OVNIs

Buscando vida extraterrestre en la montaña mágica de Montserrat

Los encuentros mensuales de aficionados que quieren avistar ovnis es una de las salidas estrella para los estudiantes universitarios de antropología de la religión

Guillem Pujol
18/07/2026

Los días once de cada mes, a las once de la noche, una pequeña comunidad se reúne en el Hotel Bruc, al pie de la montaña de Montserrat. El establecimiento se ha hecho recientemente popular por su aparición en la serie La Mesías, pero la cita es mucho más antigua. Hace más de cuarenta años que un grupo de personas acude puntualmente antes de subir hacia un lugar discreto de la cordillera. Una vez allí, observan el cielo oscuro y estrellado con la esperanza de ver algo: una luz extraña, un fenómeno inexplicable, algún indicio de vida extraterrestre.

Una vez al año, los estudiantes de antropología de la religión de la Universidad de Barcelona se suman a este encuentro. Lo hacen de la mano del profesor Manuel Delgado, que ha convertido la visita en una de las salidas de campo más singulares de la asignatura. Este año, sin embargo, la jornada tenía un significado especial. Era la última vez que Delgado asistía como profesor titular antes de jubilarse. Y se notaba.

Diferentes grupos habíamos quedado a las diez de la noche en el hotel. Yo llegaba con el profesor y antropólogo José Mansilla y algunos estudiantes, después de haber cenado en el pueblo del Bruc. En los últimos años, la cuestión ufológica ha ido ganando presencia en este municipio que ocupa un lugar destacado en la historia –y también en el mito– de la identidad catalana. El Bruc da nombre a la leyenda del Timbaler del Bruc: aquel chico que, con el repicar de su tambor amplificado por el eco de Montserrat, habría hecho creer a las tropas napoleónicas que se enfrentaban a un ejército mucho más numeroso. ¿Historia, mito o ficción? Quizás es irrelevante. Las creencias, cuando son compartidas, pueden producir efectos reales.

La conversación durante la cena gira inevitablemente en torno a los ovnis: ¿qué esperáis encontraros esta noche?, les pregunto. Las respuestas son diversas.

—La gente que se reúne aquí tiene una cuenta de Instagram donde suben vídeos de cosas que observan. Yo espero ver algo parecido, dice Judit.

—Yo no espero ver ovnis –dice otra alumna, también de nombre Judit–. Quizás sí, quién sabe. Pero lo que me interesa es ver qué hace la gente que espera ver ovnis.

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—Es que tampoco es nuestro trabajo determinar si son verdad o no –añade Roger–. Lo que nos interesa es entender qué significa todo esto para quien participa.

En la barra del bar, la misma pregunta despierta opiniones menos académicas.

—Yo vivo en el pueblo y veo Montserrat cada día desde casa. Nunca he visto nada extraño –hace una pausa–. Ahora bien, tengo un amigo de Sant Hilari que grabó unas luces muy raras con el móvil. Cuando lo ves, piensas: “Esto es extraño”.

—Caty sí que vio algo –interviene la camarera–. Una especie de presencia que se levantaba del suelo.

Antes de que pueda continuar, un tercero, escalador habitual de la montaña corta la conversación:

—Eso son los porros que se fuman cuando llegan arriba.

Las risas cierran provisionalmente el debate.

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Terminada la cena, nos dirigimos hacia el hotel. Poco a poco, los estudiantes se concentran en las escaleras. Delgado aprovecha los últimos minutos antes de empezar para acabarse el bocadillo que ha traído de casa. Es un buen momento para hablar con él.

Hay dos salidas de campo principales en la asignatura –explica–. Una es la procesión de Semana Santa de L'Hospitalet de la Cofradía del 15+1 y la otra es esta. Aquí estudiamos los cultos ovni, un fenómeno que aparece sobre todo a partir de los años cuarenta y cincuenta. La idea central es que la noción tradicional de sobrenaturalidad es sustituida por una idea de sobretecnología. Pero, en el fondo, la lógica es muy similar.

