Festival Grec 2022

El Grec empieza bailando a la alegría de sobrevivir en grupo

El festival vuelve a la normalidad prepandémica con tres coreografías espectaculares interpretadas por la Nederlands Dans Theater

BarcelonaSi las piedras hablaran, seguramente el muro monumental que hace de telón de fondo del Teatre Grec habría respirado profundamente y habría concluido este miércoles que, por fin, todo ha vuelto a la normalidad. Con mascarillas contadas, abrazos y besos a diestro y siniestro, y el gel hidroalcohólico olvidado en las catacumbas de los bolsos, la pandemia ha dejado de gobernar la inauguración del Festival Grec para dar paso a las ganas de salir, encontrarse y disfrutar de la cultura como antes. "Tenemos ganas de transmitir sensación de optimismo, de salir adelante", ha afirmado ilusionado el director del Grec, Cesc Casadesús, desde arriba de las escaleras de los jardines de Montjuic, entre apretón de manos y apretón de manos.

Entre los asistentes a la inauguración se ha podido ver un amplio despliegue político. La presidenta del Parlament, Laura Borràs, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, prácticamente han llegado a la vez, han intercambiado un saludo cordial y sus caminos enseguida se han separado. Colau se ha encontrado con la consellera de Cultura, Natàlia Garriga, y el teniente de alcaldía de Cultura, Educación, Ciencia y Comunidad, Jordi Martí. "Tengo muchas ganas de ver este espectáculo", ha exclamado la consellera al ver a la alcaldesa, y Colau le ha respondido que ella compartía la emoción por la danza contemporánea. La frialdad entre los socios del gobierno de la Generalitat, en cambio, se percibía en la platea: Chaparral y Borràs se han sentado casi de lado, pero los pocos minutos antes de empezar el espectáculo no han derivado en ninguna conversación entusiasta entre las dos.

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El mundo cultural también se ha paseado por los jardines de Montjuic con su máximo esplendor. Los actores Carlos Cuevas y Miki Esparbé han sido de los primeros en pasar por el photocall, que se ha ido animando a medida que llegaba la procesión inacabable de gente típica de las inauguraciones del Grec. La casualidad ha hecho que, por pocos minutos, no coincidieran con el dramaturgo y director Guillem Clua, autor de la serie Smiley, que justamente están rodando estos días. A pocos metros, los regidores Ferran Mascarell y Neus Munté charlaban efusivamente mientras el festival recibía a otras caras conocidas como los actores Marc Cartes y Roger Casamajor, y a las actrices Sílvia Bel y Laia Marull.

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Un canto a la comunidad y una puesta de sol

"Tenia muchas ganas de inaugurar el Grec con danza y no podía ser cualquier espectáculo", comentaba Casadesús sobre el espectáculo inaugural, que reconocía que era "arriesgado", pero "con unos bailarines de nivel excepcional". Comenzar el festival con una coreografía de aires apocalípticos después de dos años de pandemia tiene, cuando menos, su gracia. En el escenario, unas figuras geométricas blancas remitían a una Antártida en un deshielo inexorable. Los bailarines de la prestigiosa Nederlands Dans Theater (NDT 1) –una de las mejores compañías de danza del mundo– han irrumpido con contorsiones imposibles y solo con el canto de los grillos y la respiración del público de trasfondo hasta que la música de Richard Wagner, John Cage, György Ligeti y Jean Sibelius ha convertido aquel panorama desolador en un canto a la comunidad.

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La coreografía de Marina Mascarell titulada How to cope with a sunset when the horizon has been dismantled (Cómo hacer frente a una puesta de sol cuando el horizonte ha sido desmantelado) ha cambiado la manera de bailar referentes de la música clásica y moderna para acabar reivindicando la alegría de sobrevivir en grupo, mientras la noche se desplegaba en Barcelona y los intérpretes observaban abrazados una puesta de sol. Con la oscuridad también ha llegado la tenebrosa Bedroom folk, de Sharon Eyal y Gai Behar, una espectacular pieza de movimientos cortísimos y sincopados que ha transformado a los intérpretes en una bandada de cuervos fantasmagóricos.

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Vestidos completamente de negro y regidos por la música electrónica de Ore Lichtik, los 18 bailarines se han movido como un solo ser incansable que a veces parecía una araña, otros un ejército dispuesto a rebosar sangre, otros una máquina programada para acabar con todo lo que se le ponga delante. Si clavar todos los movimientos y no perder la coordinación ya parecía obra de robots más que de personas, la NDT 1 todavía ha ido más arriba con One flat thing, reproduced, de William Forsythe, un clásico de la danza contemporánea y el colofón de la inauguración. 20 mesas con un espacio mínimo de separación entre ellas, 20 bailarines repartidos por el escenario e infinitas posibilidades que en cualquier momento toparan entre ellos mientras saltaban y giraban a gran velocidad. Cómputo del espectáculo: ni una mesa fuera de lugar, ni un intérprete fuera de ritmo y una esperadísima ovación final.