescaut siempre funciona si se apuesta por esta ópera en un espectáculo que rellene el clavo de lo que es: apoteosis del melodrama, como la práctica totalidad del catálogo pucciniano. En los últimos veinte años, el Liceu ha presentado tres producciones distintas de la tercera ópera de Puccini, basada en la novela El historial du chevalier des Grieux et de Manon Lescaut delabad Prévost. Un relato objeto igualmente de las óperas de Auber, Massenet y Henze. Ahora ha vuelto a la Rambla la versión pucciniana en una producción de la Ópera de Frankfurt, con dirección escénica de Àlex Ollé y parte de su equipo habitual: el escenógrafo Alfons Flores, el vestuario de Lluc Castells y la iluminación de Joachim Klein.

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Ollé opta por mostrar a una Manon víctima de la explotación, desde el momento en que adquiere la condición de inmigrante ilegal. A partir de ahí, el bajón es total, hasta la soledad más absoluta en un desierto de Luisiana que en este montaje es un enorme espacio vacío, presidido únicamente por las cuatro letras de la palabra LOVE. La misma que hemos visto con los neones del mugriento local donde la protagonista y sus compañeras están obligadas a prostituirse ya bailar en la barra pole dance.

La idea es buena pero no todos los actos están bien resueltos. Funciona, eso sí, la intensa dirección actoral y la construcción de los personajes, especialmente el retrato de una Manon frágil y objeto de compasión y que Asmik Grigorian borda con una presencia escénica sensacional. También sale con una parte vocal de gran exigencia y con pasajes sinuosos como Il quelle trine morbide. La soprano lituana no es estrictamente una spinto, pero encuentra los recursos necesarios para resolver una Sola, perdida abbandonata intensa y convincente.

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A su lado, el Des Grieux de Ivan Gyngazov exhibe un timbre generoso, no especialmente bello pero sí entregado a la causa melodramática que presenta Puccini en la partitura. Muy bien el Lescaut del barítono Yurii Samoilov (que va de menos a más) y acertado el Geronte de Donato Di Stefano en un papel ingrato pero cuyo bajo saca buen partido musical y escénico.

En la cantera de secundarios, cabe destacar la buena línea de Filipo Filipović (Edmondo) y, como nos tiene acostumbrados, la deliciosa Mercedes Gancedo (músico), a quien ya le toca darle un papel protagonista al Liceu.

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Ante la orquesta y el corazón titular –menos afortunado de lo que nos tiene acostumbrados esta temporada–, la batuta de Josep Pons llevó el agua a su molino. No es un director demasiado proclive a la ópera italiana y se nota, porque dibuja a un Puccini con un sinfonismo excesivo. Y a veces tapa unas voces que –todo hay que decir– deben moverse en una escenografía demasiado abierta sobre el inmenso escenario del Liceu. Pero, por el contrario, el director de Puig-reig apuesta por un notable detallismo en muchos momentos, muy exitosos en el preludio del tercer acto o en el inicio del segundo. Y es que el miniaturismo pucciniano es una constante en el músico de Lucca y no todos los directores son conscientes de ello. Pons sí. Y de qué forma. Y las secciones de la orquesta presentaron un estado óptimo a lo largo de toda la función y sin desfallecer.

Decíamos al principio que Manon Lescaut es apoteosis del melodrama, pero el espectáculo debe estar al servicio de esta idea. Lo está en este caso, aunque no sea un montaje redondo. Y, sin embargo, funciona.