Da un bocado al bocadillo antes de continuar.

—Estos movimientos se han de situar también en el contexto de la Guerra Fría. Los miedos colectivos adoptan formas diferentes según cada época. En aquel momento, la amenaza venía de fuera, de lo desconocido. Los extraterrestres se convertían en una manera de expresar estas inquietudes.

— ¿Y Montserrat? –pregunto.

—Era casi inevitable que apareciera aquí. Los lugares que ya acumulan leyendas, misterios y relatos sobre otros mundos tienden a atraer nuevas narrativas del mismo tipo. Hay una cierta continuidad.

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Para Delgado, el verdadero objeto de estudio es otro: en la asignatura nos interesa la comunicación con lo invisible. La idea de que existe una realidad paralela a la nuestra y que, en determinados lugares o circunstancias, se pueden establecer puentes entre las dos. Montserrat reúne muchas de las características que facilitan este tipo de imaginarios.

Cuando le pregunto qué espera que observen los estudiantes, responde sin dudar.

—La asignatura entera gira en torno a una pregunta: ¿qué es exactamente lo extraño? ¿Y hasta qué punto es responsabilidad nuestra decidir si estos fenómenos son ciertos o falsos? Mucha gente encuentra extravagante que alguien dedique tiempo a estudiar cuestiones asociadas a la irracionalidad o al delirio. Pero precisamente por eso son interesantes.

A su lado, el antropólogo Gerard Horta, también profesor de la asignatura, añade:

—Nosotros aspiramos a comprender. Nos interesa saber cuál es la base social de la credibilidad. ¿Por qué determinadas experiencias resultan convincentes para algunas personas? ¿Qué las hace plausibles dentro de un determinado contexto cultural?

—Hay gente que hasta cree en la democracia –interrumpe Delgado, provocando algunas risas.

Su ironía es conocida. Cuando le pregunto sobre la reciente desclasificación de documentos sobre fenómenos aéreos no identificados en los Estados Unidos por parte del ministerio de Defensa, remacha: No nos interesa nada. Si los extraterrestres existen o no, es una cuestión secundaria para nosotros. Lo que nos interesa es que hay personas que creen en ello. Queremos entender cómo interpretan el mundo, cómo construyen sentido y cómo incorporan estas ideas a su experiencia cotidiana.

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Hace una pausa.

—La cuestión fundamental es que los humanos siempre hemos imaginado realidades invisibles. Dioses, espíritus, antepasados, extraterrestres. Las formas cambian, pero la necesidad parece persistente.

Y remata la reflexión con una de sus provocaciones habituales: el misterio no es que la gente crea en extraterrestres, dice. El misterio es que haya personas que dediquen su vida a defender y promover algo llamado cultura catalana, que nadie ha sabido explicar nunca exactamente qué es, dónde está, ni cómo es.

Se ha acabado el bocadillo, y la escalinata llena de estudiantes espera sus palabras. Cuando finalmente se levanta, Gerard Horta y José Mansilla le acompañan.

—Eh, a ver: ¿vosotros creéis en el amor?

Acabada la intervención entre aplausos, la comitiva de jóvenes antropólogos se dirige hacia el lugar indicado. La emoción es palpable entre los alumnos. La noche es clara, la luna menguante, y el perfil único de la montaña lo acompañan cientos de estrellas visibles. La temperatura es agradable, aunque el fuerte viento cala en los huesos a medida que pasa el rato.

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Una vez allí, aprovecho para hacer un trabajo similar al encomendado a los estudiantes. Escucho a la gente, intentando comprender. Entre la multitud conozco a Lucho y a Gali, provenientes de Uruguay. Él ya hace más de veinte años que vive en Barcelona, pero ella ha viajado desde Israel.

"Yo siempre he sido aficionado a la ciencia ficción", explica Lucho, "Star Wars, todas estas cosas; siempre he pensado que no estamos solos, hay tantas estrellas, tantas galaxias, tantos mundos".

