La primera mascota de la historia del Girona
Martí Palahí, uno de los fundadores de la Penya Gironina, era el Geroni, ideado entre finales de los ochenta y principios de los noventa
GeronaSi las nuevas generaciones del Girona saben perfectamente quién es la Mosca Sisa, la mascota oficial del club desde 2020, y las generaciones un poco más antiguas conocieron al Carmany, surgido de un dibujo de la campaña Tots som Girona de 2011, hay que ser realmente un aficionado de toda la vida para recordar al Geroni, surgido a finales de los ochenta y principios de los noventa, con el equipo luchando por ascender a Segunda División. Ahora lucha por volver a Primera y recibe este domingo al Mallorca en Montilivi (21 horas, LaLiga TV Hypermotion). “Fui yo el que se puso ahí dentro a pasar calor como un desgraciado”, explica Martí Palahí (Girona, 1964), uno de los fundadores de la Peña Gironina en el año 1982.
“En aquellos tiempos, era diferente. Nos conocíamos todos. Cuando nos encontrábamos en el campo, nos señalábamos. Mira, hoy está fulanito o menganito. Un día éramos 300, el otro 200. Había partidos en los que incluso nos contábamos”, confiesa el ahora encargado del bar del campo de Can Gibert. Palahí ha pasado muchos años detrás de una barra. Estuvo en la Devesa, en Torres de Palau, en Sant Gregori o en Banyoles, donde plantaba banderas blanquirrojas ante la incredulidad del personal. “Había un odio increíble, pero no podía evitarlo. Entonces hacía una foto y la enviaba, para que los amigos lo vieran”, dice, entre risas. También llevó los bares del estadio de Montilivi, donde hizo el recorrido conjunto de Tercera al primer ascenso a Primera. “Me perdí el año del ascenso porque tuve un grave accidente de moto y me ingresaron un mes y medio en la UCI. ¿Recuerdas la botella que alguien le tiró a la cabeza al linier del famoso Girona-Lugo? Pues salió de mi bar. Fue un error mío, no podía darlas con tapón y lo hice”, confiesa.
Palahí empezó a ir al fútbol acompañando a su vecino, y le gustó tanto que no se separó. “Vivía en Sant Daniel e iba en bicicleta. Entonces, con los de la pandilla con los que nos juntábamos en el campo, hicimos la Peña y fui el primer socio. Debíamos ser unos diez o doce, al principio. La sede era el Rhin Bar, el autobús para los desplazamientos salía de allí”, concreta. Algunos de los compañeros de aventuras eran su hermano Josep, Lluís Bosch o Albert Mateos, que años más tarde sería directivo del club, responsable del área social y uno de los promotores del equipo Genuine. “Éramos los más radicales del grupo. A Albert le llamábamos el Banderola, porque siempre llevaba una bandera muy grande. Habíamos tenido muchos enganchones por el fútbol. Más de dos y tres veces salté al césped a buscar al árbitro, le quitaba el aire a las ruedas del coche o le había ido a esperar a la autopista”, explica. Pero no todo fueron fechorías: “Yo era repartidor de carne y cuando los jugadores se encerraban porque no cobraban, me acercaba al estadio y les repartía para que comieran. La hacían a la brasa”. Mejor hablemos del Geroni, que nos desviaremos.
“A Carles Teixidor, directivo y presidente, se le iluminó que se tenía que hacer un llavero, y el llavero resultó ser un perro, Geroni. Después pensamos que debíamos tener una mascota idéntica al llavero. Y nos pusimos a buscar. Dimos muchas vueltas, pero no encontrábamos un disfraz igual en ninguna parte”, describe Palahí, a quien unos conocidos dieron la solución. “Un grupo que frecuentaba el Rhin Bar se fue de vacaciones a Nueva York, vieron el disfraz de un león y lo compraron. Era lo más parecido a un perro que podíamos tener. La primera mascota del Girona viene de los Estados Unidos, sí”, puntualiza.
Como era tan atrevido, se puso el disfraz por pura iniciativa. “Me vestía en Montilivi mismo. Al lado de las oficinas teníamos un almacén para dejar el material de la Peña, y me cambiaba allí. Nos movíamos por el estadio como si fuera nuestra casa. Entraba al césped, hacía un poco de show y me sentaba en Preferente. Invitábamos a niños del fútbol formativo y les daba magdalenas, coca-colas, fantas… Así venían y hacíamos más bulto, en la grada”, explica. El disfraz “no se podía romper ni estropear, porque nos habríamos quedado sin. Cuando acababa, lo llevaba a casa y lo lavaba. Y el próximo partido, ¡vuelta a empezar!” Palahí duraría un par de temporadas haciendo de Geroni.
Coscorrones, desapariciones y cabezas de ajo
“No había muchos que supieran que era yo quien se disfrazaba. Uno era Toni Soler, el portero, que es muy bromista. A menudo nos encontrábamos en tribuna. El día que le dejé el Geroni a un amigo, se lo encontró abajo, y le dio una hostia pensando que era yo. Cuando subió las escaleras y me vio, se quedó parado. «¿Qué haces aquí?», me preguntó. «Viendo el fútbol, ¿qué voy a hacer?», le respondí. «¿Y quién hace de león?», insistió. «Un compañero», admití. «Pues le acabo de dar un pescozón pensando que eras tú». Nos hartamos de reír”, dice y estalla como si fuera la primera vez que oye la anécdota. Ahora, sin embargo, se pone serio: nadie sabe dónde está el león. “Fue pasando de mano en mano, y no sabemos quién lo tiene. Lo estoy buscando con Albert Martínez, el coleccionista. Hemos hablado con gente que supuestamente lo debería saber, pero no hay manera”. Desde aquí, un reclamo para la aparición del Geroni.
Todavía hay espacio para otra historieta. “En el Girona-Salamanca del play-off de ascenso a Segunda de 1992, me fijé en que su portero tenía dos cabezas de ajo dentro de la portería. Supongo que sería una superstición. Íbamos 0-0 y cuando me di cuenta, tuve un impulso: si aquello era lo que nos impedía marcar gol, los tenía que quitar”. Dicho y hecho. “En un ataque de los castellanos, salté al campo y se los birlé. Y te lo juro, te lo juro, en el siguiente contraataque del Girona, marcamos gol. Las cabezas de ajo pasaron a ser sagradas. Y eran enormes… Si los hubiera lanzado a la cabeza de alguien, le habría hecho daño”, concluye.