"No, no tenemos vértigo": dos décadas colgando de un sueño llamado Sagrada Familia

Tres grúas y un responsable de edificación explican desde las alturas cómo es culminar la obra más emblemática de Barcelona

Pol Ferré
07/06/2026

Barcelona“Nos sentimos muy afortunados de trabajar aquí. La Sagrada Familia es un icono y un sueño para cualquier oficio relacionado con la construcción. Pero también es una gran responsabilidad, no solo por la historia y el simbolismo del edificio, sino también por toda la gente que tenemos bajo nuestros pies cada día”. Estas son las palabras de Joan Montoya, uno de los tres gruistas encargados de dar forma a la Sagrada Familia. Hace casi dos décadas que los tres trabajan codo con codo para poder acabar cuanto antes mejor una de las obras arquitectónicas más esperadas del siglo. “La verdad es que es un privilegio trabajar en esta obra y, como gruistas, poder manejar grúas de esta capacidad y trabajar a tanta altura”, reconoce José Encina. Junto con Rufino Galán conforman un equipo que ha visto casi la Sagrada Familia en todas las formas posibles. Han compartido anécdotas, retos y sobre todo maniobras. Muchas maniobras. La gran mayoría milimétricas, donde se necesita una gran coordinación entre ellos para mover y colocar las piezas de grandes dimensiones. Cada movimiento suyo ayuda a materializar el sueño que tuvo Antoni Gaudí hace 144 años.

En los casi 20 años que llevan juntos han pasado de ver el templo sin cubierta, a levantar seis torres, las de los cuatro evangelistas, la de la Virgen María y la de Jesús, que están acabando de ultimar y se espera que esté lista para este 2026. Esta será la guinda de un pastel que se alzará hasta los 172,5 metros. Es una obra que ha trascendido generaciones y por donde han pasado un incontable número de personas. Cada una aportando su pequeño grano de arena. “A menudo pienso en todas las personas que han pasado por esta construcción desde 1882. De muchas no conocemos ni el nombre, pero todas han dejado una parte de su esfuerzo y de su oficio. También pienso mucho en mi padre y en toda aquella gente que nos ha transmitido la manera de trabajar: hacer las cosas bien, con responsabilidad y profesionalidad, aunque muchas veces sea desde la discreción”, declara emocionado Jaume Oromí, del departamento de edificación y responsable de medios auxiliares.

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200 metros en 20 minutos

Antes de las ocho de la mañana los tres gruistas ya están en la Sagrada Familia para hacer una reunión técnica rutinaria con Jaume para repasar las tareas que se tienen que hacer durante el día. Cada semana se reparten los puestos de trabajo según un cuadrante, donde van rotando entre la grúa instalada en la torre de Jesús –la más alta de España, con un peso de 330 toneladas y 200 metros de altura–, la grúa ubicada en el patio de materiales, y el tercero, haciendo tareas de supervisión y coordinación. A las ocho en punto el encargado de trabajar en la torre de Jesucristo inicia una ascensión de 20 minutos, desde la base del templo hasta la cabina, donde tiene que coger tres montacargas. El último lo deja en la traba, una pasarela metálica exterior situada a 130 metros de altura que conecta la torre con la grúa. Aquel camino de pocos metros te hace sentir diminuto, con toda la ciudad de Barcelona a los pies, eso sí, no es apto para personas con miedo a las alturas. “No, no tenemos vértigo. Si lo tuviéramos, no podríamos subir”, bromea Encina. Después de cruzarla solo queda subir por la escalera interior del aparato para llegar a la cabina. Una vez se sienta en el asiento, se potencia la sensación de empequeñecimiento, disfrutando de una vista privilegiada de la ciudad, donde puede observar los dibujos únicos que hacen las calles, junto con el mar en el horizonte. “Trabajar en una obra como esta es un reto inmenso, tanto por su magnitud como por su ubicación. Desde aquí arriba vemos Barcelona a nuestros pies y tomamos conciencia de la dimensión real del proyecto. Cuando trabajas aquí cada día puedes llegar a perder un poco la perspectiva, pero yo intento ser consciente constantemente del lugar donde estamos”, dice Oromí.

