La noche que Badalona soñó con otra estrella
Familias, petardos y abrazos convirtieron la plaza President Tarradellas en una grada mundialista
BadalonaSi Barcelona no instaló una pantalla gigante, los municipios de alrededor sí que lo hicieron. Badalona, por ejemplo. Mientras el alcalde, Xavier García Albiol, seguía el Mundial desde Nueva York, la plaza President Tarradellas se convirtió en el punto de encuentro de miles de aficionados dispuestos a empujar a la selección española hacia una nueva final.
Mucho antes del pitido inicial, el partido ya se jugaba en las calles. Camisetas de todas las épocas –las del Mundial de Sudáfrica, las de las últimas Eurocopas, réplicas retro, algunas falsificadas y hasta alguna del Barça o del Español– desfilaban hacia los alrededores del Pabellón Olímpico. Se llegaba andando, en bicicleta, en autobús, en tranvía, en moto o en taxi. Por doquier se veía un mar de camisetas de la selección.
Las gradas improvisadas se fueron tiñendo de rojo, salpicadas por el blanco de la segunda equipación de la roja. Cientos de banderas españolas ondeaban sobre los hombros de los aficionados, entre las cuales también se dejaba ver alguna cruz de Borgoña. En cambio, ni rastro de senyeras. El ambiente recordaba más una Fan Zone de una gran competición internacional que una plaza del área metropolitana.
Una plaza, seis maneras de vivir una semifinal
Víctor, badaloní "de toda la vida", había ido con toda la familia. Una decena de personas reunidas para compartir lo que consideraba "la primera de dos finales" del equipo de Luis de la Fuente. "Confiamos en él al cien por cien", aseguraba. Si tenía que escoger un goleador, no dudaba: "Oyarzabal o Merino. Siempre aparecen cuando más falta hace".
No todo el mundo, sin embargo, animaba a España. Alfredo, argentino, esperaba una victoria francesa. Pensaba en una hipotética final contra Argentina, que podía ser "el último baile de Messi". Aseguraba que no se había perdido ninguno de los partidos del Mundial y pronosticaba un 2-1 para Francia o una clasificación en los penaltis. "El fútbol rompe muchas amistades", dejaba ir.
También seguía el partido Marina, una joven del suroeste de Francia que vive en Barcelona. Con una camiseta del Mundial de 1998, confiaba en un triunfo francés por 3-2. Reconocía, sin embargo, que aquel había sido "el Mundial del sufrimiento".
A pocos metros, Iván, de Santa Coloma de Gramenet, pronosticaba un 1-2. Su hijo afinaba aún más la porra: "2-3, ¡con goles de Cucurella, Lamine y Pedri!". Recordaba con amargura la eliminación de Qatar, que atribuía a "un robo de Infantino", y soñaba una final contra Inglaterra. Sus cuatro hijos, todos con camisetas de diferentes Mundiales, habían crecido escuchando las gestas de 2010. "Se saben de memoria el gol de Iniesta", explicaba.
Después de la eliminación de Marruecos, Achraf también se había sumado a la afición española. Esperaba que la roja llegase hasta el final, aunque admitía que una hipotética final contra Inglaterra sería "imposible de pronosticar".
Quien más sufría, sin embargo, era Romero. Cerveza en una mano y la mirada clavada en la pantalla, gritaba cada jugada como si estuviera en la grada de un estadio. Estaba convencido de que, si España superaba a Francia, acabaría jugando la final contra Argentina. "Lamine y Merino", respondía cuando le preguntaban por los goleadores.
Veinte minutos de silencio y un penalti para enloquecer
Desde el primer minuto, el público vivió el partido entre los nervios y la concentración. Uñas mordidas, el corazón en un puño y un silencio que solo se rompía cada vez que Mbappé se acercaba al área española. Nada parecía alterar los ánimos hasta el minuto 21, cuando el árbitro señaló penalti a favor de España y la plaza enloqueció.
Oyarzabal no falló desde los once metros. Su gol acercaba a la roja a una nueva final mundialista y desataba la euforia en Badalona. Petardos, bengalas, abrazos, gritos y alguna lágrima acompañaron una celebración compartida por pequeños y grandes. Aún quedaba mucho partido, pero, por unos instantes, la final ya se podía tocar con la punta de los dedos.
El gol del guipuzcoano liberó la tensión, pero solo durante unos minutos. Cada oportunidad de Baena o de Fabián Ruiz levantaba a los aficionados de los asientos y acababa con un suspiro de decepción. La calma tensa volvió a apoderarse de la plaza President Tarradellas. España dominaba, pero el marcador continuaba demasiado corto y, a cada minuto que pasaba, los nervios ganaban terreno.
Porro iniciaba una noche de máxima celebración
En la reanudación, los alrededores del Pabellón Olímpico recuperaron la calma tensa. Entre cenas improvisadas y cervezas, los aficionados de la selección esperaban el segundo gol que acercara definitivamente a España a una nueva final. Llegó en el minuto 58, cuando Pedro Porro hizo estallar de alegría la plaza. Las cervezas volaron, los petardos retumbaron y los gritos acompañaron una celebración desbocada de los miles de aficionados, rendidos ante el gran inicio de la segunda parte de los de Luis de la Fuente. El tercer gol, obra de Lamine Yamal, llegó a enloquecer la plaza, pero la alegría duró muy poco: el fuera de juego señalado por el equipo arbitral aplazó una fiesta que parecía cuestión de tiempo.
Cada sustitución del once de Luis de la Fuente era recibida con una ronda de aplausos. También cada balón que acababa en las manos de Unai Simón, que firmó una actuación sólida, a pesar de algún error puntual que hizo contener la respiración en la plaza.
Con los nervios de los últimos minutos, marcados por las interrupciones constantes y el paso lento del reloj, la semifinal se encaminaba hacia el desenlace esperado. El pitido final confirmó el billete de España para su segunda final mundialista. Entonces sí, la plaza President Tarradellas estalló de alegría: abrazos, petardos y cánticos para celebrar un nuevo capítulo de la historia de la roja, clasificada para la final gracias al 0-2 contra Francia.
Celebraciones en Plaça Catalunya
A pesar de que Barcelona no había instalado ninguna pantalla gigante para seguir las semifinales, pocos instantes después de acabar el partido aficionados de la selección española se reunieron alrededor de la fuente de Canaletas –lugar de celebración de los títulos del Barça que ahora está en obras– para celebrar la victoria del combinado de Luis de la Fuente. Las bocinas, las banderas de España y los gritos de apoyo a la selección —con algún recuerdo también hacia Francia— se apoderaron del centro de la capital de Cataluña.