Róbanos, por favor
En cuestión de días, el Barça ha perdido bueyes y cencerros. No puede decirse que los del Metropolitano y Montilivi sean dos accidentes sorprendentes sin importancia, porque ambas derrotas emiten señales preocupantes con consecuencias directas en las opciones para reeditar dos títulos. Hansi Flick llevaba ya varios partidos con la mosca subiéndole a la nariz. Él detecta enseguida el estado de ánimo del vestuario y, al igual que percibió en Stamford Bridge que estaban a punto de dar una vuelta hacia mejor, en las últimas semanas estaba viendo que la tendencia no era la deseada. Había subrayado la poca concentración con la que los jugadores salían en las primeras partes, se quejó de la intensidad en la presión y los duelos y también puso el foco en la dificultad para marcar goles. Flick no soporta la desaparición del hambre.
Después de entregar en bandeja el liderazgo de la Liga al Real Madrid de Arbeloa (!), Flick decidió dar dos días de descanso a la plantilla buscando un "reset" mental. "Quizás están cansados", dijo, sin saber (o querer) concretar el porqué del bajón general. Si a este Barça le quitas la exuberancia ofensiva queda desnudo. Ni un crimen como el del dueto Soto Grado - Gálvez Rascón escondió que el conjunto azulgrana se había ido derribando a Jas como se ha ido deshaciendo. primera vuelta, Míchel le había dado unas cuantas lecciones a Flick, pero volvió a caer en la trampa: y eso es responsabilidad suya. La indignación con el arbitraje, completamente justificada, no podía tapar el harakiri protagonizado en el césped.
Cuando los malos arbitrajes españoles, de larguísima tradición histórica en contra del Barça, cobran tanta relevancia es porque falla el fútbol. Decía Pep Guardiola que no se le podía dejar margen al azar: hay que ser excelente para evitar que los hombres de negro sean determinantes. Y ahora es la hora del entrenador: Flick, que todavía tiene la credibilidad intacta, debe demostrar mayor amplitud táctica y que es capaz de hacer evolucionar su fórmula. No hay que pedirle que se traicione a sí mismo, sino confiar en que dará alternativas a sus jugadores, hartos de correr persiguiendo sombras en transiciones sistemáticas. Nos encontramos en un momento clave que puede definir no sólo el desenlace de la temporada, sino también la longevidad del proyecto de Flick. Los partidos que vienen se han convertido en el barómetro de un ideario.