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Dar forma a esta obra no habría sido posible sin la evolución de la maquinaria y las herramientas de trabajo que existen hoy en día. Antoni Gaudí ya era consciente de que en su tiempo, con las herramientas de que disponía, era imposible levantar esta construcción, pero sabía que a medida que fueran pasando los años la tecnología evolucionaría y que poco a poco su idea acabaría materializada por completo. “Después de la Guerra Civil se perdieron muchos planos, pero se hizo un trabajo inmenso de recuperación de maquetas e información para continuar construyendo la Sagrada Familia tal como la imaginó Antoni Gaudí. Evidentemente, hoy disponemos de nuevas tecnologías, nuevos materiales y normativas de seguridad que antes no existían. Pero el espíritu de la construcción continúa siendo el mismo. Cambian las técnicas y las generaciones, pero la esencia es la misma. Creo que Gaudí estaría contento de lo que estamos haciendo”, reconoce Joan Montoya, asegurando que el resultado final será fiel a la idea de Gaudí. “Es un privilegio poder contribuir a culminar su visión arquitectónica y también una gran responsabilidad, porque intentamos ser tan fieles como sea posible a su espíritu y a su manera de entender la arquitectura”, añade Jaume.

Justamente la figura de Oromí en la construcción de la basílica ha sido fundamental. Jaume actúa como los ojos de los gruistas, sin su ayuda no habría sido posible el levantamiento de la torre de Jesús. Situado en una plataforma a 54 metros de altura, observa y da instrucciones por walkie-talkie, velando porque todas las tareas se desarrollen con la máxima seguridad posible. Los gruistas siguen sus indicaciones con calma para que ninguna pieza que se transporte colisione con ningún elemento arquitectónico. “Aquí nadie puede trabajar solo: lo que no ve uno, lo tiene que ver el otro. Tenemos que ir todos sincronizados y con mucha armonía. Tenemos la responsabilidad de hacer avanzar la obra minimizando cualquier riesgo o molestia para la gente que nos rodea. Y esto convierte cada jornada en un gran reto”, relata Jaume. Aun así, no quiere dejar de lado otro elemento importantísimo: la satisfacción personal y profesional de formar parte de ella. “Hay una parte muy íntima y emocional en todo esto, pero también una satisfacción profesional muy grande. Es una obra que difícilmente te puede dar más de lo que ya te está dando. Creo que la Sagrada Familia ya forma parte del imaginario colectivo de todo el mundo”, añade.

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Apenas queda por ver la Sagrada Familia terminada, concretamente se prevé que lo esté en 2035, cuando todos los elementos decorativos estén acabados. Si bien para ello aún faltan nueve años, los tres gruistas han coincidido en que les resultará extraño ver la basílica sin ningún andamio ni ninguna grúa, pero estarán felices por todo el trabajo que habrán hecho. “Sobre todo sentiremos orgullo. Poder decir que hemos ayudado a acabar una obra que se empezó hace más de 140 años es algo muy grande”, dice sonriente José Encina. Cuando acaben, dejarán atrás muchas anécdotas y momentos especiales que han vivido en estos años; como cuando Rufino colocó el tope, o cuando José vio terminada la torre de la Virgen María, momento que aún hoy le emociona cuando lo recuerda. “Después de 18 años aquí, sentimos que también formamos parte de la historia de la Sagrada Familia. Cada año hago visitas con familiares y amigos y les explico toda la evolución que he vivido: desde cuando la nave central aún estaba abierta y solo se veían andamios, hasta hoy. Hemos pasado la pandemia y muchos momentos importantes, siempre con el esfuerzo de todo el equipo para sacar adelante este proyecto. Para mí, lo más especial es precisamente todo este recorrido,” concluye feliz, Montoya. Cuando les toque decir “adiós” a la obra arquitectónica lo harán con la cabeza bien alta y con lágrimas en los ojos, pero eso sí, orgullosos de haber formado parte de una de las construcciones más importantes de la historia.