Real Manicomio CF
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El Real Madrid se ha convertido en un manicomio y eso es justo lo que Mourinho quiere. Porque él, no lo olvidemos, es quien metió el dedo en el ojo de Tito Vilanova y también fue él quien construyó un clima irrespirable, asquerosamente tóxico que concluyó en cisma entre los jugadores madridistas y los culés. Mourinho ha vuelto, se ha quitado por fin la careta de señor maduro que peina canas con el carácter templado y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un agitador.
El clima de histeria que se vivió en el Bernabéu es solo el preludio de lo que nos espera: sólo se han disputado ocho jornadas y nos quedan 30 por delante, así que más nos vale hacernos a la idea de que esto acabará tal y como nos temíamos cuando el Madrid anunció su fichaje. Mal, vamos. Meditación, yoga, mindfulness o ansiolíticos, elijan su propia aventura porque en el barro, en la porquería, citando a Pep Guardiola, Mourinho es el puto amo y se seguirá revolcando hasta que logre desquiciarnos a todos. Mientras siga señalando a los árbitros y en el estadio se coree corrupción en la Federación no se hablará de fútbol, que en el fondo es la clave cuando su equipo sigue dando tumbos y a seis puntos del Barça.
Lo peor es que su plan por ahora está funcionando y el ruido se come el debate futbolístico. Igual que es inútil discutir con terraplanistas porque los argumentos racionales no sirven, mejor no perder el tiempo intentando convencer a los hiperventilados mourinhistas que el tirón de pelo de Vinicius es roja aquí y en la China Popular y que muy probablemente se perderá el clásico de aquí a dos semanas porque son las reglas y no las he inventado yo, ni Flick, ni siquiera Negreira. En el fango ultra, negacionista, mejor no meterse porque la única certeza es que saldrás hecho unos zorros.
Haría bien el Barça en no hacer ni puñetero caso y seguir por su caminito: pleno de victorias, igualando el mejor arranque liguero, con todos los jugadores hambrientos y enchufados y un entrenador que sabe lo que se hace. Bailarle el agua a Mourinho es mal negocio y no hay ninguna necesidad cuando sobre el terreno de juego demuestran que no hay ninguna duda. Que suban los decibelios de la megafonía en el Bernabéu, que se rasguen las vestiduras en Real Madrid TV, que chillen y pataleen, que el manicomio siga con su alboroto, que al final, la pelota manda.