Paula Bonet: “Hay muchas palabras que no existen sobre hechos, emociones”

“Aprende a mirar bien, que es tan importante lo que miramos como lo que vemos”, le dicen a la protagonista de La anguila...

Habitualmente en el cómo lo vemos hay un dictado, un contexto en el que ya se nos ha educado, para mirar de una determinada manera. La anguila intenta poner el foco en ciertos hechos, en ciertos elementos que también tendríamos que estar mirando. Abrir el campo de visión.

¿Es una historia que entrelaza dos educaciones sentimentales?

Sí, hay dos historias paralelas que, como si fueran dos anguilas, van enredándose y separándose y volviéndose a juntar. Dos historias que aparentemente son muy opuestas, pero que no lo son tanto. Una es la historia de amor de mis abuelos, que se conocieron en 1948, y la otra historia parte de mi experiencia emocional, de las relaciones que intento establecer con hombres. Después de que mi primera relación sea con un hombre mucho más mayor que yo, el que de alguna manera te construye desde el lugar donde él te quiere construir, intento visibilizar esta manipulación que sufrimos mujeres jóvenes habitualmente por parte de hombres. Las dos historias que aparentemente son tan diferentes van juntas porque están llenas de agresiones.

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Otra vez la importancia del punto de vista...

Partimos hombres y mujeres de una experiencia única, que es la masculina. Nuestra formación emocional, nuestra formación intelectual parten únicamente de la experiencia masculina. Entonces, aquello que nos afecta a las mujeres queda siempre relegado a un segundo plano y es muy difícil que se pueda entender desde un lugar de prestigio. Si hablamos de literatura desde el canon literario, las mujeres hablamos de cosas de mujeres, que solo interesan a las mujeres, y estas historias de mujeres parece que no formen parte de lo que es universal, se vincula la universalidad a la masculinidad. Hay muchas palabras que no existen. Hay muchos hechos y hay muchas emociones. Hay muchos diálogos de nosotros mismas con nuestro cuerpo que no existen en un lugar público y, por lo tanto, no se pueden abordar desde lugares interesantes.

¿Cómo es el tránsito de la pintura a la novela?

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Pintando hay revelación, que es la manera como un pintor o una pintora, cuando ya entra dentro de la obra, se permite desaparecer porque sabe que no es trascendente, que lo que es trascendente, en caso de que lo sea, será la obra y no tanto el vehículo, la mano. Escribiendo he entendido desde dónde tengo que pintar, pintando he entendido esta estructura. Hay un momento revelador que explico en Laanguila, que es cuando estoy pintando embriones. Viví una experiencia de dos abortos espontáneos seguidos y quería entender el porqué de este dolor. Quería entender la carne gestando carne, carne que no conseguía vivir, qué podía pasar en aquella pérdida, porque hay historias, hay muchas historias sobre pérdidas gestacionales, pero no nos llegan.

¿Y pintar se lo permitió?

Como tengo la suerte de poder pintar, pintando llegué a esta revelación, entendiendo que pintar es el lugar donde el ego, donde el yo, tiene que desaparecer y donde tienes que estar pendiente de lo que pasa. Te han dicho que pintar es imponerte, imponer tu trazo e imponer aquello que quieres explicar, pero si dejas de imponer, es la pintura la que te dará la revelación. Pintando embriones llegué a una técnica de grabado, que se llama algrafia, en que se trabaja básicamente la mancha y en la cual usamos tóner y alcohol y trabajamos sobre planchas de aluminio granulado. ¿Qué pasa con el tóner, el alcohol y el aluminio? Todo se deforma. Entonces yo fui a hacer el gesto que he hecho siempre, que he estado pintando embriones para hacer la cabeza o para hacer el brazo... Y aquella cabeza se deformó, el brazo fue hacia otro lugar. Fue este estar atenta a las cosas y permitir que el brazo se deformara, y no ir a pintar la idea de brazo que yo tengo, lo que me hizo entender que si yo había tenido estos abortos era porque los seres que estaba gestando eran incompatibles con la vida. Por lo tanto, no podía estar pensando mi luto, no se podía centrar en aquel hijo sano que no llegué a ver, porque nunca fue un hijo sano. Yo les llamo monstruos para exagerar. Para poner un espejo que haga más evidente aquello que queremos invisibilizar.

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Cuando usted lo vive, descubre que una abuela suya también tuvo una experiencia similar. ¿La diferencia entre su abuela y usted fue que su abuela no tuvo derecho a estar atenta?