Gali recuerda una experiencia de infancia en Uruguay: "Había una mujer que decía que se comunicaba con gente del espacio. Fue la primera vez que oí hablar seriamente de estas cosas".

También menciona las conferencias de Sixto Paz, una de las figuras más conocidas del contactismo hispánico. "Él decía que para comunicarte con ellos se necesitaba una preparación especial. No todo el mundo está preparado", dice él.

Una luz en el horizonte

Mientras camino entre la gente, vislumbro un hombre equipado con un potente puntero láser que sigue una luz visible en el horizonte, moviéndose entre las estrellas. Diversas personas observan, atentas, en la misma dirección. De repente, la luz desaparece. Se escucha un “oh” colectivo seguido por unos segundos de silencio tenso, que, interpreto, es leído de la siguiente manera por parte de algunos: ¿y si...? Después, la normalidad vuelve con la misma rapidez con la que había desaparecido.

¿Qué ha sido aquella luz? Yo también me lo pregunto, pero no tengo ninguna respuesta. Podría ser cualquier cosa, me digo. Un avión, un dron, o todas las otras cosas que podrían ser y que desconozco.

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Un poco más allá, encuentro a José y Rosi, que vienen acompañados de su hijo y su hija.

—Es la tercera vez que venimos, pero todavía no hemos visto nada –explica José–. Pero Rosi sí que ha visto algo –añade–. Rosi niega con la cabeza y dice: fue mi tío quien tuvo la experiencia.

La historia es familiar. Hace años, paseando por la montaña, asegura que vio algo extraño. Según explica la familia, llegó a casa completamente alterado después de que una luz lo iluminara. "Era una luz tan caliente", explica ella, "que él se acabó haciendo pis encima". Durante mucho tiempo prefirió no hablar de ello por miedo a que lo tomaran por loco.

“Pero ahora las cosas han cambiado. Este tema ya no es un tabú”, dice ella. El resto de la familia está de acuerdo.

Algunas personas explican que sienten una energía extraordinaria asociada a Montserrat. Otras hablan de vibraciones, intuiciones o conexiones espirituales difíciles de describir. Pero no todo el mundo va buscando trascendencia.

Marc forma parte de un grupo de amigos que hace poco más de un año se ha incorporado a la comunidad del Hotel Bruc. Consecuentemente, cada día 11 se encuentran en este lugar donde estamos ahora.

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—Yo había oído hablar de ello hace muchos años porque vivo cerca de aquí y casi por casualidad dijimos hostia, vamos a mirarlo. Y desde entonces que venimos. Es más bien un encuentro social para nosotros. Está la curiosidad, pero cada uno tiene de diferentes, como en cada grupo de gente. Ah, y también cantamos, pero eso ya es una cosa más larga de explicar...

—Es una especie de ritual de comunidad –dice un segundo, también parte del grupo–.

—Nos encantaría ver algo, pero hasta ahora todo esto tiene más pinta de fantasía que de otra cosa.

—Bueno, ¡algo hemos visto, eh! –le responde. Y hace referencia al avistamientode unos minutos atrás–. Yo nunca había visto esta luz intermitente en un espacio donde no hay nada y que de repente desaparece.

Con un tono más serio, me mira y me dice: también me hace gracia esta gente que dice que viene aquí solo para reír y pasarlo bien... porque si vienen aquí es que algo quieren creer, ¿verdad?

—Montserrat tiene magia –dice otro.

—Y que puedes conocer gente sin bajarte una app –apunta un cuarto.

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De vuelta, ya en el coche, comento con uno de los alumnos cuál ha sido su experiencia. "Ha sido muy interesante –dice–. Poder estar en aquel lugar, ver las estrellas y observar la atmósfera que se genera..., pero me da un poco de pena no haber visto nada más. Tenía un poco de esperanza".

Como en el amor, en democracia, en la cultura catalana, pienso.