Una muerte para marcar un antes y un después
La desgracia de esta semana en España lleva el nombre de Jesús y ocurrió en Tenerife. Jesús (de Miguel) es como se llama el futbolista del equipo canario que corría al contragolpe en busca del 3-2 en la última jugada de un partido de Liga contra el Andorra. Y Jesús (Owono) es el portero que saltó a la desesperada para impedir que su conjunto dejara de sumar un punto en campo contrario, en un momento de todo o nada bastante habitual en un contexto de alta competición futbolística (Segunda División, en este caso).
Una mezcla de fatalidad e imprudencia ha acabado con la muerte de De Miguel a causa de la terrible contusión que sufrió por el choque con Owono. Fatalidad porque el golpe fue de rodilla en el pecho y le provocó una parada cardiorrespiratoria con consecuencias neurológicas irreversibles. E imprudencia porque la salida del jugador del Andorra fue temeraria. De hecho, la infracción fue debidamente castigada con tarjeta roja directa y Owono se expone ahora a una sanción de hasta 12 partidos oficiales por la peligrosidad de su acción.
De Miguel –y todos sus familiares, amigos y compañeros– es la víctima evidente de esta secuencia trágica. Pero colocar a Owono en el otro lado, casi como un verdugo, es perder de vista que el fútbol es un deporte de contacto y de errores en un milisegundo. Ya bastante tendrá que arrastrar toda la vida este chico de 25 años después de provocar sin querer –en una acción del juego que tanto nos gusta, y no borracho en la carretera– la muerte de un compañero de profesión. Hace daño solo escribirlo. De Miguel no necesita ser vengado con una pena por homicidio imprudente. Ya es suficientemente doloroso, todo ello.
Centrémonos, pues, en convertir esta lamentable pérdida en un antes y un después para evitar que vuelva a pasar. Pongamos el foco en si se pueden jugar partidos en estadios con accesos adecuados para que entren ambulancias. O planteémonos si los futbolistas, ahora que el juego es más físico que nunca, van lo suficientemente protegidos en caso de chocar con sus rivales. Hace 30 años, los ciclistas profesionales bajaban puertos de montaña sin más protección que una gorra. Ahora, en cambio, no pueden competir sin casco. Tuvo que morir Andrei Kivilev en 2003 para hacerlos obligatorios. Pensemos en ello.