Es muy posible. Es que esto también es un hecho que está en esta herencia generacional. Un aborto puede tener muchas causas, pero lo que nos dice el contexto es que es culpa nuestra. Es culpa de la mujer que ha sufrido este aborto, y habitualmente esta culpa se acaba convirtiendo en vergüenza también, porque también desde pequeñas nos van construyendo un caminillo que nos lleva irremediablemente a la maternidad. Parece que la maternidad es una obligación y, claro, a ninguna mujer le gusta sentirse tarada, que su cuerpo no ha hecho lo que el cuerpo de la mujer tendría que hacer. Esta tara la acabas vinculando a la culpa. He viajado demasiado, no he descansado, he comido algo que no tendría que haber comido, la culpa, la culpa, la culpa. Mi abuela, la manera que tiene de sacarle importancia, a aquello, de alejarse de aquello como sujeto, que lo ha vivido y lo narra, es abordarlo desde la ironía, desde la broma. Sí, desde este lugar donde aquello no tiene importancia. Pero a mí me parece muy bonito y muy duro. Bien, yo recuerdo a mi abuela como lo explicaba: hacía así con el puño, era como un riñón. “Vine del mercado un día y en las braguitas había... cayó en el váter como un riñón”. Pero cuando hablaba del riñón, con la otra mano hacía como si meciera.

También habla de violencia.

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También de las violencias invisibilizadas. Las que están en el léxico, en la mirada; parece que las mujeres o son demasiado jóvenes o son demasiado mayores. ¿Cuál es el momento de maduración perfecto para nosotras, para que se nos tenga en cuenta? ¿Para que lo que tenemos que decir se escuche, para tener la autoridad que tienen ellos? ¿Por qué los hombres a medida que se hacen mayores ganan en autoridad, en sabiduría, en respeto, y a nosotras se nos aparta? Es uno de los temas que inevitablemente quería tratar en este libro.

¿Es libre cuando desaprende?

Sí, desaprender la herencia y perderle el respeto, porque finalmente el respeto también se construye a partir de esta herencia. Entonces, en este proceso de desaprender es cuando una entiende el derecho que tiene de poder vivir con la libertad más grande posible también, y señalando todas estas agresiones y poder... A ver, es muy difícil recuperarse de un abuso, de una violación o de un maltrato que se alarga en los años, es una herida que no se cierra nunca, vas cargando con aquello, pero puedes saber en qué lugar colocarlo. Hay muchas maneras de construirse como mujer o como lo que sientas que eres. Bien, ahora estoy intentando hablar de alejarnos de esta construcción única que domina el mundo, que es la masculina, heterosexual, este patriarcado que se impone. Entonces, yo quiero poder comprar un libro de una mujer y detestarlo. Quiero poder comprar un libro de una mujer y no sentirme en ningún momento identificada con esta mujer, porque quiero saber que esta experiencia también existe. Nos dicen lo que es la literatura a la que tenemos que aspirar, desde pequeñas nos dicen que como nos están educando igual que a tu primo, tendréis las mismas posibilidades en la vida y todo será fácil, que habrá igualdad, pero después no es así. Estás leyendo a un señor que no tiene en cuenta que está hablando con otros señores de cosas de señores y cuando tú apareces es porque te quieren tocar el culo o porque necesitan un objeto bello con el que no dialoguen.

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¿Solo se puede detectar el maltrato hablando del maltrato desde el punto de vista de una mujer?

Yo creo que sí, y además se tiene que hablar y se tiene que seguir hablando y se tiene que continuar hablando porque los mismos mecanismos de este contexto te hacen dudar de tu historia. He escrito una novela porque quería usar todas las herramientas que te da la literatura, para que la ficción colocara al lector o a la lectora en lugares donde no se le permitiría colocarse si supiera que esto es todo verdad. Cuando lees El consentimiento, de Vanessa Springora, o cuando lees Mi verdad, de Joyce Maynard, en estas autobiografías hay una persona hablando de su vida y hablando de su agresor con nombre y apellidos. La lectora nunca se podrá poner en el lugar que sí que le permite la literatura. Hay un personaje que es un profesor universitario que construye una red transparente durante todo un año, en todo un curso académico, alrededor de una alumna a la que finalmente el año siguiente consigue atrapar y tener la intimidad que a él le conviene construir con ella. Como autora, la ficción se impone y puedes, como lector o lectora, ponerte en el lugar de la protagonista y enamorarte de un maltratador y, cuando te has enamorado del maltratador, hacerte todas las preguntas, de por qué me he enamorado del maltratador durante los diez minutos que me ha durado la lectura de estas páginas. Entonces, que el lector haga este esfuerzo de entender todo este despliegue, todo este mecanismo, como es de difícil para una mujer maltratada señalar que está siendo maltratada y alejarse de su maltratador.

Siempre hay alguien que dice: “Pero son adultas”...

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Duele mucho escuchar esto, duele, duele porque si alguien no es capaz de entender que una mujer de 19 años que no sabe casi nada de la vida, que acaba de salir del pueblo, que llega a una Facultad de Bellas artes, a un Institut del Teatre, a un lugar donde le están mostrando lo que a ella le da más placer, le están mostrando el acceso a los libros, el acceso a conocer su cuerpo... Es muy siniestro que una persona desde fuera no entienda que esta otra persona que hace abuso de su poder está siendo absolutamente cruel, egoísta. Una persona que abusa del género. Son los amos del mundo. El mundo está hecho para que ellos puedan coger lo que les apetezca. Como puedes abusar de tu género, como puedes abusar de tu experiencia, abusar de la cátedra, tú eres la figura que estas mujeres más admiran porque quieren ser cómo tú, porque les han prometido que podrán ser cómo tú, si haces lo que tú les dices que hagan. Entonces aquí, ante esta evidencia, que la respuesta de algunas personas sea todavía esta, “es que eran mayores de edad”, estaban naciendo a la vida, estaban teniendo las primeras relaciones sexuales, se estaban enamorando por primera vez, estaban responsabilizándose de ellas mismas por primera vez, estaban fuera de la mirada autoritaria de los padres muchas veces por primera vez, me parece que es una falta de respeto absoluta y una actitud siniestra.

¿Para hablar tiene que haber un reconocimiento de los demás?

Sí, y esto es lo que está pasando ahora. Es muy doloroso escribir una novela así, duele, pero es necesario, este faltarse al respeto, este saber que como autora tú no eres importante, tú desapareces en la obra. Cuando piensas es más evidente, cuando escribes tiene que ser igual. El libro tiene que contener el dolor que yo siento, la rabia que he podido sentir, tiene que transmitir esta verdad.

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¿Se ha sentido poniéndose a usted misma a la intemperie?

Es lo que he hecho siempre. Para mí es un esfuerzo tratar ciertos temas, pero entiendes que es importante para las mujeres que vienen detrás... Me daba mucho miedo que mi madre leyera este libro, pero le decía, “Piensa en tu nieta, que tiene que ir a la universidad o a cualquier lugar donde su madre, la familia, piense que está en un lugar seguro y que esté en un lugar seguro, porque estos abusos de poder pasan constantemente, en las universidades pasan constantemente, y todo el mundo lo sabe y todo el mundo lo permite”. El departamento de Pintura de esta novela permite que esto pase, se lo aplauden. Entonces, claro, este perfil de hombre lo que hace es reafirmarse. Lo tenemos que verbalizar y cuidarnos las unas a las otras.

La pintura es un acto físico.

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Escribiendo La anguila quería que fuera carne que late, que quieres atrapar y que se escapa, que no puedes retener. Durante mucho tiempo, además, pensaba que era carne caliente y la metáfora de la anguila me iba muy bien también para hablar de la belleza. De qué idea de belleza tenemos habitualmente tan única, tan pobre. La belleza está en muchos lugares, y se puede acceder desde muchos lugares, y la anguila es bella. La historia de la anguila, cómo es de misteriosa la anguila. La larga travesía que hace, todas las mutaciones que tiene que hacer para poder sobrevivir. Entonces yo quería que la escritura fuera igual de física que la pintura y me sorprendió y alegró encontrar una cita. Estaba leyendo un libro de Chirbes y en un fragmento habla de la anguila, de un niño a quien dejan el cesto de anguilas y él lo tiene que cuidar. Entonces dice: “Y metía la mando dentro y no podía, le daba asco y repulsión, pero no podía dejar de acariciar aquellos cuerpos resbalosos y fríos ”. Esto es la anguila. El no poder volver con el profesor universitario, no poder no enamorarte de alguien que puede llegar a ser muy asqueroso, que puede... que te está haciendo mucho daño.